Y nos siguen metiendo el mono

William Anastacio Areas Calvo


Aprecio a los monos

…A mis primos, los monos muertos
en el incendio de la Reserva de Biosfera Indio Maíz

Mis primos, viven en los árboles;
hace mucho tiempo bajaron
y regresaron a ellos más inteligentes.

No producen armas,
no son banqueros, religiosos, políticos…
¡No son ladrones, pedófilos, feminicidas!
No usan Facebook, ni «red social» alguna;
comen chayules capturados con el pene,
aderezados con hojas de Ojoche y frutas de Mora.

Aprecio sus maromas entre ramas de Espavel,
sus chillidos llamando a la manada familiar,
a subir la rama más alta del árbol.

Quiero rascarme como lo hacen ellos,
viendo el atardecer mientras mordisquean a su mona.

 

La mona de mi madre

Mi madre era una mona bien mona.
Siempre me dijo, cuando era un mono pequeño:
—¡Uy, cuidado el mono! ¡Ahí viene el mono!

Crecí teniendo miedo a los monos.

Cuando fui un poco mayor, empecé a entender el asunto de los monos. Había monas que me atraían, otras no, solo socializar con ellas.

Siendo un mono adolescente me metieron muchas veces el mono.

Algún mono «amigo» me insinuó que a la mona de pelo largo que pasa todos los días por la calle, yo le gusto. Realmente no era más que una metida de mono. Una vez más, me lo metieron.

En el colegio hubo monos buenos ‒los compañeros, algunos profesores‒ y monos malos. Algunos monos vestidos de sotana; nos metían el mono.

Han proliferado los lugares en donde «venden» por unos cuantos pesos la metida de mono. No es nada nuevo, eso viene con la historia de la momanidad. El mono vivo jode al mono más pendejo.

La monísima de mi madre, siempre se preocupaba de que no me metieran el mono, pero indefectiblemente pasaba. Entonces, me di cuenta que había dos tipos de mono: el mono que ya es mono por naturaleza y el mono que se hace el mono. Este es un hipócrita.

Es triste, pero a la fecha permitimos nos sigan metiendo el mono.

(Del libro inédito El mono que te metí un día)