Unas más de Leco…

 

Jarin Lenin Pérez Oporta /
El Castillo, Río San Juan

Esta tarde de junio he estado reflexionando: sería una lástima dejar perder en tiempo tirano, los nombres de hombres divertidos que han dejado su legado pícaro y cultural en sus familias.

¡Oh, Leco! ¡Qué hombre más pleitisto!, decía mi abuelo. En verdad, era un tipo bien enchilado, de baja estatura, chele. Chiquito, pero bien fornido; tenía una cicatriz en la muñeca a causa de un machetazo que le dieron en una de sus desastrosas batallas en las tierras chontaleñas, de caminos blancos en medio de los llanos de pastos amarillos.

Leco tenía enemigos por todos lados, cada vez que se encontraba a alguno era pleito seguro. Estando él en la finca La Gloria, llegó un hombre llamado Manuel a visitar al abuelo Miguel y se instalaron a platicar en el patio:

—Regáleme agua ‒le dijo Manuel.
—Sí, claro. Vaya a la cocina y beba.

El visitante entró en la cocina y el abuelo desde el patio escuchó la discusión:

—¿Qué andás haciendo vos aquí?

Fuera de la cocina, Manuel cayó al suelo mareado a causa de un puñetazo en la mandíbula que le dieron. Tras él, iba Leco con un plato de comida que tiró y se trabaron en una fogosa riña en el patio. Tras los golpes levantaron polvo y se llenaron de excrementos de las gallinas de la abuela Goyita. Después de un minuto de combate, los gritos:

—¡Quítenmelo! ¡Quítenmelo!

Don Miguel, más los que se encontraban allí, de inmediato acudieron para desapartar a los contendientes. ¡Que ferocidad la de Leco! El hombre gruñía y los dientes le rechinaban como perro embravecido. En la otra esquina estaba Manuel con mordiscos por todas partes del cuerpo, las mordeduras estaban en carne viva, los colmillos del bravo Leco habían desgarrado parte del rostro, en el cuello cerca de la yugular, en el pecho, en las costillas y la espalda le sangraba al pobre hombre… ¡Hombre, que vaina!

Con Leco no se discutía; el que se las hacía se las pagaba. Don Miguel lo reganó e instó a no continuar peleando. Entonces, Leco se fue a la quebrada para ver cuajipales y estar retirado de su enemigo. Momentos después, todos se dispusieron a curar las heridas del derrotado hombre, quien, mientras le untaban un poco de alcohol, se quejaba.

—¡Clase mordida! Ese Leco es un perro para morder ‒decían.

El pobre Manuel gemía.

Un señor que estaba ahí, vio la pelea desde otro ángulo y con desdén le dijo al mordido con enojo:

—Vos sos un gran baboso. ¿Qué no tenés dientes para morderlo? Ta´ bueno que te pase, ¡por pendejo!

Los presentes rieron dándole la razón al viejo.

Leco en sus años mozos dio que hacer y de qué hablar en Chontales, tierras de caminos blancos y polvorientos en medio de llanos de pastos amarillos; no hubo lugar donde llegara que no armara las verguiaderas, como él mismo decía. Por tantos bochinches tenía muchos enemigos.

Él caminaba por aquellos camino blancos y polvorientos en medio de los llanos de pastos amarillos de Chontales, lindos lugares donde crecen las aceitunas moradas y las urracas cantan en los jícaros sabaneros. Leco admiraba ese paisaje y respiraba el delicioso aire que bajaba de los cerros, cuando a lo lejos, cerca del pueblo Las Plazuelas, ve venir una compañía de cinco hombres por el mismo camino. Cuando se acercaron los reconoció, eran sus enemigos, porque en ocasión de una montadera de toros, le dio una sopapeada a uno de ellos en un chinamo.

«Y ahora, ¿qué hago? Me voy a correr… Mejor no, voy a pasar cerca de ellos. Tal vez no me hacen nada», pensó Leco. Pero, los cinco hombres lo reconocieron de inmediato.

—Hoy lo matamos a este jodido ‒dijo uno de ellos, y procedieron a rodearlo.
—Por fin te hallamos solo, hijueputa, hoy si te vamos a cachimbear.
—Ne sean maricones. No ven que ando solo. Déjenme ir ‒les dijo Leco.
—¡Ni verga! Hoy te pelamos.

Leco no tenía miedo, más bien le hervía la sangre por el deseo que tenía de joder a uno, al menos. Pero, tampoco era baboso para enfrentarse a los cinco. El sol estaba muy caliente, aún más que el del mediodía.

—Déjense de babosadas, si me van a matar, ¡mátenme verga a verga!, uno a uno y les monto verga ‒los instó Leco.

Así fue. De inicio le echaron al más grande. Leco sabía a lo que se atenía. Los pleitistos se miraron frente a frente y se cuadraron. El viento levantó polvo blanco; el pasto amarillo de los llanos chontaleños se mecía y los hombres se tramaron en feroz combate. Golpe contra golpe, puño contra puño. Leco, a punto de trompones hacía retroceder a su contrincante; con un derechazo le reventó las tapas y luego, con tremenda agilidad se agachó y lo tomó al grandulón de los tobillos, lo haló con fuerza hacia arriba, derribándolo y se fue directo al suelo.

—¡Oh, verga vieja! Caíste con la «manella» ‒le decía Leco. La manella era la técnica más mortal de él, que consistía en levantar las piernas del oponente con fuerza y rapidez. El adversario caía de bruces, golpeándose la espalda y la cabeza, quedando mareado. De inmediato se le montaba encima y lo remataba a puños.

El hombre se levantó y se le fue encima otra vez. Leco, hábil y decidido a todo, volvió a aplicarle la manella al hombrón. ¡Qué golpazo! Cayó mareado en el polvo de los blancos caminos en medio de los llanos de pasto amarillo de chontales; Leco se le montó encima y lo remataba a golpes en la cara, mientras que los otros que miraban la pelea se le fueron encima, echándole la vaca. Uno le pegó un zurdazo en la oreja, y se calentó más.

Acorralado y en clara desventaja, Leco sacó su fiel navaja y al primero que se le metió lo hirió desde la clavícula izquierda hasta la última costilla derecha. El carajo cayó desmayado del miedo y bañada en sangre. ¡Tome hijueputa, eso querilla!, dijo Leco.

Cuando los otros vieron a su amigo herido, sacaron machetes para pelar vivo a Leco. Este, sin perder tiempo, corrió por los llanos de pastos amarillos de chontales. Jamás lo iban a alcanzar.

Al llegar a casa, don Miguel lo vio llegar sucio y golpeado:

—¿Qué te pasó?
—Me agarré con unos carajos que me querían joder.
—¿Cómo? ¿Quiénes eran?
—Unos que me salieron en el camino, pero corté a uno con esta navaja.
—¿Cómo lo cortaste?
—Pues le hice un tiro salvequiado.
—¿Cómo es eso de salvequiado?
—Le partí el pecho de lado a lado.

El buen don Miguel lo miró fijo, y le dijo:

—Vos nunca te componés, hay te van a salir matando.