El rostro en mi piel

Naví Argentina Rodríguez Rivera


Bayt

Eres la melodía
cuando guías mis pasos,
en este baile a ciegas
solitario en el bosque,
la única luz que encuentro
y la imaginación que me acompaña.

Eres la palabra,
el inicio de una estrofa
y el final de cada verso,
desdibujando en la niebla
los amores y el rocío.

Tus labios,
el rastro en mi piel
al amanecer te reclama,
trayendo un beso
y ese relieve que tanto amo.

Eres el último respiro
de la noche que recién pasa,
la última sombra,
el tacto en mi pelo
y el abrigo en mi pecho.

Eres mi refugio,
el único código
que no se ha descifrado,
el grial de mi pluma,
la luz en la niebla
y el amor que llevo
en todo viaje lejano.

Tu mirada,
amante de mis letras,
es una estrofa que inicio,
un poema que no acaba,
un trasfondo de cielo
y la tibieza del mañana.

 

Al más amado

Eres tú el más amado,
donde mi voz resplandece,
mi palabra se inspira
y te dedica sus versos.

Cada día que acontece
si la nostalgia algo reprocha
es no sentir tu abrazo
o el beso postergado,
y la tibieza de tu roce.

Eres como en mi pasado,
el presente amoroso reservado
mis palabras del mañana
y la confianza resguardada.

Cada paso a ti me une,
como evangelio consumado
eres el más amado
aquí, en este corazón habitado.

Y leí tu sonrisa, cuando decías:
«Eres también amada
como evangelio consumado,
en este corazón habitado.
Eres tú a quien cuido y
por quien elevo mis oraciones».

Eres también amada… Leí en tu sonrisa.

 

Alegoría al olvido

Te marchaste o me marché,
un sueño como todos mis sueños
todo es indiferente,
cualquier color son las emociones,
el blanco paz y armonía
me dice que es tiempo de olvidarse.

Y me olvidé o me olvidaste,
como todos los sueños
donde nada importa,
un gesto o la mirada son sentimientos,
verde musgo lo que está enmoheciendo
avisa que no es tiempo de inundarse.

Y ya no me miraste y no te miré
es el sueño donde nunca estuviste,
donde no habitaste,
dorado es la luz que nunca llega
el fondo oscuro donde parpadeas y te pierdes.

Y quise recordar o quizás querías recordarme,
era el sueño de aquel camino olvidado
intransitado, donde crece la hierva
pero nadie se detiene,
rojo y amarillo primario a mis ojos
se mimetizan y confunden.

Y pretendí escucharte o pretendías escucharme,
era aquel sueño donde podían verme sin hablarme
podía verlos y no entenderlos,
te marchaste o me marche,
te olvidé o me olvidaste…

(Del poemario Estamos torcidos)