Debajo del escalpelo

Capítulo IV / Novela inédita

Alberto Juárez Vivas /
León, Nicaragua

La noche estaba encendida e igual de misteriosa como aquella, cuando Clara, después de una cirugía difícil, salió al estacionamiento a fumar un cigarrillo. Había pocos vehículos parqueados y, por supuesto, un par de ambulancias blancas listas para el llamado urgente.

Clara absorbía y exhalaba pensativa. Estaba rodeada de buenos amigos, pero era una mujer solitaria, el vacío que sentía era insoportable. Sin embargo, acariciaba la esperanza de que su vida cambiaría algún día, y sería feliz.

Aquella noche con cielo estrellado y entre sombras del estacionamiento, una voz conocida irrumpió desde atrás de ella, mientras arrojaba al aire una bocanada de humo. Los rezos de familiares de pacientes se escuchaban como rumor.

—Doctora, ¿qué hace aquí tan solitaria? ‒preguntó Jimmy.

—Poniendo en orden mis pensamientos ‒respondió Clara, mientras lentamente se volteaba.

—Muy bueno ese detalle. A veces la soledad nos ubica.

—¿Cómo sabía que estaba aquí, mi bello doctor?

—Le pregunté por usted a la nueva enfermera y me lo ha dicho.

—Me dejó agotada la cirugía que recién realizamos y sentí deseo de respirar aire puro y fumar un cigarrillo. Este sitio es apacible y silencioso. ¿Me acompaña? ¿Desea un cigarrillo? ‒preguntó Clara extendiéndole el paquete que tenía en una de sus manos. El doctor tomó un cigarrillo, complacido.

—Gracias doctora. ¿le molesta que la acompañe? ‒preguntó Jimmy, deseoso también de compañía.

—No, doctor. Al contrario, su compañía me agrada.

—Gracias, doctora. ¿Quiere que charlemos en mi auto? Es ese negro de enfrente. Ya hemos estado mucho tiempo de pie, necesitamos descansar sentados, ¿no cree?

—Me parece buena idea. Así también escapamos de los zancudos ‒respondió Clara, mientras Jimmy se adelantaba a su vehículo estacionado.

Adentro del Mazda encendieron otro cigarrillo y permanecieron en silencio por unos minutos, hasta que…

—¿Y qué me cuenta usted, Jimmy?

Clara y Jimmy eran casi extraños, no habían compartido un momento de intercambio como para que uno supiese algo del otro. Sabían que eran profesionales de la medicina y que trabajaban en ese hospital.

—No es bueno sentirme incómodo en mi propia casa. Vivo con una mujer que, con el tiempo, se ha convertido en un personaje extraño, a quien he ido dejando de amar. Siento vacío ‒dijo Jimmy midiendo sus palabras.

—Sé qué es eso, doctor ‒dijo Clara exhalando humo‒. Lo experimento a diario.

—Ya somos dos.

—Así parece, doctor.

—Llámeme Jimmy, a secas, olvidemos nuestros títulos.

—Jimmy… está bien. Mi nombre es Clara, llámeme así, por favor.

El doctor deslizaba su mirada sobre los hombros de Clara y desembocó en el centro de sus pechos, como queriendo atravesar la tela blanca que los cubría y encerraba su perfume íntimo. Ella sintió la fijación de aquellos ojos cafés. El silencio era campo de batalla, miradas y pensamientos se disparaban. Las palabras sobraban. En la extrañeza dentro del Mazda, algo comenzó a gestarse.

El silencio y la apacibilidad fueron violados por la estridencia de una ambulancia que llegó al parqueo de emergencia y de donde, con la prontitud que reclamó el momento, fue extraído en camilla un accidentado. De inmediato, los doctores salieron del vehículo y, sin despedida alguna, cada quien acudió a sus deberes.