Semblanza del Dr. Ulises González

Carlos Mejía Godoy

Cuando recuerdo a aquel chaparrito con gabacha de odontólogo, pienso que este cirujano jamás le puso anestesia a sus pacientes. Porque consideró que el mejor antídoto contra el dolor es la atención esmerada, la palabra grata, la anécdota graciosa y, sobre todo, el gesto solidario y querendón. Y así era el Ulises González que conocí. Como dicen los campesinos de mi lugar: Ese era su modo suyo de él. En otras palabras, un eterno militante de la amistad, el humor y la alegría.

No recuerdo cuándo conocí a este hombre versátil y fecundo. Posiblemente aquel primer encuentro debió ser en un corredor fresco con piso de ladrillo cuarterón, con un tinajero de barro que lloraba lágrimas de río; mientras en el patio un alcaraván daba la hora puntualmente.

Como diría mi hermano L. Enrique, esto ocurrió en Estelí el año 19…siempre. Cuando me percaté estábamos ingridos, como chigüines alborozados, cambiando las figuritas repetidas. El me regalaba dos tonadas con su guitarra y yo le presentaba mis canciones primerizas: Alforja Campesina y mi primer bolerito romántico dedicado a Ariana, mi bella novia somoteña. Tiempo después, me convertí en el más entusiasta animador de aquel singular dueto que formó con mi primo Alejandro Floripe. Nunca las viejas melodías del norte sonaron con tanta pureza y lirismo.

Durante medio siglo, aquella yunta de guitarras mantuvo encendida la llama perpetua del folklore segoviano. Que no se apaga con la partida del entrañable hermano; porque ahí viene floreciendo la nueva milpa de cantores, y así queda asegurado el relevo generacional que él siempre estimuló.

Como su tocayo llegando a Itaca al final de su odisea, Ulises arriba ‒guitarra terciada‒  a la Casa del Padre. Y un orfeón de querubines salen a recibirlo: El Indio Pan de Rosa, Chale Mántica, Erwin, Camilo, Otto… Y por supuesto, luciendo su sombrerote, el diáfano patriarca de La Tunosa Felipe Urrutia.

Cuando a finales de los años setenta inventé desde Radio Corporación aquel disparate que se llamó Brigada de Salvación del Canto Nicaragüense, mi amigo y perenne cómplice de sueños y utopías, me llamó por teléfono: —Te tengo dos primicias. Una, me voy a encalichar con la Juanita Castillo, la flor más linda de Santa Cruz. Y la otra, ya entotoroté a Felipe y a Leonardito para que vuelvan a travesiar la guitarra.

Sucede que Felipe Urrutia, como él mismo contaba, vivía amancebado con la cususa y el guaro pelón. Para salir del cañal tuvo que colgar para siempre la pochota en un clavo sarroso. «Es que así es esta vaina, Carluchín ‒me explicaba el viejo campesino señalando el instrumento‒. Yo no soy el bolo, ella es la viciosa». Pero el bendito Chaparro González, con sus dotes de taumaturgo, le regaló una guitarra nuevecita diciéndole: Olvidate de la borrachita, esta lira es abstemia. Ese fue el milagro. Y aquí te va borona: un chirrión de valsesitos, polkas y mazurcas, que inauguraron un nuevo ciclo en el rescate del patrimonio cultural de Estelí.

Ya en la década de los ochenta, cuando vino al mundo su hija primogénita, el mismo día de su bautizo desenguaraqué mi acordeón y sin muchos preámbulos, empecé a cantar:

María Estelí mi linda muchachita
flor natural de ay de la montañita
María Estelí yo vengo aquí a estrenar
este hermoso quijongo
que me hizo en Somoto Mundo Sandoval.

Y la tapizca familiar siguió creciendo, hasta completar la trilogía con la llegada de Juanita y Azálea. Le pregunté: Después de las Tres Gracias de tu mitología, ¿vas a encargar el varón? Y mi entrañable amigo, con el desparpajo de siempre, repuso: ¿Para qué? Con esta pategallina estoy completo. Lo único que me falta es una escopeta para espantar los gavilanes.

Una vez, regresando de mi pueblo, me aparecí en su casa sin avisar; llevé una tamuga de rosquillas somoteñas y compartimos un cafecito, mientras le presentaba mi nueva canción La Tinajita Sudada. Corrió a traer la grabadora y me obligó a repetir el estreno, celebrando el sófiro, palabra mágica que injerté en el texto, en homenaje a Orlando Pineda, el inefable «Pinedita».

Al final, ya con una pata en el estribo, le hice una pregunta que siempre quise formularle. Hombre, Ulises, decime una cosa: ¿Cómo jodido se puede ser al mismo tiempo dentista de prestigio, guitarrista fino, gallero exitoso, alcalde honesto y, sobre todo, compadre y amigo de mediomundo? ¡A ver, echame ese trompo en la uña!

Y el chaparro se quedó callado en una sola risería. Se atusó el bigote (estilo Pedro Infante) y al recordar que tenía la gabacha puesta, se levantó abruptamente diciendo: —¡Ay Dios mío! Te dejo con la Juanita, hermano; porque ahora que me acuerdo, tengo en el consultorio a una señora esperando con la boca abierta hace más de una hora. Ya debe tener telaraña la pobrecita.

California, 28 de septiembre del 2021.