Estampas de aquellos años de El Recuerdo

Delvin Mendoza Olivar

La infancia del pequeño Delvito transcurrió en una comarca pintoresca con veranos ardientes e inviernos aventureros. Las tardes eran cálidas con mugir de vacas, relinchos de caballo, juegos de béisbol en la plazuela ubicada al frente de la casa hacienda. Escuchaba las divertidas anécdotas del abuelo Lorenzo, que con picardía contaba sus vivencias en el norte y centro del país. Sus pláticas eran divertidas, jugaba con las palabras y los refranes. Se enfadaba con todo, hasta con sus brazos, alguna puerta y los caballos. Cada mañana era un holgorio de ordeño. Salían al campo a buscar qué hacer.

A veces, en los meses de verano, se tenía que ir a rondar en el límite este de la finca que colindaba con don Rogelio Mendoza y doña Sarita hacia el sur. Caminábamos muchas personas, recuerdo a mis primos ‒hijos de mi tío Juan‒, a mis otros hermanos: Chuga, Chente y Otoniel, a mi papá y a mi abuelo. Regresábamos de rondar a las doce o una de la tarde, la abuelita Moncha nos esperaba con pozol que jamás he vuelto a tomar en mi vida. Nos poníamos a escuchar el cuento de Pancho en la radio y más tarde, al monte a buscar «huacas de guineo» maduros.

Había un río corto, de donde decían que salía un animal que cazaba patos y pollos, yo imaginaba un lagarto. Recuerdo a mi papá esperando todo el día en la vega con un patito amarrado, para ver si el animal aparecía. No sucedió nada.

En el cerco de la casa había unos sembradíos de cacao, muchos árboles de naranjas y peras. En tiempos de cosecha solíamos pasar las tardes comiendo estas frutas. Mi abuelo siempre estaba pendiente de todo, de la finca y el ganado, y hasta de sus hijas con sus novios que daban dolor de cabeza. Mi abuelo tenía fama de suegro bravo.

Como parte de las costumbres familiares, recuerdo a hombres y mujeres mayores hacia la Iglesia. No muy largo de la casa hacienda había una poza donde solía ir con mi mamá a bañar, ahí aprendí a nadar no sin antes estar a punto de ahogarme. A unos cincuenta metros, había un camino real donde pasaban muchas personas, tanto del lado sur de donde Chon Acuña como del lado este donde vivían los Ramírez y viceversa, también de donde los Obando.

Algunos domingos miré jugar béisbol a mis tíos y hermanos, el equipo Los Nacatamales me llamaba la atención, muy singular su nombre. Arriba de un árbol de guácimo, Juancito, el anotador oficial, hacía sus apuntes. Yo estaba ahí, con él, viendo el juego y viéndolo a él cómo hacía su trabajo.

Cómo olvidar la casa de mis padres, donde respiraba un aire cálido familiar. La casa era de madera con un solo cuarto grande; el patio era de piso de tierra junto a la cocina, en su exterior un jardín con flores de banderitas rojas y amarillas, hacia el sur muchos árboles de jocotes y un árbol de muñeco.

El camino real estaba a cien varas de nuestra casa, decían que asustaban, que en ocasiones salían hombres con máscara de muñeca o que la gorra se la ponían en la cara con ropa de mujeres y zapatos altos; decía que eran muchachos de donde Los Obando, haciendo «jugarreta», Berny y Pedro.

Llegó el momento de separación de mi abuelo. Mis padres y yo nos fuimos hacia Nueva Guinea donde viví siete años de mi niñez. En mis recuerdos respiré alegre las brisas de mayo y las risotadas de mi abuelo y de mis hermanos mayores. De aquí, mis padres decidieron irnos a treinta y cinco kilómetros al sur, en la comarca Flor Sur de colonia La Unión. Fue en una calurosa tarde del 20 de enero de 1998.

Sentí el nuevo aire, el regreso de mis ensueños de infancia. Mi abuelo había abandonado mi terruño, San Roque. En La Unión llegamos a El Recuerdo, una bonita finca con muchos árboles, aves, ríos que discurrían por todos sus costados. Y volví a escuchar las anécdotas y ocurrencias de mi abuelo, a quien llamaba papá Chente. En cada amanecer me dirigía donde él a buscar café negro, su casa estaba a quinientas varas de la nuestra. Cruzábamos un pequeño arroyo, más adelante estaban unos grandes almendros y nancitones; primero pasábamos la casa de mi tía Tina y luego la de mi abuelo, con vista hacia dos ríos que se unían. A lo largo se escuchaban chillidos de monos Capuchinos.

Escuchaba hablar de trabajos en el campo y los acordes de guitarra que mis tías y mi abuelo lo hacían con maestría. Cuando mi tío Juan también se estableció en la finca, de nuevo estuvimos todos juntos. Y recordaba aquel salmo que dice: «Mirad cuan bueno y cuan delicioso es habitar los hermanos juntos en armonía». En ocasiones viajábamos a Punta Gorda con mi papá, mis primos y hermanos, ¡qué abundancia de peces, camarones, cangrejos y chacalines.

Pero, todo lo bonito y mágico desaparece, tal parece. El tiempo, la locura y algo más nos separó de nuevo. Primero fue mi abuelo, que vendió su porción y dejó repartida la finca entre sus hijos. Mi abuela Moncha y sus jóvenes hijas, es decir, mis tías, se alejaron en aquel carro cargado; con ellos se alejaba la dicha, las risas, las anécdotas misteriosas y ocurrencias; se iba una parte importante de la familia y de la iglesia, que mi abuelo había fundado dentro de la finca.

Posteriormente se fue mi tío Juan a la comarca San Isidro.

Han pasado los años… de la antigua casa donde mi abuelo y mis tías habitaron, solo han quedado horcones y madera desvaneciéndose con el tiempo. En ocasiones voy con mis hermanos y amigos de la comarca a disfrutar de la poza La Flor. De pronto, arrebatado por la nostalgia, me siento a solas en uno de esos horcones ya desgastados, para escuchar las risas, los acordes de guitarra, todo ya lejano desde el tiempo de mi abuelo Lorenzo. En ciertas noches sueño que él regresa, dándole vida al lugar.