La mechuda de Canducho

Carlos Alberto Urroz Robleto /
Nandaime – Masaya


A kilómetro y medio de Las Flores, municipio de Masaya, vivía mi gran amigo José Candelario Martínez, conocido también como Canducho, campesino sincero de pura cepa. Su esposa era doña Socorro Martínez, o doña Coco, simplemente. La pareja procreó cinco hijos en total, dos mujeres ya casadas y con hijos, más tres varones menores que aún vivían con ellos.
Canducho, de buen corazón y lleno de bondades para su prójimo, era un verdadero jefe de familia, así también un líder vecinal. Él se dedicaba a la agricultura y ella tiene su tramo en el mercado Oriental, en Managua. Su casa contaba con un corredor y un patio grande con árboles de jocotes, tamarindo y mangos.
La historia se desarrolla en Semana Santa, una de las más calurosas experimentadas. Todos los días a 38 grados. ¡Terrible! ¡Puro bochorno!
—Niña, durmamos en el corredor ‒le dijo Canducho a su esposa.
—Dale pues ‒respondió de inmediato doña Coco‒. Pero, Canducho, ya es noche. Mejor intentemos dormir ‒repuso instante después.
—¡Solo vos sabés, mujer! Con esta calor yo no podré dormir jamás. Saquemos la tijera para nosotros y a los muchachos los ponemos sobre petates a la orilla de nosotros ‒respondió él.
Así lo hicieron. A Carlitos, menor de todos sus hijos, le tocó dormir en su cuna muy cerca de la tijera donde el matrimonio descansaría.
—¡Uy, qué barbaridad, mujer! Creo que habrá temblor porque el calor está insoportable. ¡Ni las hojas de los palos se menean! ‒se quejó.
—¡Solo carajadas sos, Canducho! Tan grandote y tan cobarde. ¡Qué te va hacer un temblor! ‒reaccionó doña Coco.
Se acostaron sudados, ya no solo por el calor, sino también por el ejercicio que realizaron al trasladar de un lugar a otro la tijera, los petates y las almohadas. En la prolongación de su plática, como para amortiguar el calor, y la respiración apacible de los muchachos dormidos, se quedaron en silencio. El sueño los abrazó.
Somnoliento sintió en su rostro que algo lo cubría, la vio asustado. Era una mujer de cabellera larga y tupida que alcanza su cara. Lo quería besar, pero él giraba su cabeza de un lado a otro como badajo de campana. Evitaba ser acariciado por la visitante misteriosa. Se sintió entumido, no podía hablar, no se movía. En su angustia, dio toquecitos con su pie a la pantorrilla de su mujer, para que despertara y lo ayudara.
Doña Coco, que daba la espalda a su marido, sintió la señal en su pantorrilla, pero no respondió. «No me friegue este Canducho, los muchachos se acaban de dormir y ya quiere que nos amemos», pensó. Pero él continuaba luchando para no dejarse besar de aquella mujer; sintió la cabellera sobre su cara, impidiéndole visión. Doña Coco siguió de espalda sin responder a su señal.
Ante la anormalidad se sintió solo y asustado. Estaba como paralizado a merced de la extraña mujer, entonces, sacó fuerza de flaqueza y se impulsó abrupto de la cama cual resorte.
—¡Chela! ¡Chela! ‒así le decía él a doña Coco.
—¿Qué es Canducho? ‒preguntó alterada.
—Vámonos para adentro. Traete a los chavalos. ¡Metámonos ya, Chela! ‒su urgencia no estaba siendo comprendida por su mujer.
Recogieron las cosas y regresaron al interior de la casa, cerraron la puerta y se acostaron de nuevo, pese al calor. Canducho sentía su corazón descontrolado, sus latidos anormales.
—Chela, ¿sabés por qué te dije que nos metiéramos?
—Ajá…
—Figurate que una mujer de pelo largo… ‒y espantado, continuó su historia con todos los detalles de su angustia.
Doña Coco lo escuchó con mucha atención y, tras el relato, fue atando cabos.
—Canducho, escuchá bien lo que te voy a decir. Yo colgué las sábanas blancas en el corredor, para que no nos molestaran las luces del bar de tu hermano Gua Gua, que está a cincuenta varas de aquí.
Él escuchaba muy atento lo que decía su mujer. La noche ya estaba muy avanzada, faltaban tres o cuatro horas para que amaneciera.
—¿Querés decir que la mujer de pelo largo eran sábanas? ‒preguntó Canducho aún dubitativo.
—O la sombra atrás de ellas… ‒le dijo.
—Y, ¿por qué no te volteaste cuando te toqué la pantorrilla con mi pie?
—Pensé que querías amorcito y los niños se habían dormido hacía poquito ‒respondió con un tono dulce de voz.
—¡Me estaba muriendo de miedo! Esa mujer quería besarme…
—¡Pobrecito, mi Canduchito! Pero ya ves, aquí te sigo teniendo enterito. Mañana temprano quito a la mechuda del corredor ‒le dio la espalda a su marido y buscó ansiosa el sueño, mientras él se debatía en lo que pudo y no pudo ser.
A la primera claridad de la mañana se levantó aquel hombre, con las grandes ojeras por no haber dormido en toda la noche. Enseguida buscó café para recuperarse del susto y olvidar el momento vivido en la noche.