La piedra que cae

Mauricio Rayo A

El niño se asomó discretamente al brocal del pozo, su mirada inocente trató de escudriñar el fondo sin lograr siquiera herir el círculo negro con su intento curioso. Quedó mirando la profundidad de la noche anticipada escondida en aquel túnel, y creyó observar un chispazo en el fondo, pero el sonido que precedió encima de su cabeza lo hizo comprender el reflejo del relámpago en el cielo profundo. Las gotas de lluvia amenazaban interrumpir su faena, entonces, recogió una piedra del tamaño de su mano derecha y la dejó caer desde el aro de entrada que conformaba su juguete improvisado, éste la tragó de inmediato desapareciendo en los confines dominados por Hades. Quedó atento, agudizando sus sentidos, tratando de lograr escuchar el quejido de la piedra al caer en el fondo del agua. Visualizó la roca cayendo, cayendo, cayendo… como en cámara lenta recorriendo el aparente infinito subterráneo. Prestó sus ojos chispeantes a la sólida viajera y comenzó el recorrido de aquellos espacios jamás pensados existentes en las paredes húmedas de la pétrea garganta; observó flores amarillas entre el musgo verde-acua, caballos salvajes diminutos galopando desbocados hacia adentro por salientes rocosos sin amedrentarse del estrecho desfiladero, insectos extraños volando alrededor de la piedra cayendo, luciérnagas mezcladas entre ellos alumbrando el astro bólido viviente. Descendiendo la roca con los ojos del niño incrustados en sus costados, descubriendo más cosas en su viaje; gotas de colores sonriendo frescas, pero sintiendo ya el calor húmedo verde oscuro que adquieren las profundidades; gusanos color naranja, asustados al paso del cometa que descendía frente a sus narices; sintió las caricias de las plantas creciendo en fuga silenciosa más adentro. Y la piedra cayendo, cayendo con susurro de fuego lento, caminando en el espacio interminable de su itinerario incierto, golpeando suavemente al viento cada vez más raro y compungido, alondra sin voz acorde a la travesía lúgubre. El aura de la piedra se volvió rojiza contrastando con la pared blanquecina de su entorno. Caía ya fuertemente y siempre los ojos del niño asomados a través de la figura rocosa avanzando ahora entre fantasmas arremolinados, huyendo las gotas de lluvia, con miedo los ojos del niño, y la roca… cayendo, siempre cayendo ya más rápido, temblorosa, esquivando dañar las alas de los ángeles habitantes de aquel estrato, atravesando la humedad violácea ya sin aire, solo una luz en el supuesto final del túnel, fugaz llamarada sin sonido de relámpago. Los ojos del niño siempre adosados a la roca cayendo, un rostro en segundos, el miedo del niño, saliendo los ojos de la piedra cayendo, volviendo a la cara del niño en el brocal del pozo. La roca cayendo con fuerza, golpeando. El niño corriendo escuchó el quejido acuoso, el rostro agonizando en el fondo siniestro. Las gotas, la lluvia cayendo sobre la humedad del niño corriendo; sudor y agua confundidos en su ropa, desorbitados los ojos acostumbrados ya a la oscuridad del pozo. Su madre asustada esperando en la casa, la lluvia, los relámpagos, el niño llorando acurrucado entre los pechos de su mama; ambos corazones latiendo fuerte, cada vez más fuerte, como truenos en los oídos del niño, como lluvia su sangre golpeando los pulmones de su madre, la mirada materna perdida en la oscuridad de la noche prematura y lluviosa, sus manos pálidas consolando a la asustada criatura, sus pupilas temblando en espera del esposo trabajando desde muy temprano en el fondo del pozo cercano.

 

(Del libro inédito Cuando la prosa es verso).