Yo aré lo que pude

Alberto Juárez Vivas /
León, Nicaragua


—¿Por qué no crees en Dios? ‒preguntó Martha a Mario disolviendo aquel silencio espeso que los había dejado sin habla.

—Resulta que yo solo creo en lo que toco, veo y escucho. Si dices que existe, dime entonces, ¿dónde está?

—No seas blasfemo, no digas esas tonterías. Dios es santo y te puede castigar si sigues hablando así.

Mario se carcajeó y continuó diciendo:

—No seas ridícula Martha. Mira, contéstame lo siguiente: Si le pides a tu dios en este instante una coca cola, ¿te la dará? ¡Vamos, hazlo!

Martha no dijo nada, miró oblicuamente hacia ambos lados y encendió un cigarrillo que desde hace rato sostenía entre sus dedos.

—¿Verdad que no te la dará? Sin embargo, pídemela a mí y verás que en un instante se la ordeno a la mesera.

—Sabes Mario ‒reaccionó Martha cambiando de tema bruscamente‒, creo que el examen de historia estará difícil, hay puntos que no le entendí al profesor.

—Pienso lo mismo que tú ‒respondió él‒, ojalá que sus preguntas sean sencillas.

Hablaron un rato más y salieron de aquel cafetín bastante popular debido a sus mesas circulares y la decoración en las paredes, eran cuadros con un contenido tradicional y folclórico: chozas a la orilla del lago; paisajes de volcanes y riveras, etc. El ambiente se hacía acompañar de un fondo musical a lo Richard Chamberlain o di Blasio o Mozart.

Mario era el anfitrión perfecto en cualquier reunión social; contaba chistes de todas las temáticas del mundo; creaba momentos de discusión cuando se lo proponía y a la vez, los disolvía con una buena intervención sobre el asunto. Y, por si fuera poco, inventaba preguntas que a simple vista parecían fáciles de responder, pero a más de algún grandilocuente lo hacía sentir el rey de los tontos. Precisamente, una ocasión como esta sucedió con uno de los profesores de literatura de la facultad donde estudiaba:

—Profesor, ¿podría decirme si se puede decir: «Yo aré lo que pude» y si está aceptado por el diccionario de la Real Academia Española?

El maestro le respondió casi al instante:

—No, ¡cómo se le ocurre! Usted no puede referir una acción futura con un pasado inmediato en una oración. Lo correcto sería: «Yo haré lo que pueda» o «Yo hice lo que pude».

Mario se volvió a sus compañeros y les hizo la señal de victoria, como diciéndoles «¡Vieron que no me contestó!».

—Piense un poco, profesor. Por última vez, ¿se puede o no se puede? ¿Está correcta la oración o no está correcta? ‒preguntó Mario, de nuevo.

—No sea necio. Ya le dije que no se puede, no está bien escrito.

Entonces, Mario, con un aire de ironía y comedia, atrapó la atención del profesor. Arrancó una hoja de su cuaderno y con lápiz en mano, enfrentó al docente:

—Lo siento, profesor. Usted está equivocado. Sí se puede decir: «Yo aré lo que pude» y está aceptado por la Real Academia Española. Se lo demuestro a continuación…

Tomó el papel, escribió y se lo entregó tranquilo al profesor. Mientras este leía, Mario casi lo declamaba en voz alta: «Yo aré lo que pude, del verbo Arar… Yo aro, tú aras, él aras…» el aura del joven fue de vencedor y el profesor cargó con la vergüenza.

Mario era estudiante de español y de literatura en una universidad norteamericana. Además, se destacaba entre sus compañeros de clases por su ateísmo declarado: «Yo soy ateo. No creo en Dios, porque no existe», era la frase que repetía en todo el espacio de aquella Alma Mater. Los profesores trataban de persuadirlo de que cambiara de pensar, pero nada, Mario se mantenía firme. Entre sus lecturas estaba El Anticristo de Nietzsche, ¿Por qué no soy cristiano? De Bertrand Russel, El espejismo de Dios de Richard Dawkins, entre otras obras similares. Incluso, hasta anduvo diciendo que su ídolo era Hitler.

Claro, quien escribe este relato no sabe si la actitud de Mario en contra de Dios, tiene origen en las grandes diferencias religiosas en su familia: sus tíos cercanos eran budistas; sus hermanos, católicos empedernidos; sus padres hacía algún tiempo visitaban un templo de Krisna. Lo cierto era que Mario no asistía a ninguna iglesia y como muchos decía, él «era como una pared de plomo y concreto».

El año avanzó y los exámenes finales amenazaban. Los círculos de estudios fueron más frecuentes, pero la ausencia de Mario era demasiado notoria. Días después se supo que estaba en estado depresivo a causa del rompimiento con su novia. Se encerró. Se alojó en el rincón más oscuro de su habitación, como un vampiro. No estaba para libros.

Sorprendió cuando se presentó el día del examen más importante con cara de pocos amigos. Fue directo a su asiento sin saludar a nadie, como solía hacerlo. El profesor pidió silencio y repartió el examen de cinco hojas a cada quien. El ambiente estaba cargado. Mario estuvo como inmóvil o demasiado concentrado en las hojas grapadas, su mirada se torna ida, como se debatiera en cómo o por dónde empezar.

El profesor, hace algún rato lo observaba, se le acercó lentamente y estando a su lado, le dijo en voz baja:

—¿Difícil?

—¿Qué? ‒respondió Mario.

—El examen ‒completó el profesor.

—Más o menos ‒respondió Mario con cierta dificultad.

—¿Tendrás la fiesta de graduación como planeaste? ‒preguntó de nuevo a Mario, quien misterioso miró hacia el frente, a los lados, atrás y, finalmente, hizo una señal al profesor para que se agachara un tanto y decirle al oído…

—Si Dios quiere, profesor. Si Dios quiere.