Sopa de letras

Mauricio Rayo A.


—Abuelo, ¿cómo jugaba usted cuando era un niño?, porque no había juegos de video ¿verdad?

—Ahh hijito, aquellos tiempos eran mejores. Jugábamos chibolas, trompos; elevábamos también lechuzas, barriletes y cometas.

—¡Huy, que aburrido!

El abuelo sorprendido por la actitud de su nieto quiso seguirle la corriente y le dijo:

—Pero también usábamos la tecnología, un poco diferente, pero sí la usábamos

—Y… ¿cómo la usaban, abuelo?

—Te cuento que a mis hermanos y a mí, una vez nos regañó mi mama y nos dio una buena tunda, sólo porque hicimos un televisor a colores.

—¿Cómo es eso de que hicieron una tele a colores?

—Sencillísimo hijo, en esa época sólo se había inventado el TV en blanco y negro. Entonces, desarmamos un tele carísimo que había comprado mi papá, luego nos asomábamos por el marco detrás de la pantalla, y actuábamos como en las películas, cada quien en su turno. Un día, aprovechando que tu bisabuelo y tu bisabuela visitaban a un familiar enfermo, nos divertimos a lo lindo. Hicimos socio-dramas, telenovelas, tele- cuentos y muchas cosas más, con la famosa tele a colores. Los chavalos y chavalas del barrio nos aplaudieron hasta más no poder; pero nuestros padres nos descubrieron y después de la tremenda apaleada, nos suspendieron durante tres meses el dinero que utilizábamos a la hora del recreo en la escuela.

—Ja,ja,ja… eso si fue divertido Abue, sígame contando. Abuelo, ¿en sus tiempos existían los teléfonos?

—Pues claro Güicho, es cierto que soy viejo, pero no tanto. Nosotros jugábamos con el teléfono.

—Por supuesto, hablando ¿no?

—No, lo usábamos para bajar mangos y naranjas en el patio de la casa.

—¿Cómo es eso abuelito?

—Bueno, lanzábamos la bocina junto con su cuerda, ésta se enredaba en la fruta, luego halábamos y ¡zas! Caía la fruta en nuestras manos.

—De verdad, Abue… ¿Qué más hacían?

—Hacíamos pasteles de lodo y los metíamos en el refrigerador hasta que se endurecían. Una vez mi hermana menor, tu tía abuela Carlota, se quebró un diente porque mordió uno de esos pastelitos. Mi mama me descubrió y me pegó durísimo, todavía me duele, porque me dio con una tajona de cuero crudo que usaba para esos menesteres.

—Abuelito, ustedes sí que se divertían mucho.

—En otra ocasión hicimos sopa de letras.

—¿Cómo es eso?

—Recortamos letras grandes y gordas de libros, cuadernos, revistas y periódicos. Le agregamos verduras y dos piezas de pollo, le ofrecimos a mi papa que después de ingerirla dijo que estaba deliciosa. Ese día mi hermana y yo no paramos de reírnos, hasta que a mi papa se lo llevaron de emergencia al hospital con una gran diarrea. Estábamos muy preocupados, pensamos que moriría.

—Entonces, ¿así murió su papa, Abue?

—Ni Dios lo quiera, por suerte no le pasó nada. Papá se curó, pero no se dio cuenta de cómo había enfermado. Por supuesto, nosotros tampoco dijimos nada, fue nuestro secreto por mucho tiempo.

—¡Qué bárbaro! abuelito y…

GÜICHO, GÜICHO, VENÍ… ANDÁ HACEME UN MANDADO.

—Andá… te llama tu mamá

—Bueno Abue, ya vengo para que sigamos platicando, no se vaya a dormir, ya vengo.

—No te preocupés, andá.

Guicho llegó donde su madre quien le recomendó lo siguiente:

—Decile a la Chilo que me mande cuatro huevos, dos cuajadas, cuatro pesos de pan simple, dos bolsitas de café y también un rollo de papel higiénico, ah… y me traes una bolsita de consumé de letras. ¿No se te olvida?

—No mamá, no se me olvida. Y… ¿los reales?

—Cuáles reales, decile que me los apunte en la cuenta, que yo les pago el quince de este mes.

—Bueno pues…

El niño se fue de mala gana a la pulpería cercana. Doña Martha, su mamá, se acercó al abuelito y le dijo tratando de contener la risa con las manos:

—Papa, porqué le dice esas locuras a Güicho, va pensar que es cierto

—Vos también eras preguntona, Martita. Los niños viven en un mundo diferente al nuestro, quieren saber tantas cosas, recordá que tu hijo sólo vive pegado a la computadora, ya no conversa con nosotros, ya no le contamos cuentos, no sale a jugar con sus amigos. Es la era tecnológica, hija. Tenemos que platicar más con él.

—Bueno, ojalá Dios le oiga. 0igame… regresaré pronto, tengo que visitar a mi amiga Gertrudis. Dígale a Güicho, que ponga las cosas en la cocina y que después haga las tareas de matemáticas.

—Yo le digo hijita, andate sin cuidado.

Cuando Güicho regresó fue a la sala y vio a su abuelo roncando en su silla mecedora, después fue a la cocina.

«Voy a sorprender a mi familia, voy a preparar un almuerzo de chuparse los dedos», dijo. Cortó algunas verduras, mezcló huevos con leche, agregó algunos condimentos; fue al patio a cortar hojas de orégano y hierba buena. Entraba y salía de la cocina llevando más y más ingredientes para su tarea culinaria. Dos horas después, Martha regresó. De inmediato sintió un olor agradable a sopa con verduras, se asomó a la cocina, pero su hijo no estaba. «De seguro está en su cuarto haciendo tareas de la escuela», pensó. Se acercó a la olla humeante, aspiró disfrutando ese olor riquísimo, pero cuando quitó la tapa lanzó un grito que se extendió por todos los rincones de la casa:

¡PAPÁ, PAPÁ! ¡VENGA A VER LO QUE HIZO GÜICHO CON EL TECLADO DE LA COMPU!