Mural

Mauricio Rayo A.

—¿Ya te dormiste, Gladys?

—No Ruperto, ¿qué querés?

—…. ¡No nada! Es que… fijándose bien, así, cuando la luz de la lámpara se refleja en el techo y paredes del cuarto, se ven figuras diferentes.

—¡Vos sos loco, ya vas a empezar!

—¡No! Fíjate bien y vas a ver. Es como la historia muda de la tierra, impregnada de líneas de colores, ¿me estás oyendo?

—¡Ujum! ¡Sí, claro, te escucho! ¡Hablá!

—¡Ahí están! ¡Mirá! Desde la niñez hasta la muerte de los hombres, como dibujada por manos invisibles. Están nuestros abuelos diciéndonos los cuentos, inventando sueños, naciéndoles las canas.

—Ajá, ¡tenés razón!

—También hay juguetes que nunca tuvimos, también los que yo mismo construí cuando estaba chavalo, elaborados de pedazos de madera y tapas de gaseosas. ¡Fijate bien!, están metidos en cajas transparentes, intactos, como guardados para nuestros hijos.

«En aquel lado, también están los chigüines del barrio, elevando lechuzas y cometas, jugando trompo o chibolas, allá en una esquina estamos nosotros, aún no bien formados en la perspectiva, pero con figuras-tatuajes en los brazos, en forma de ojos (los tatuajes) que cuidan nuestro cuarto.

«Allá, en la parte donde chorreó el agua del último invierno, hay pájaros, ¡mirá! Y follaje de montaña, solo que de colores grises. Te acordás que cuando tapamos la gotera, vos dijiste que la mancha que quedó en la pared parecía una virgencita que hasta tenía aureola, un manto bien largo, un rostro dulce mirando hacia el cielo raso y con los pies sobre unas nubes blancas. ¿Verdad Gladys? ¡Te acordás! Gladys, ¿verdad? ¡Gladys! ¡Gladys!…

«¡Qué bandida! Y se durmió.

 

(Del libro inédito Cuando la prosa es verso).