El huele pega

Alberto Juárez Vivas /
León, Nicaragua


El rumor golpeó con fuerza la vivienda de José. Se levantó de inmediato y abrió la puerta. Se trataba de un muchacho huele pega de las inmediaciones de la estación del ferrocarril.

—¡Venga, señor! Su hijo está en problemas ‒dijo el muchacho.

José se vistió aprisa y corrió detrás del chavalo. La gente al ver a José corrió tras el reconocido huele pega, se armó con palos y piedras y fue tras ellos. La tarde estaba endurecida como el pavimento y la arboleda adornaba el camino.

Avanzadas algunas cuadras, el chavalo se detuvo en una esquina. José jadeaba de cansancio y respirando pedregoso, preguntó:

—¿Adónde…? ¿Adónde es, chavalo?

—Por aquí… Ya estamos cerca.

Atrás se divisaba un gentío enardecido que corría a gritos. Se acercaban a ellos cada vez más. José, encolerizado, tomó al chavalo de la camiseta semi arruinada y sucia que portaba, y le dijo:

—¡Mocoso del demonio, de mí no te burlas! ¡Hablá! ¿Dónde es?

El chavalo clavó su mirada en José, quien sintió sus vísceras quemarse. Lo soltó.

El tiempo dio un paso al frente y se detuvo. Inmovilidad. El aire moría congelado entre las ramas de árboles. El huele pega se carcajeó estentóreo. José se desvanecía en el suelo pedregoso, herido por el estertor de un sol que se estrellaba contra las piedras del camino polvoriento.

El huele pega, indiferente, se sentó al lado de José para aspira de un vaso de Resistol recién adquirido a cinco córdobas. La tarde se disipaba entre el gentío acalorado que había llegado hasta ellos y la humedad de una navaja negra ensangrentada, que el chavalo había puesto en el suelo.

Al huele pega le cayeron a golpes, palos y piedras. Él reía y reía. Mientras el ambiente se tornaba desolado y silencioso, entre sombras, José balbuceaba agónico:

—Mi hijo… ¿Dónde está mi hijo? ¿Dónde es… tá… mi…?

Sus ojos se cerraron. Y hubo honras fúnebres. También nuevo inquilino en la cárcel.

—Disculpe, señora. ¿José era casado? ‒preguntó un desconocido a la anciana que lloraba inconsolable y sobaba la frente fría del cadáver.

—No. ¡Cómo se le ocurre! ‒volviendo su mirada hacia el desconocido‒. Él era retrasado mental.