Tres del asilo

Mauricio Rayo A.

Marianita

Camina lenta y encorvada. Su voz temblorosa no abandona su coquetería. Canas teñidas, uñas largas pintadas. Durante toda su vida trabajó a cambio de comida para alimentar a sus hijos, nietos y bisnietos. Ahora está en un hogar de ancianos, nadie la visita, nunca vienen a verla. Hoy, los trabajadores del asilo cerraron sus tristes ojitos.

 

Alfredo

Hacía algunos años ya no rasuraba su barba canosa, sus ojos todavía reflejaban la chispa que poseen los maestros de escuela, profesión ejercida por muchos años. Nunca engendró hijos; sus hijos fueron sus alumnos, quienes ya no se acuerdan de llevarle una sonrisa, al menos. Formó abogados, médicos, ingenieros, obreros y demás constructores de sueños, sin pedir nada a cambio por entregar todos sus conocimientos. Cuando se lo llevaron hacia el hospital más cercano, llevaba sus manos levantadas hacia arriba, balbuceando una plegaria. Su semblante estaba sereno, decidido, confiado que todo estaría bien. Al día siguiente avisaron al hogar geriátrico que Alfredo había partido hacia un lugar mejor. Sus libros fueron donados a la biblioteca del centro escolar donde impartiera sus clases durante cuarenta y cinco años.

Domitila

Fue bailarina y coreógrafa desde niña, a los 20 años de edad ya era una profesional de la danza. Ojos verdes heredados de su abuela materna y pies agiles de su madre. Ahora lee un cuento, sentada en una silla de ruedas. Es feliz, dice, porque sus libros nunca la abandonaron, a pesar de que su «familia» nunca ha llegado a visitarla, desde que la «depositaron» … en el albergue.

(Del libro inédito Biografía de un Asilo)