La Manella de Leco

Jarin Lenin Pérez Oporta /
El Castillo, Río San Juan

Shakespeare era un ingenuo que brilló en su época, sus letras y pensamientos tienen gran relevancia en nuestro tiempo. No sé qué quiso dar a entender cuando dijo: «Si todo el año fuese fiesta, divertirse sería más aburrido que trabajar». Lo cierto es que don Domingo Oporta entendía bien el proverbio del poeta inglés, desde niño había amado el trabajo como así mismo. En las tierras chontaleñas era conocido por ser buen trabajador, hombre honrado y cabal, de porte elegante, ojos claros amarillentos, alto de estatura, nariz grande y afilada y la voz fuerte, era un hombre alegre, siempre caminaba silbando el tono de alguna canción.

Aburrido de la usanza en las haciendas de Acoyapa, don Domingo decidió probar suerte en Granada, la ciudad junto al lago, la hermosa ciudad colonial, pues decían que en los algodonales se ganaba bien, también había cosechas de trigo, de sorgo, ajonjolí y en las haciendas ganaderas pagaban mejor que en chontales. El buen Domingo no quería ir solo, pues del sabio Salomón había aprendido que dos son mejor que uno, así fue que invitó a su pariente muy querido, Fulgencio Mendoza ‒Leco, ese ingenuo que brilló en su juventud‒.

Partió Minguito con Leco rumbo a la Gran Sultana, dejando atrás la tierra chontaleña de hermosos cerros, de caminos blancos en medio de los llanos de pastos amarillos, llevaban consigo una alforja llena de provisiones, cuajadas secas, tortillas, un costal de pinol, empanadas y rosquillas; y como siempre, Leco y Minguito llevaban «el sin familia».

El viaje fue largo: cruzaron el departamento de Chontales, después toda la tierra de Boaco hasta llegar a Managua; de la capital partieron hacia Granada, de lejos miraban el Mombacho con nubes en su cúspide, ya estaban en la ciudad. Don Domingo y Leco empezaron a trabajar en las cosechas de ajonjolí. Por las noches, después de la faena y con dinero en mano, se iban a dar una vuelta por lo lindo de la ciudad, caminaban por la plaza donde estuvo el filibustero Walker, admiraban la catedral de la Merced, comían vigorón y después, se instalaban a echarse unos tragos en una cantina concurrida, que la llamaban La Gallina. Y al día siguiente regresaban a la rutina.

Leco y don Domingo eran buenos amigos, ambos se decían «mi valedor», es decir, uno era el defensor del otro.

—Mire, mi valedor, en esta ciudad hay hombres que parecen mujeres, tenga cuidado ‒le dijo don Domingo a Leco.

—No se preocupe, mi valedor. A mí no me engañan esos carajos.

Una noche de sábado, Leco fue como de costumbre a comer vigorón a la plaza y después pasó por La Gallina en busca de un trago, donde había un ambiente muy alegre, típico de los granadinos. Había mujeres hermosas, buen guaro y ricas bocas, razón por la cual a los forasteros les gustaba acudir. Leco, a las siete de la noche ya estaba caliente, el ron granadino ya le había calentado las orejas y empezó a bailar con las granadinas. ¡Qué alegre Leco cuando andaba borracho!

Salió detrás de la cantina a orinar y una mujer hermosa se le acercó:

—Hola, muchacho, ¿no quieres pasar un buen rato?

—Claro que sí, amorcito, ¿a dónde vamos?

—Primero vamos a bailar y después pagas un cuarto.

Y empezaron a bailar «La del moño colorado».

Después de quince minutos de baile a puro vapor, el efecto del guaro salía por el sudor y Leco empezó a reaccionar. Sintió la rareza de que cuando tocaba a la mujer sentía músculos robustos en sus brazos, las caderas sólidas, aunque de buena cintura. «¡Cho mierda! ¿Qué es esta babosada!», pensó. Se fijó de la falda hacia abajo y contemplo las piernas peludas y fornidas de un hombre.

—¡A la gran chocho! Ya la cagué. Me engañaste jodido, si sos un gran cochón ‒dijo, y enseguida se le fue el guaro y, de enojado, Leco le pegó una trompada al homosexual y salió arrecho de la cantina.

—Ideay, ¿qué te pasó? ‒le preguntó Minguito en cuando Leco llegó a casa.

—Me confundí con un cochón. Me puse a bailar con un jodido pensando que era mujer.

—Te dije que tuvieras cuidado, pero no haces caso ‒le dijo Minguito suelto en carcajadas.

—Tan mal que me caen esos jodidos maricones.

—¿Por qué te caen mal? Ellos no tienen la culpa de ser así.

—Es que mire, mi valedor, cuando uno está con una mujer uno la besa, la acaricia, le toca las piernas, las chiches y todo se le toca… y uno siente gusto. Ve, pero a un jodido de esos, ¿qué le va a tocar?… ¡El gran garrote, pues! ‒decía Leco escupiendo de arrecho.

La vida para el campesino en tiempos de Somoza era así: trabajar y trabajar a los ricos hacendados. Así don Domingo y Leco empezaron una jornada más de labor, esta vez en una hacienda ganadera, donde todos competían por ser el mejor chapeador. En esa competencia tonta, Minguito tuvo un disgusto con un tal Olegario Bonilla que, según decían, era el mejor trabajador de todo Granada. En efecto, ese día fue este quien terminó primero la tarea, lo que causó el descontento. Pero, debo decir que, Minguito no peleaba con nadie, era un hombre manso y probo.

Esa misma tarde se fueron los dos valedores a su diversión: comer tacos y vigorón en la plaza, y después, como de costumbre, se fueron para La Gallina en la noche. La cantina estaba llena porque fue día de pago. El tocadiscos retumbaba en las paredes olorosas a cervezas. Así pues, don Domingo y Leco empezaron a beber y a disfrutar esa noche; al calor del ron granadino se contaban una que otra historia y de trago en trago entre carcajadas, don Minguito se emborrachó al punto tal que quedó embrocado sobre la mesa. ¡Hombre qué vaina! Pero, Leco bailaba a gusto con las granadinas.

Olegario Bonilla apareció en la cantina que estaba a reventar, miró la mesa donde estaba Minguito y se encaminó a donde él estaba yaciendo:

—Es que aquí andás vos, hijo de tu madre ‒dijo Olegario remangándose la camina y acto seguido, le propino tremendo golpe. Don Domingo cayó al piso noqueado, aunque ya lo estaba por el ron. ¡Hombre qué vaina!

Olegario tenía fama de ser el más bravo y despiadado tromponero de esa región, decían que había matado a cinco hombres a filo de machete. Sin duda, era un tipo fuerte, alto, rostro severo, malcriado y odioso. Todos le temían y nadie quería meterse en problemas con él.

Cuando Leco vio a su amigo tumbado en el suelo ‒que mejor no lo hubiera visto‒, se acercó a Olegario y le preguntó:

—Hombré vos, ¿y por qué le pegas a mi valedor? No ves que él no pelea, pegame a mí. Yo si peleo.

Y Leco, que apenas le llegaba en estatura a Olegario por debajo del pecho, se le paró enfrente.

—¿Y vos quién sos, indio desconocido? Ya te voy a desbaratar chaparro de mierda ‒le dijo agresivo Olegario a Leco.

—Dale, quiero que me pegues como lo hiciste a mi valedor.

Y Olegario se le lanzó encima a Leco con mucha furia, tirándole golpes con sus manos y brazos robustos como para matarlo. Este estaba muy sereno, esquivando los golpes con la agilidad de sus cortos brazos, mientras el tocadiscos no dejaba de sonar. Quienes estaban en la cantina hicieron barra y, en medio del alboroto, Minguito se levantó e hizo porras a su valedor.

Los dos peleadores cayeron encima de una mesa, tramados músculos contra músculos, se revolcaron en el piso, se pusieron de pie, Olegario no sabía por qué no podía dominar a Leco, si era un hombre chiquito y desconocido. Primer asalto.

—Dale, verga vieja ‒le dijo Leco‒, ya estoy enchilado.

Y procedió a quitarse la camisa ante el asombro de la gente concentrada en el local; un hombrecito se enfrentaba al temido Olegario. La pelea se alargó y salieron fuera de la cantina. Música y gritos. En la calle de la Gran Sultana un chaparrito se partía la madre con un asesino. El brabucón continuó lanzando volados de derecha e izquierda con fuerza; Leco capeaba las embestidas. La lucha estaba feroz, cuando de pronto, un puño de Leco se estrelló en uno de los pómulos de Olegario, este respondió con un gancho a las costillas de Leco, quien, sin dejar de tirar golpes, parecía que el gancho recibido no le hizo daño.

Transcurrieron diez minutos y ya los gladiadores estaban reventados a puro golpe. Minguito se detuvo un momento de hacer barra y miró en derredor. Una multitud de granadinos se desbordó para presenciar la pelea, y decía:

—Déjenlos que se cachimbellen.

—Que nadie se meta. La pelea es taco a taco.

Olegario Bonilla no podía cazar a Leco, era muy ágil y pequeño. Leco ya no quería pelear más y decidió acabar lo más pronto posible, para lo cual disparó una tanda de golpes que se estrellaron en las tapas del grandulón. Retrocedió y respondió con un golpe al ojo de Leco. ¡Qué pelea!, decía la gente. Toda la cuadra estaba abarrotada de espectadores bulliciosos. Pero, de pronto… Silencio.

Olegario cayó al suelo de espaldas. ¡Oh, verga vieja, caíste con la manella!, dijo Leco. ¡Parate si sos hombre!, agregó. Y Olegario se puso en pies para continuar el desafío. Pero, ¡otra vez! Leco le tomó los tobillos y haló hacia arriba con fuerza. El grandulón cayó mareado al piso, de nuevo. Pero, Olegario era fuerte y no se rendía, y otra vez se puso en guardia.

—¿Quién es ese hombrecito? ‒se preguntaron varios de la multitud.

—¡Le está pegando a Olegario!

—¿Quién lo conoce? ¿De dónde es?

Y se volvieron a tramar a golpes los tromponeros campesinos. Olegario parpadeó y Leco volvió a aplicar la manella. El grandulón cayó de nuevo y se golpeó la nuca. Ya sin fuerzas, se puso en pies.

—¡Vamos, Chaparro! ¡Pegale duro! ‒coreaba la gente.

Por primera vez, Olegario sintió miedo, no podía creer que un hombrecito desconocido lo derribara cuatro veces, más este bochinchero más famoso de Granada, no sabía que peleaba con el más fiero y pícaro pleitisto de todo Chontales, el pequeño Fulgencio Mendoza.

Frente a La Gallina, el gentío gritaba excitado y Olegario hizo una última embestida con el pico reventado; confiado en su tamaño, quiso abracar a Leco, pero este lo levantó de nuevo de los caites y cayó. Entonces, Leco se le montó encima y a puro puñetazos le estaba reventando la cara, y seguía, y seguía…

—¡Quítenmelo! ¡Me está matando! ‒gritó Olegario en señal de rendición.

—¡Ya está bueno, hombre, lo vas a matar! ‒le dijo un espectador al ver que la fiereza de Leco continuaba.

—¡Soltalo! ¡Dejalo ya, hombre! ‒le gritaron.

Pero Leco no entendía. La sangre la tenía bien subida en la cabeza y nadie podía contener su furia chontaleña. Olegario, totalmente sometido, se desmayaba de tantos golpes. ¡Qué pelea!

Hasta que una patrulla de la Guardia Nacional armada de M1 Garand se abrió paso entre la multitud y quitaron de encima a Olegario, acabando así su sufrimiento. Algunos amigos lo atendieron y, habiendo recuperado el sentido después de un minuto, le dijo a Leco:

—Me las vas a pagar, hijueputa.

—¡Queeé… No jodás! Las veces que querrás te cachimbello ‒le respondió Leco, aún iracundo‒. Y si querés al machete, también.

Desde aquella noche ya nadie le tuvo miedo a Olegario Bonilla, quien se curó de andar humillando a los demás. En cambio, don Domingo Oporta y Leco, muy prudentes regresaron a sus tierras chontaleñas.

 

Epilogo

Cuando Leco aplicaba la manella a sus contrincantes, decía: «Hasta que les charchalella el cielo de la boca cuando caen».

10/09/2021