Debajo del escalpelo

Capítulo VI / Novela inédita

Alberto Juárez Vivas /
León, Nicaragua

El tiempo, de alguna manera, terminó fundiendo aquel deseo insostenible para la pareja de médicos. Y una vez más y bajo la tutela de una falsa impresión, Clara vagaba alrededor de lo que consideraba un infierno: su casa. Descubre que la luz de la cocina está encendida; cuando decide apagarla, los recuerdos la someten. Aquel sitio fue donde tantas noches el doctor Rodríguez la hizo suya.

Cuando todo quedaba a oscuras, volvía a su habitación, donde muchos sueños nacían para morir de inmediato, bajo las mismas sábanas. La angustiaba recordar con sus ojos cerrados caricias que repugnaba. Su casamiento no fue feliz.

Mientras leía La divina comedia de Dante, que le obsequió Jimmy el día de sus cumpleaños, pensó: «Mi matrimonio comenzó al revés. Empecé un infierno y no sé cuándo entraré al purgatorio, menos si algún día estaré en el cielo». Dejó el libro sobre la mesita de sala y escuchó la voz de su marido que la llamaba a la cama. No se negaba y se lanzaba al abismo de aquella habitación, donde unas manos asfixiaban sus anhelos.

Clara se entregaba por entero a sus labores médicas todos los días con sus noches. No concebía estar fuera de su centro de trabajo, pese al agotamiento, lo que era preferible a su hogar, donde estaba su tormento. Cuando él la llamaba para preguntarle la hora de llegada a casa, ella se limitaba a responder: «Estoy de turno, llego hasta mañana».

Cuando llegaba a casa al día siguiente, el doctor ya se había marchado a sus labores médicas en el Hospital La gracia de Dios. Entonces, tenía todo el tiempo del mundo para estar sola y descansar. Así se determinaba su vida, de turno en turno, hasta convertirse en costumbre alejada del suplicio matrimonial.

Cuando las madrugadas los alcanzaba, Jimmy y Clara continuaban el mismo ritual. El cigarrillo en el estacionamiento, siempre adentro del automóvil, hasta que se llegaron a necesitar. Para Jimmy, la presencia de Clara era urgente y necesaria; para ella era igual, ansiaba el momento juntos, compartiendo el pecado, la vigilia silenciosa. Ambos se ansiaron, se esperaron. Los pasos conducían al estacionamiento.

Una noche de aquellas, desaparecieron. Dieron rienda suelta a sus locuras. En el asiento trasero los dos galenos se entregaron. Gemidos. Las ventanas del vehículo se enturbiaron. Desearon arañar, morder, el mundo al que pertenecían. La carne les ardía y se aproximaba una madrugada friolenta. Los sueños prohibidos.