El raid de Ricardito

Carlos Alberto Urroz Robleto /
Nandaime – Masaya


Atardecía en Nandaime. Todo estaba en calma aquel día cualquiera de la semana. Los pasos de Ricardo se acortaban sobre la calle polvosa y las baldosas de cantera que iba hacia la salida, donde Tongo, frente a la entrada del matadero.
Popularmente Ricardito, ciudadano nandaimeño que gozó de mucho aprecio y respeto; era un hombre de bien, con sentimientos puros y de espíritu altruista. Siempre dispuesto a ayudar y aconsejar a quien se lo solicitara. Su inseparable compañera y digna esposa fue doña Josefina.
—Ricardo, andate a Granada y me hacés las compras de la quincena ‒le ordenó ella‒. Que no se te olviden las chiltomas y los tomates.
Ricardo tomó un saquito de tela harinero bien lavado y se dispuso a realizar el viaje. Su esposa, como lo tenía acostumbrado, lo despidió y lo bendijo. Las compras para abastecer su hogar con víveres era un trajín quincenal.
Veinte minutos después de la espera a orilla de la carretera, como a eso de las dos de la tarde, pasó el microbús hacia Granada, a veinte kilómetros de Nandaime. Subió y en cuanto asomó en la entrada del vehículo, saludó a una docena de lugareños que también iban hacia la Gran Sultana.
El microbús, a lo largo de su trayecto, iba recogiendo personas que le hacían parada en distintos puntos de la carretera. Avanzaba, se detenía y avanzaba, para volverse a detener. Y así hasta llegar al destino después de una hora de viaje. Pero, por ir platicando durante todo el trayecto con sus amigos, también pasajeros, a Ricardito se le hizo cortito el recorrido.
Era un poco más allá de las tres de la tarde cuando pidió parada y bajó en el cementerio de Granada. Cruzó la carretera para esperar taxi y transportarse al mercado. Observó que venía en su camioneta el odontólogo Alfredo Mata, de gran éxito en su ciudad natal, Nandaime.
—Hola, Ricardito. ¿Cómo estás?
Él respondió alegre, aunque estaba a la expectativa de que pasara un taxi para abordarlo.
—Vámonos, amigo, yo lo llevo.
Ricardito, ni corto ni perezoso, se subió a la camioneta del doctor, agradeciéndole el gesto.
El doctor Mata tenía una finca ganadera que también se dedicaba a la agricultura, labores a las que también Ricardito se dedicaba y comenzaron la plática afín con remembranzas de momentos y situaciones vividas como nandaimeños.
La plática amena y abarcadora perdió orientación de dirección, comiéndose el tiempo entre comentarios y anécdotas divertidas.
De regreso a Nandaime, exactamente en la entrada del matadero o en la parada de donde Tongo, Ricardo le pidió al doctor Mata que lo dejara ahí.
—¡Cómo se te ocurre, Ricardito! ‒replicó el doctor‒. Te voy a dejar hasta tu casa.
—No, Alfredito, ¿no ve que tengo que regresar a Granada? Debo hacer las compras que me dijo la Pinita, si no ¡quién la aguanta!
—Quéee… ¿Significa que estabas llegando a Granada cuando te montaste en mi camioneta?
—Sí, amigo. Esperaba un taxi, pero usted me llamó.
—Ricardito, ¿por qué no me dijiste? Mirá que más bien te atrasé al traerte de regreso a Nandaime ‒reaccionó apenado el doctor Mata.
—Amigo, es que me dio pena despreciar su invitación de trasladarme. Además, la plática que nos traíamos estaba muy buena y, pues, se me olvidó a lo que iba. Pero no se preocupe, doctor, déjeme aquí mismo, que allá veo venir el microbús que va a Granada, y cuidado me deja. Creo que aún llego a tiempo para hacer las compras y regresar temprano.
El doctor Mata no tuvo más opción que detenerse y ver cómo su amigo Ricardo bajaba aprisa y tras su apuro, logró escuchar: «Ha sido un gusto conversar con usted y, sobre todo, haberlo acompañado, Alfredito».