Las chicas del carretón

William Anastacio Areas Calvo /
Telica, León


—¿Te gusta el frío? ‒preguntó la más pequeña.

—¡Nunca lo he sentido! ‒respondió la grande.

—A mí el frío me gusta. Ya verlo detrás de una ventana, acompañada de alguien; ver morir la tarde, apreciando cómo saltan las gotas de lluvia sobre las hojas de las plantas.

—¡Qué romántica! ‒exclamó la grande.

La pequeña no dijo nada, se miraron y se dieron cuenta que eran observadas y escuchadas en su conversación.

—¡Qué me importa! ‒le susurró al oído la de caderas menos coquetas‒ ¡Qué piense lo que quiera!

—Además, a carretoneras como nosotras no le regalan flores, sino sopa de frijoles con queso rallado. ¡Mejor vámonos!

—¡Nada de eso! ‒ripostó la otra‒. La boca es mía como lo es la tuya.

—¡Ahhh… mi boca es bonita!

—Sí es bonita, porque es tuya ‒dijo.

—La tuya también es bonita.

—¿Vos crees?

—¡Sí! No solo es bonita, ¡es linda! ‒respondió.

—Dame un beso pues.

—¡No! Es cochonada.

—¡Anda! Solo uno.

Soltaron las amarras del carretón, arriaron las velas de sus faldas y salieron como locas a dejar el encargo. Antes se habían dado el beso que hizo tronar los cables del tendido eléctrico.