… como una gata pegajosa en celo

Naví Argentina Rodríguez Rivera


A un hombre sin nombre

Amo a ese hombre sin nombre,
que día a día escucha mis notas tristes,
se enreda con mis cuentos
tratando de hilvanar entre el pasado y el presente,
entre lo extraño y lo congruente.

Amo a ese hombre sin nombre,
no importa si está agotado,
se despierta y me dice que todo en nombre del amor es válido,
se retuerce en la cama con mucho sueño y aún enojado,
me da un besito y me dice buenas noches.

Amo a ese hombre sin nombre,
no importa si hace sol o llueve,
me lleva en su corazón a todas partes,
se pavonea y me luce en su mirada,
me sonríe y piensa pronto será mañana.

Amo a ese hombre sin nombre,
él ya ni escucha mis locuras
porque no encuentra pista coherente alguna,
que le diga cuál es el final feliz del camino.
El solo me ama, confía que pronto será mañana.

Lo que no se olvida

Acércate un poquito,
para que tu oído escuche,
Si te amo, pero no lo cuentes,
Te amo como para acariciarte
en las noches frías de insomnio.

Te amo de forma prudente,
silenciosa, pequeños brillos,
correcciones en suspiro
y letras que se bailan.

No lo digas a nadie,
No te asustes,
Te amo con la madurez
que te prometí, aquel año,
cuando incendié la ciudad
solo para encontrarte.

Te amo, así quedito,
arrimada, sin que nadie lo note,
porque me da placer estar contigo,
porque quisiera un día
cuando tengamos que irnos
Ver nuestras miradas,
satisfechas y felices,
caminando al infinito.

Mi muso

Lo amaba como a un capullo de rosa,
así de tiernos se convertían mis ojos
cuando él se despertaba y sonreía,
dicen que eso es amar como a los hijos,
y que todo amor hacia un hombre
debe llevar una buena dosis de pasión
y gestos lujuriosos, invadidos del deseo.

Lo amaba a mi manera, tierna y juguetona,
como una gata pegajosa en celo
Lamía su cuello y así él despertaba
y mi cuerpo se acomodaba a su ímpetu,
mis ganas se abrían a su repentino empuje,
entre mordisco y mordisco solía ser brava
y abrazarlo con la intensidad de un cielo.

Lo amaba, aunque no lo supiera,
me gustaba verle libre cazando mariposas
cada vez que se abría al viento,
así fuera en las noches o en los amaneceres
cual capullo de rosa que se debe a su hermosura,
así lo miraba, soberanamente hermoso,
¿quién dice que los hombres no son nuestros musos?

Lo amaba, también era mi muso,
cual rosa abierta se ofrecía al mundo
yo era feliz como el principito,
él era feliz como una rosa,
y aunque no parezca una historia triste,
ciertamente lo amaba como a un capullo
y él nunca lo supo.

(Del poemario Estamos torcidos).