Las puertas

Henry A. Petrie


Al cerrar una puerta se abrió la otra. Al huir de la imagen se encontró con la idea que lo confrontó. Ella estaba a una distancia prudencial, observando el asombro de aquel hombre, pálido y enmudecido.

Tras la puerta cerrada quedaba un pretérito, pero al abrirse la otra, sintió encaminarse hacia una síntesis de lo que había logrado ser.

Esa tarde, el calor sofocaba como para infartar.

Tras penetrar un paso, panorama rojizo y pestilente. En distintos puntos de aquel espacio se encontraban partes de humanidad en descomposición avanzada.

Los gusanos, libertinos en su fiesta. En cada trozo de cuerpo humano, una colonia de ellos carcomiendo la carne. Putrefacción. Dolía respirar. Las moscas en grotescas bandadas como tinieblas. Hervidero sangriento. Inmundicia. Una atmósfera para vida excretada.

Él cerró sus ojos y no contuvo el vómito abundante; tambaleándose frente al horror, sin posibilidad de ser auxiliado, debatiéndose en la línea que separa el consciente del inconsciente, donde la pesadilla y la realidad se disputan la razón.

Se aferra al marco de la puerta, pero sus manos carecen de fuerza, están torpes. Sus ojos arden frente a lo que ve, sangre por todos lados, ennegrecida, un gran manto de moscas y gusanos en el suelo, trozos de carne esparcidos por distintos puntos, siente que cae, que se derrumba, el vértigo, el vértigo que lo hunde… resiste.

Arrodillado, sin que sus piernas respondieran, cerró sus ojos como para nunca más abrirlos. Pero a través del olfato se infiltraba la imagen que no deseaba ver, se proyectaba en su mente tal cual la observara con sus ojos, la pestilencia lo estremecía y trituraba por dentro, sentía en sus venas, en sus pulmones, estómago, cerebro, dentro de su piel, el dolor de ser carcomido por una urdimbre de gusanos fornidos, entre blancuzcos y azulados, con vellosidades, circulando impunes en su cuerpo, arrodillado, tratando de sostener su abdomen, como si fuera un feto negándose al mundo. Pero también la audición, a través de ella penetraba mortal la imagen, el zumbido poderoso de un gigantesco nubarrón de moscas, volando pesadas y estúpidas, lujuriosas en el banquete que se daban, mal olor y zumbido sustituían la imagen a ser vista por sus ojos, estaba impotente ante el hecho, al abrir la otra puerta.

Ella estaba ahí, observándolo, sufriendo, sin poder hacer nada. La puerta cerrada ya no podía abrirse ni retornar a la imagen pretérita. No estaba segura de lo que el hombre veía tras la otra puerta. Se intrigó por su sufrimiento y quiso penetrar la estela.

No pudo. Todos los intentos fracasaron.

Cansada, recordó tener un último recurso. Pero peligroso. Tenía dos fuertes razones para intentarlo: el sufrimiento de aquel hombre y la causa de su estado. Tenía la posibilidad de entrar, pero sin provocar alteraciones del suceso. Al menos eso era una posibilidad. El peligro estaba en quedarse divagando en un espacio inmaterial.

Estática.

Al aparecer en el horizonte, nubes espesas se van alejando. Se aproxima a una distancia prudencial, entre ella y él un vacío, lo ve de frente, es decir, está como si estuviera en el interior del espacio al que da entrada la puerta que se abrió. Una fuerza mayor no le permite avanzar, se angustia por desconocer el fenómeno que experimenta, intenta un grito infructuoso, se esfuerza por llamarlo, todo permanece inmutable, o por lo menos sin ser alterado, pero siente estar contenida en aquella atmósfera, balcón desde donde es espectadora de una sola parte de la escena, del personaje que yace arrodillado, sufriendo por una causa que desconoce y que sabe está ahí, frente a ella también, en el espacio comprendido entre ambos, en ese vacío que se interponía. Maldijo, vociferó, forcejeó con ella misma.

Del lado del hombre, entre los resquicios que dejaban sus piernas, entró como tromba una hilera de ratas, tras el apetitoso banquete negado hasta cuando esa otra puerta se abrió. Ahora el escenario contaba con esas horripilantes criaturas, que además de empeñarse en devorar la materia orgánica aún existente, se comían también a la urdimbre de gusanos diseminados por el lugar. Escuchaba a lo lejos la algarabía. Se animó a abrir por un instante sus ojos, ¡qué horror!, exclamó sin salir de su estupefacción. Las ratas negras y brillosas, con sus largas colas, devoraban las partes humanas esparcidas por diversos puntos, las moscas espantadas sobrevolaban e intentaban posarse sobre los lomos de las intrusas, pero el exterminio estaba en marcha y no hubo más oportunidad para nadie. Los gusanos, con su labor inconclusa, buscaban cómo salir de aquel acecho y hartazgo.

Intenta incorporarse. Entre sus pies, gusanos buscando escapar de las fauces de ratas, las moscas insistían con su fuerte zumbido; otro ruido se había incorporado a su audición, el que provocaban las intrusas al disputarse el bocado; aquel espacio parecía un campo de concentración de ratas con la tarea de acabar con los restos de lo que una vez fue un ser humano, faltaban los buitres, o zopilotes, rapiñando desechos orgánicos frente a sus ojos; y ella frente a todo, sin poder ver lo que él veía, sumiéndolo en el lamentable estado en que se encontraba, sin percatarse de la presencia que además de observarlo angustiada, desde algún punto indeterminado, buscaba la forma de ir en su auxilio, mientras él enfrentaba el trance tratando de salir de esa concavidad, aferrándose al marco de la puerta y concentrándose para que sus piernas, al fin, lo obedecieran.

Ella no aguantó. El último recurso utilizado no resultó.

Al regresar al punto de origen, la visión se le hizo más real, el hombre era más material, creyó que debía hacer algo, pero tampoco desde ahí podía observar lo que estaba sucediendo al interior de la puerta. Pensó alterar su entorno, provocar situaciones que lo atrajeran, aún aturdido y bajo la influencia de lo que suponía un extraño fenómeno. Movió artefactos, hizo ruido, golpeó la puerta cerrada, intentó acercarse a la que él había abierto, pero por alguna razón inexplicable no pudo, revolvió todo, tiró cosas al aire, provocó estridencia, caos, destruyó como loca lo que pudo, se jaló el cabello, se desnudó, vociferó, gritó, hasta caer al suelo, exhausta. (Pascual… Pascual… Pas-cuaaall… Paaasss-cuuuaaaalll… – escuchó desde algún lugar -).

Él logró incorporarse. El zumbido aminoraba. Las ratas dejaban sólo huesos esparcidos; los gusanos desaparecían, consumidos también en banquete; nubarrones de moscas en declive mortal.

Tirada en el suelo, sufrió la imposibilidad de ayudarlo. No entendía qué lo tenía tan horrorizado, al extremo de verlo diluido en su visión. Estaba tan cerca de él y tan distante. Sin más fuerzas y resignada a yacer, tuvo la certeza que aquel hombre se llamaba Pascual, lo había escuchado con claridad, Pascual, pero cómo fue que apareció en aquel lugar, donde estaba y no estaba al mismo tiempo.

Cuando volvió su mirada hacia donde se encontraba él, ya no estaba. Se desesperó al sentirse sola. La sensación de vacío la angustió aún más y gritó descontrolada, llamándolo, pero no había nadie, él ya no estaba ahí, sintió un hiriente escalofrío; temblaba y su vista se nubló, quiso arrancarse la piel a aruños, se guiñaba el cabello y volvió al centro del aposento, revolcándose en el suelo como si estuviera poseída.

El cansancio la dominó y la oquedad se la tragó.

Se hundió profundo; el hueco la atraía a su fondo, pero no lograba caer, estaba como suspendida o flotando en un espacio que la comprimía, sintió reventar por dentro, su sangre bullía y no podía gritar, expresarse de alguna manera. Se desmayó, casi dejando de existir.

La puerta que estaba abierta se cerró. Ahora las dos estaban cerradas.

Cuando Jacinta volvió en sí, encontró alrededor a sus seres queridos, cuidándola, ansiosos de que retornara de su estado de coma. Recorrió con su mirada la habitación del hospital y se aturdió. Los médicos acudieron de inmediato y procedieron al chequeo de rigor, se encontraba estable, pero urgió saber lo que había sucedido.

No entendió nada lógico. Sabía que estuvo en un lugar, que las imágenes vividas, la idea, estaban frescas en ella, y lo recordó muy bien, como si lo estuviera viendo. «¿Qué pasó con…? ¡Ah, Pascual! Sí, Pascual, sé que se llama así. Pero, ¿quién es?» Estaba segura que no pudo ser delirio extremo. De algún modo había sucedido… Algo debía ser real entre aquellas imágenes. Pascual, para ella, era tan real como distante.

Llegado el día de alta se sintió como nueva. Iba asida al brazo de una familiar cuando caminando por el pasillo, frente a una puerta cerrada de otra habitación, experimentó una sensación extraña. Se detuvo. Quiso abrir la puerta, entrar, pero se angustió y sintió miedo. Desistió, y continuó su trayecto abandonando el centro hospitalario.

En aquella habitación se encontraba un paciente, que según diagnóstico médico debía morir desde hacía días. Durante ese tiempo había permanecido vegetando, conectado a un tanque de oxígeno sin más señales de vida que las dilatadas pulsaciones cardiacas.

Tras el arrobamiento superlativo, la imagen pretérita quedó tras una puerta y la idea que pendía como sentencia aguardaba en la otra, ambas cerradas ahora, tras el intento de huida de quien prefería vivir estático, mientras tanto se presentaba alguna abertura por donde retornar. Pero alguien, correspondiendo a los deseos de familiares sufrientes, desconectó el trance.

Enero, 2004.

(Del libro de cuentos ¡Cómo va creer!, publicado por Ediciones Pensar, Managua, Nicaragua, 2010).