Cuando Morfeo timbra

Erling Tórrez González /
Condega, Estelí, Nicaragua

Babydoll rojo

Ella escuchó el ruido de la motocicleta de Matías, que aún sin documentos legales, conducía sobrepasando los límites de velocidad. Emitía ruidos ensordecedores desde que le modificó el mofle. Por suerte, la policía de tránsito no lo había sorprendido en sus reiteradas noches de fiestas y negocios clandestinos. Corrió al cuarto y se acomodó en la cama. Se puso el babydoll rojo que Matías le compró en una mega boutique de la ciudad. No tenía deseos, pero le esperaba una noche agitada de deberes.

 

Café prenupcial

Me sorprendió el chat a las once de la noche, cuando me disponía a cerrar mi libro de lecturas nocturnas dejando el separador en la página 211. Ninguno de mis contactos me escribía a esa hora, sabían de mi costumbre de irme a la cama temprano. Pero, de todas maneras, revisé el celular. Era mi amigo Frank con su horrenda ortografía; me dijo que nos viéramos al día siguiente en el bar acostumbrado de nuestras tertulias vespertinas desde cuando éramos adolescentes.

Siempre sospeché que me ocultaba algo, desde la secundaria. La primera vez que me dirigió la palabra fue cuando me pidió ayuda en un ejercicio de álgebra. A partir de este momento nos convertimos en uña y carne; los compañeros nos decías Los gemelos.

El día transcurrió sin novedades. Esperé un tanto para dirigirme al bar. El cielo estaba gris, como dando indicios de lloviznas. Llegué a las 6:38 de la tarde; él ya me esperaba ansioso, tarareando canciones y tamborileando en la mesa para sobrellevar sus crisis nerviosas. En sus ojos había penumbra, todo él estaba como ausente de aquel lugar, misterioso. Me pareció que había llorado por algo… Sabía que estaba acariciando la idea de casarse en algún momento con Mariam, la chica que todos deseaban y por quien envidiaban al afortunado. Fue la única novia que le conocí. Mi amigo Frank debía estar feliz, realmente feliz, pero jamás imaginé que su estado emocional tenía como causa la confesión que me hiciera.

Ella era esbelta, pestañas largas, cejas como de muñeca barbie y de cintura bien definida; su uniforme de cajera de Banpro combinaba bien con todos sus atributos físicos.

Frank y Mariam tenían tres años de noviazgo, pero no estaba seguro de dar el paso más allá. No estaba enamorado y su congoja era mucha, sentía agrietarse por dentro… «Estoy indefinido, amigo», me dijo. Avergonzado, bajó su mirada; entremezcló sus dedos en su cabello lacio. Estaba realmente compungido y solo alcancé a decirle «Ni modo».

Tomamos el café en silencio, entrecruzando miradas. ¿Qué más podía decirme? ¡Qué podía decir yo! Franco de Vita sonaba. Acabado el momento nos despedimos decaídos.

Días después, me tomó por sorpresa su foto nupcial en las redes sociales, donde Frank aparece con una sonrisa opacada. Lejos de resentirme, comprendí que no me haya invitado, siendo su amigo de años. Los estereotipos sociales son muy fuertes y seguro, no se atrevió a enfrentar sus indefiniciones… Mariam lucía bellísima y feliz.

Era aún temprano, pero para mí, ya era hora de unirme a Morfeo.