Monólogo de domingo

Claribel Alegría


Las cinco de la tarde.
¿Qué haré con la alegría que delira en mis venas?
No me gusta este cuarto.
Tiene cuatro paredes que me ocultan la luz.
Saldré a buscar el sol
y me verán las gentes constelada de cantos
volcándome
escapándome
desligada del tiempo.
Tengo el peine, el pañuelo y la llave.
No me hace falta nada.
Las escaleras gimen cuando salto.
Pobres abandonadas que se quedan en casa
bajo el sombrío abrazo del silencio.
¿A qué ese gesto extraño?
(Una mueca burlona rozándome la cara).
Todo huele a domingo.
Los árboles han cambiado de estatura
y expresan a la brisa alegremente.
Hay una nube gris.
Ya pasará esa nube.
Quiero un cielo claro, iluminado.
Me mira el sol, me mira y se enrojece.
¡Los ojos del portero!
¿Qué deseas de mí?, iba yo a preguntarle,
mas la palabra terca se concentró en mudez.
Encendido de ruidos el tranvía.
Cómo arrastra su gloria por las calles.
Cómo esperan su paso.
Huele a fruta podrida y a sudores el tranvía.
Me bajaré en seguida.
¡Los ojos del portero!
Es cosa de echarle en el olvido.
Verdes, blancos, violetas, escarlatas.
Las palomas en grupo ungen de amor la tarde.
Una mujer encinta perpetúa el paisaje.
El cielo encapotado.
¿Irá a llover acaso?
El portero, el portero.
¿Dónde lo he visto antes?
Sus labios finos, juntos
y su piel amarilla
y su anillo de oro.
Cuánta gente en las calles.
Caminaré hacia el norte,
donde acaba más pronto la ciudad.
Casas. Tiendas. Casas.
Una ronda de niños en el parque.
Ha crecido la hierba
y amorosamente los recibe.
Cómo se oyen los pies sobre la acera.
Clap, clap, clap.
Ya sienten la fatiga.
Horizontal el pie
como el sueño y la tierra.
Qué pronto el cielo oscurecido.
Ni una estrella visible.
El viento se desata
y resbala en mi cuerpo.
¿Quién dijo que la noche es maternal?
Todo rueda al vacío.
Esta es la calle. Sí.
6ª. Avenida Sur.
Comienza a gotear de los tejados.
Las paredes de lágrimas tatuadas.
Se me cierra la noche.
Qué arañada la casa.
Entre todas las casas la más vieja.
Clavados en la puerta están los ojos.
Tartamudea el aldabón en el pasillo.
Las rodillas temblando.
Alguien se acerca, alguien
como a través de un túnel.
Se ha entornado la puerta.
¿Quién se esconde y me mira?
Es su rostro, su rostro.
Un escalofrío y otro.
No. A mi cuarto, no.
Entraré a la cocina a calentar los pies.
No, mejor a mi cuarto.
El gemido temblón de la escalera.
¿Habrá llamado alguien?
No se atreven los ojos a volverse hacia atrás.
¿En dónde está la llave?
Se ha perdido la llave.
No.

El cuarto está vacío.
Y qué sucia la alfombra.
En mi rostro su gesto desencajado y gris.
Qué ademán tan hambriento cuando extiende la mano de pordiosero altivo.
Adivino. Adivino.
Se vistió de portero
y acecha las entradas
las salidas.
Quizá será esta noche.
¿Cómo, cómo, Dios mío?
Tengo miedo. Estoy sola.
Los senderos, los ríos
Me aguardan en sus brazos.
Tengo una cita antigua
con el rosal del parque
con las lilas, la ceiba
la sutil telaraña.
Me buscas. Sí. Me buscas.
Olfateo tu aliento
No quiero despertar en tus tinieblas
más allá de las horas.
¿Será tiempo de huir?
Por la puerta de atrás, sin hacer ruido.
Dejaré los zapatos.
Todo. Todo lo dejo.
Otra vez la escalera.
Parece lleno de uñas el pasillo.
¿Quién ensombrece el patio?
Algo se ha estremecido.
Pero no hay nadie, nadie.
Qué largo el viaje sin regreso.
Por mezquino que sea
un rincón en el mundo.
Se ha entornado la puerta.
Estoy equivocada.
Se ha entornado y rechina sin haberla alcanzado.
Es tu mueca burlona rozándome la cara.
Me anuncia la derrota.
No puedo irme, no.
Me quedaré en tu casa
y subiré corriendo la escalera.

(Del poemario Vigilias, 1953).