Demonio oculto

Henry A. Petrie

Soy Mariel, y aprovecho este instante de libertad para escribir, plasmar la rabia del demonio que llevo dentro. Estoy sola, todos se han ido. ¿De cuánto tiempo dispongo? No sé. Las tinieblas llegan sin previo aviso y me sumerjo en el túnel, donde la compostura desvanece. Estoy frente a este cuaderno vacío de emociones, para cundirlo de alteraciones y desequilibrios. Algunos me ven como loca, pero no lo soy, eso creo, aunque ¿qué loco confiesa estarlo? ¿Tendría yo que reconocerme como tal? Es mejor actuar, aunque la locura llegue a través de mis simulaciones.

¿Cuándo empezó todo? No preciso. Desde que tengo conciencia he sido la hija; desde cuando me vi en el centro de dos grandes referentes fui adquiriendo poder sobre los demás. A partir de mi ubicación en el centro de atenciones y complacencias ilimitadas de dos débiles progenitores, mi fuerza incrementaba en la mente. Fui viviendo en las invenciones de una joven, que sólo tiene como motivo final sus desenfrenados caprichos; sí, siempre lo he sabido, sé de lo que he sido capaz y hasta dónde he querido conducir mis actos, pero algo irrita mis nervios, tornándome en un ser obediente a determinados influjos. Lo he creído tanto, que la frontera entre la farsa y mi real personalidad se pierde; es más, hoy mismo lo pienso y no logro reconocerme. El asunto no está en quién soy, sino qué soy. Pero no sé desde cuándo empezó todo, sólo que he asumido ser mi madre y he visto en mi padre al hombre que debo cuidar. ¡Ay, Dios bendito! ¿Cuántos laberintos hay en mi cabeza? Me pregunto cuántos realmente me pertenecen, porque los que no, los tomé de quienes asumen ser mis progenitores, ellos no se dan cuenta que soy el alma que los consume, voy absorbiéndolos como agujero negro en un universo cuyo centro soy yo, universo limitado, dominable; no se me hace difícil actuar, ¿cuántos personajes he representado en la guerra demoniaca? Sólo sé que ya he perdido los linderos de una personalidad definida. Cuando actúo bajo el influjo de las malas mareas, me importa poco que se exprese la hija o a través de ella, la esposa en su lucha por el control del marido; tampoco me importa ser la hija amando y odiando al padre promiscuo y alcohólico, aunque… tal vez gozo más, ubicándome como la rival de cuantas mujeres se acuestan con el marido que no es mío, sino de mi madre, mi progenitor.

No sé, las cosas están confusas para mí. Apenas estoy intentando vomitar la espesa sustancia de mi transfiguración. A veces tengo inmensa necesidad de morder, arrancar la piel y la carne de quien pretenda detenerme en mis desafueros.

Sigo estando sola, en la maldita casa no hay nadie, es de tarde y apenas escucho los gritos de chavalos en la calle. Este silencio es extraño, las páginas de este cuaderno se ponen calientes, ¿me rechazan? Poco me importa. ¡Qué me importa de la vida si no son mis caprichos! Sí, soy caprichosa y me gusta serlo, deseo a todo el mundo alrededor de mí, no acepto ser una más, la Mariel común y corriente que con cualquier cosa se conforma, ¡no! Esa no puede ser la Mariel que todo lo quiere. Pero me está entrando el escalofrío que sentí al sumergirme en el estanque, sus aguas enturbiaron mi visión y casi llenan mis pulmones; sentí entrar a un túnel grisáceo en cuyo fondo observé un hueco, una especie de luz al fondo que supongo era la salida. Me sumergí escuchando gritos de angustia, ¿llanto? Creo que sí. Un rostro borroso me llamaba insistente y quise ir a su encuentro sin más motivación que mi inconsciencia. Desde entonces mi vida ha estado alterada. Estoy sintiendo el escalofrío de una crisis más, porque ahora no sé cuándo estoy actuando y cuándo sufriendo.

La vida ha continuado con los sobresaltos que he ido inventando. La voz, la voz está ahí, me persigue casi siempre, me llama con cierto tono cariñoso, no veo su rostro, es una imagen imprecisa, insiste en llamarme, pero ¿quién es? ¿Quién me llama? Me pregunté una y mil veces: ¿de quién se trata? Me esforcé por identificar su rostro infructuosamente, mientras mis adorados y particulares padres continuaban enredándose en sus rutinarias y violentas peleas.

Siempre estuve consciente de la lucha de mi madre por mi padre, no sé si por amor o por dependencia, al final los dos son dependientes de mí, de mis rabietas y chantajes, y lo que en un inicio era un juego, un recurso para mantener al hombre al lado suyo, se convirtió en una guerra donde me ubicaron como pieza clave, para los propósitos de una mujer que sintió perder el control. Aquel papel me gustó de sobremanera, sentirme mimada por mi padre sin saber cuál de los papeles asumir, si el de hija o el de mujer que se me encarna vehemente, ¡claro!, sin tener que acostarme con él ni soportar su permanente aliento alcohólico. Asumí cada pelea como propia, cada infidelidad suya como traición a mí, y rabeo, peleo y chantajeo como si fuera ella, mi madre.

Un día por la tarde, al entrar a mi cuarto vi la fotografía de mi abuela, un vértigo se me vino, movimientos atmosféricos abruptos me hicieron colapsar y, de nuevo el túnel, la voz, el rostro, la voz, el rostro, ¡era ella!… mi abuela llamándome y yo paralizada en aquel estrecho y largo túnel, me retorcía, presioné con fuerzas lo que logré tomar, pero me hundía en sus vibraciones, iba hacia ella sin poder detenerme, gritaba y gritaba, pero de pronto ya no sentí miedo, tenía deseos de ir a ella, hacia sus brazos, era mi abuela, aquel rostro, aquella voz, ¡cómo no quererla! ¿Por qué temerle? Y el viaje hacia la profundidad, hacia el fondo del túnel… se realizaba… Pero fui sustraída, arrebatada de mi rumbo hacia el hueco apenas imperceptible, contrayéndose.

Dicen que me quedé fuera del mundo por buen tiempo, no lo supe. Cuando me encontré en aquella habitación de la clínica no sabía si llorar o quedarme muda. Por instantes me daba igual, estar sola o acompañada, no sabía cómo ver a mis padres, no sabía qué papel asumir, si el de enferma, el de hija o el de mujer frente a supuesto amante y rival, siendo ésta última mi madre, mi débil y displicente madre.

De lo propuesto he estado consciente todo el tiempo, pero… pero parece que… pierdo control… En mi cerebro se activa algo, me quita noción y cordura, quizá un demonio… usurpándome, y pierdo control… consciencia… No sé, los deseos se alborotan… Tal vez, ahora quiera liberarme de la telaraña… me siento perdida… sombras que rondan, el tufo, sí, el tufo, ¿será el demonio? Sola, aún estoy sola, comienza aterrarme… el silencio… prolongado.

¿Será que pueda algún día cruzar ese hueco profundo? ¿Qué habrá más allá? ¡Mi abuela! Veo su fotografía una y otra vez. Es extraño, de pronto se me viene la idea de matarme, pero no, aún debo jugar con esos tontos que me atienden; se esfuerzan por diagnosticar… ¡Ja, ja, ja! Soy yo quien vaticina que no llegarán a nada. ¡Pobres palomitas! Si supieran que todo está en mi voluntad. ¡Mi voluntad! Buscan el mal en la persona equivocada, sólo soy la feliz anfitriona… del demonio.

Escucho ruidos… ¿Habrán regresado? Sí, están entrando a la casa; son sus voces exaltadas… están rabiosos… ¡Otro pleito! Y por supuesto, me llaman. No necesitan invocarme, siempre estaré ahí, en medio de los dos… Debo dejar de escribir… ¡Mierda, mierda, mierda! Pero, ¿qué papel asumiré hoy? Un momento… Estoy escuchando que… ¡Ay no! Dice que se va… ¿Con otra? Sí, que se va con otra… ¡Maldita sea! ¡Maldita la puta de su amante! ¡Ja! También mi madre. ¡Maldita inútil! No hay remedio… Ahora sí debo dejar esto y salir… O en todo caso, me iré con él. Seré quien lo ate… Ninguna imbécil me lo arrebatará… yo tengo el dominio, sus atenciones son mías, sólo mías… ¡Ay, Dios mío! El rostro, la voz, el túnel… me detienen… no me dejan ir… ¡Maldita puta!… ¡Papá! ¡Vos hombre! Si te vas me mato… me mato… me mato… ¡Uyuyuy!… ¡Ji, ji, ji!

Junio, 2001.

(De Tómame, y te contaré, libro de cuentos de Henry A. Petrie, publicado por el sello editorial de Horizonte de Palabras en el año 2005, Managua, Nicaragua).