Las monadas que hacemos

William Anastacio Areas Calvo /
Telica, León.

«…Quien se miente y escucha sus propias mentiras
llega a no distinguir ninguna verdad,
ni en él ni alrededor de él».

 Fiodor Dostoyevski.

A nosotros los monos nos gusta meter en el cuerpo sustancias que estimulan el sistema nervioso central, nos reunimos para socializar y ahí salen las sustancias. Uno lleva esto, y esto y esto y esto, hasta que se arma el asunto.

Socializando.

En el grupo de monos aprendí a tomar alcohol y fumar marihuana, comer hongos y otras drogas «suaves». Y me sentí raro algunas veces ‒no puedo describir‒, otras eufórico, dormido…

En una fiesta bailaba con unas de mis monas preferidas. Antes me había fumado junto con otro mono un pito de marihuana. Recuerdo que bailaba Samba pa´ti de Santana, ejecutada magistralmente por mi mono amigo Wilfredo Galo González.

Apretaba a mi mona contra mi pecho y la libido se nos subía, hasta ponernos lívidos. Mi mona apretaba y yo igual. Con los ojos cerrados, pero con la mente abierta, hurgaba todo.

Abrí los ojos y me di enorme susto; el árbol de guayaba que estaba en el patio tenía copa, no tronco.

Apreté a mi mona, tenía miedo, cerré los ojos, metí mi cara en el pelo oloroso de ella y me atreví a abrir de nuevo los ojos. ¡Ahí está el árbol!, con tronco y sin copa. ¡El tetrahidrocannabinol!, tenía distorsionado el tiempo espacio. Tiempo, pensé en locuras. Sigo siendo loco, ahora leo más que cuando la conocí y escribo y me siento raro. Me cuesta socializar.

Cuando nos sentimos diferentes, de los otros monos, recurrimos a artificios para mejorar la cantidad de hormonas en el torrente sanguíneo. Una botella de ron, un churro de marihuana, una línea de la blanca, etc., etc. Y empiezan las monadas.

A veces usamos armas y tenemos conductas reprochables. Los monos sin pelo, son así. ¡Tolerancia! Cuanta falta nos hace.

Hay monos meapilas ‒me gusta esa palabra, la aprendí del monísimo de mi amigo Guillermo Goussen Padilla‒. Fui un mono meapilas. Andaba ganando adeptos para una ideología religiosa, adoctrinaba a niños ‒catecismo‒. Ahí apareció la monísima de mi esposa, la madre de mis hijos.

Somos tan monos, que nos siguen dando «atol con el dedo».

(Del libro inédito El mono que te metí un día).