De colegas y amigos, hermanos

Henry A. Petrie

A Edgar Jacob,
en memoria de su padre
A Acción Creadora Intercultural (ACIC)
A todas las personas que lo estimaron

Como la memoria es frágil y los acontecimientos se tornan alud; para que las intimidades y profundidades de una relación de amistad, no sufran manipulaciones ni distorsiones por intereses oscuros o mezquinos; porque para mí, no es cierto que obra y autor estén separados, todo lo contrario; y teniendo en cuenta la agitación de la vida, cada vez en ascenso, deseo dejar testimonio de cómo dos escritores, experimentaron la amistad, evolucionándola a grados de hermandad.

Las vivencias fueron muchas y, para este cometido específico, he seleccionado fragmentos significativos y entrañables de nuestra amistad. No ha sido fácil, en tanto he tenido que discriminar pasajes que retomaré en otra ocasión. Cuando dos amigos se conocen y se compenetran a fondo, los vértices del tiempo y las aventuras, los sueños y las frustraciones, las ideas y el debate, los ideales y las acciones, brillan con luz propia.

Compartiré pues, algunos aspectos de la hermandad experimentada con Edgar Escobar Barba, el tallerista, el mesoamericano, el eterno aprendiz…

De cuando nos conocimos

Nuestro tope inicial fue el 13 de diciembre del 2001, en ocasión de la presentación del libro Grito de nuevas voces, realizada en el Restaurante Conchas Negras, de la ciudad de Managua, que publicó la Asociación CAMINO que presidía Miguel Aragón López y de la que yo era su secretario y director ejecutivo. Después del evento formal, se acercó y se presentó con el joven poeta de Masaya, Ulises Huete Altamirano, compañero entonces de sus andanzas culturales y literarias. En medio de tanto bullicio y agitación, solo nos dio tiempo para intercambiar palabras, direcciones electrónicas y números telefónicos. «Mira, Petrie, lo que están haciendo es excelente, juntos podríamos hacer cosas grandes. Reunámonos, hombre, para que intercambiemos ideas como estas…», me dijo un poco antes de que nos despidiéramos.

En los días inmediatos posteriores, la comunicación prosiguió por la vía electrónica y nos pusimos de acuerdo en un encuentro en la Oreja de Van Gogh, frente a la Universidad Centroamericana (UCA). Estábamos aún en la efervescencia navideñas de ese año y acordamos brindar por ello y por nuestra naciente amistad. No recuerdo el día exacto del segundo tanto de ese diciembre.

Me acompañó mi amigo de años, Juan Ramón Huerta, periodista y editor. Edgar y Ulises ya estaban posesionados de una mesa donde el sonido llegaba agradable. Luego de los abrazos, nos presentamos de mejor forma. Intercambiamos libros; recuerdo que le regalé un puro habano a Edgar. Entre tragos de ron, desfilaron ideas o propuestas de trabajo conjunto, ¡pura locura creativa! A partir de esta noche nació una relación que evolucionó a una gran amistad.

Diferencias articuladas

La vida alberga diversidad. Los seres vivos somos diversos. Los humanos somos diferentes entre sí, en cualidad de ser, visión y realidad cultural. La vida es experiencia. La experiencia nos hace crecer. Todo crecimiento incorpora cualidades que no son idénticas a otros. Las épocas, los lugares, los caminos, las vivencias, las elecciones, adhieren ese algo que solo es en uno. Aunque haya experiencias compartidas, jamás estas tendrán el mismo tono y color, habrá singularidad.

Así, dos escritores, en un determinado momento, coincidieron en la vida. Se presentaron, se dieron la mano e iniciaron la conversación, no sin la natural reserva del aún desconocido. Y cuando un ser encuentra a otro en el camino, comparten el viaje, siguen un trayecto hasta cierto punto, pero no es la simple coincidencia, acompañamiento, que nos vuelve seres conocidos, dignos de un abrazo, más allá del protocolo o la convención. Sin duda, es la vivencia, la articulación de los dos diferentes, convencidos de que con el otro se va a crecer, con entendimiento y una esfera común.

No hay conocimiento sin tropiezo, sin discusiones y disgustos. Nos fuimos conociendo en la conversación, en las acciones, en la crítica y las proyecciones futuras. No estábamos de acuerdo en todo, de tal manera que el grado de compromiso de cada quien, se incrementaba según la fuerza de nuestro entendimiento. De pronto, quienes no estaban al tanto de lo que estábamos logrando construir, se asustaban o preocupaban, «Estos se van a dar de golpes», «Uno dejará al otro hablando solo», pensaban.

Edgar y yo nos reuníamos en mi casa, cuando él aún no vivía en el Km. 22 y medio de la carretera a Masaya. Nos instalábamos en lo que fue la estancia de mi casa, donde recibía a los amigos de confianza e íntimos. Ahí compartía el frescor de la enredadera que sobre nuestras cabezas se tendía con flores tricolor, aromando el lugar, con nuestras cervezas o botella de ron, como era en nuestras tertulias-sesiones de viernes. Empezábamos a las seis de la noche y concluíamos, por lo general, a las dos o tres de la madrugada de sábado. En día laboral la jornada era más corta, porque Edgar tenía que marcar tarjeta en su trabajo.

Siempre nos comunicábamos por teléfono o correo electrónico para acordar nuestros encuentros. Esta fue una práctica desde cuando nos conocimos. Nada de visitas sorpresas. Todos nuestros encuentros fueron previamente arreglados, incluso, hasta aquellos que solo tuvieron como propósito, la existencia, las preocupaciones o angustias personales, o solo por compartir algún punto de vista acerca de la vida, nuestros proyectos personales, en fin… Nuestros encuentros tuvieron como temas recurrentes: la vida, el arte, la literatura, la historia y, también… la política.

Recuerdo tres grandes discusiones donde nos criticábamos fuerte y reflexionábamos los desacuerdos. Nuestra amistad creció y evolucionó a grados de hermandad, mediante un proceso crítico impensado, que abonó al conocimiento mutuo y al sentimiento del uno por el otro, a límites de confidencias mutuas acerca de nuestra masculinidad.

Como dije en mi discurso del 26 de septiembre del 2015, en la ciudad de Masaya, en ocasión de la inauguración de la Jornada Edgar Escobar Barba In Memoriam, ambos teníamos raíces políticas ideológicas distintas; él, liberal; yo, sandinista. Él, católico tradicionalista; yo, no creyente, ateo o como se prefiera decir. Sin embargo, esto no representó ninguna barrera que entorpeciera la evolución de nuestra amistad.

En la profundidad de nuestros intercambios descubríamos y celebrábamos las coincidencias; identificábamos esquemas obstáculos del entendimiento mutuo; también descubrimos nuestras zonas oscuras debido al prejuicio moral y político, al desconocimiento de ciertas etapas históricas, o bien, por interpretaciones equivocadas de determinados hechos y procesos históricos. Aprendimos a tolerarnos, hasta de su fervor guadalupano y de mis acusaciones al extraterrestre Jehová. Cuando conversábamos acerca de esto último, nos escuchábamos fascinados como si se tratara de hermosos y desafiantes pasajes literarios.

Los encuentros en mi casa

A través del hilo telefónico:

—Hermano, ¿qué te parece si hoy nos echamos una buena plática? De esas que siempre nos damos en tu casa. Ya es hora de que planeemos actividades, güey. Y de paso hablamos de literatura, de lo que estamos escribiendo.

—No hay problema, hermano. Véngase, ya conoce el camino.

—Después de la chamba me desmango para tu cueva. ¿Te late esa hora?

—Pijudo. Cenamos gallo pintito y luego nos instalamos en la estancia. Te espero.

Siempre llegaba entre 5:30 y 6:00 p.m., con su camisa blanca del trabajo y su amplia sonrisa, muy contento. Luego de nuestro abrazo, el saludo a mi esposa Sandra María, hijas e hijo. Le gustaba el gallo pinto con queso y tortillas, más la dosis respectiva de chile cabro, o cabro combinado con jalapeño, o del Lizano (en frasco) cuando no había lo otro. Como era un adicto a la gaseosa negra, iba a la venta a comprarla.

Durante la cena, conversábamos acerca de sus conflictos laborales en la Biblioteca del Banco Central de Nicaragua, debió ser extraño para sus jefes aquel poeta a quien visitaban decenas de jóvenes y les proponía eventos locos. Después nos dirigíamos a la venta-bar «La bajadita» de doña Chepita, muy cercana de mi casa, para comprar una botella de ron blanco y cerca de una docena de bolsitas de maní para pasar la noche resolviendo nuestros pendientes. Y los pendientes jamás se acababan, por el contrario, siempre crecían tras cada encuentro.

Regresábamos de «La bajadita». Preparábamos la mesa de concreto, la pana para el hielo, los vasos, la copita con la medida exacta, picada del hielo, en fin, ambos ordenábamos el espacio donde estaríamos, la mesa en el centro de la estancia donde poníamos todo el arsenal. La estancia siempre estaba bien regadita y fresca, aromada. Acomodábamos las sillas y nos sentábamos, frente a frente, separándonos la mesa de concreto, y después del primer «chingadazo» doble, la conversa.

Siempre procurando el acercamiento de criterios o posturas

Festivales y festivalitos

En todos los tiempos hay quienes se entusiasman por las letras, lo que no significa que se convierta en vocación u oficio. Sencillamente es entusiasmo, que muchas veces representa la oportunidad de socializar, destacar, florearse, o sencillamente, para asistir a fiestas con la distinción de «poeta». En lo personal, siempre he concebido los festivales o similares, como fiestas del ego y del mercado, más que de la poesía.

Edgar y yo teníamos apreciaciones distintas; en momentos diferentes nos trenzamos en divergencias acaloradas. Él defendía y se extasiaba con los festivales o eventos similares. Para mí, todo aquello era farándula tal como se presentaban en Nicaragua, parte del mundillo literario umbilicado al mercado vía turismo. Poco a poco acercamos posturas, muchas veces atendiendo a la realidad.

Llegamos a repudiar los festivales insustanciales y manipulados, ya por política partidaria o por mercantilismo empresarial-cultural; repugnamos los tufos del ego y los aires de grandeza. Entendimos la calidad artística y literaria como resultado de arduos procesos de estudio y de trabajo, no de partos de genios ni de melosas figuras sensuales o eróticas. Por supuesto, respetamos a quienes se dedicaron (o dedican) a esto, pero no fue nuestra opción.

Abrazamos aquellos eventos con contenidos didácticos para la juventud y la niñez, en particular; que promovieran valores literarios en crecimiento con una buena dosis de exigencia, sin lloriqueos localistas.

Dentro del grupimo, los deadeveras

Supimos diferenciar las calidades grupales propiamente literarias. Nuestra discusión se centró en identificar aquellas expresiones farándulas o manipuladas por una persona mayor o por instancias políticas determinadas.

Los grupos deadeveras, término de Edgar, eran aquellos realmente estudiosos y afanados en la escritura con objetivos precisos y claros, con personalidad propia; que emprendieron importantes iniciativas: revistas, encuentros, conferencias y talleres. Sus definiciones y contenidos eran sólidos y, de alguna manera, marcaron un momento en el movimiento literario nacional.

Pero, en buena medida, este grupismo literario no dejó de abrazar verdaderas islas que se creyeron «luces del presente», «ungidos» o representantes literarios locales o provinciales. Islas grandilocuentes con imposturas de genios «malditos» o «terribles» niños poetas. Hubo grupos que respondieron a mayores, más que con vocación de docentes, con frustraciones literarias que desearon perennizar sus estilos o corrientes.

Evolucionamos en lo siguiente: los grupos literarios deben estar para estudiar y ejercitar el arte poético o narrativo, investigar, y que cada uno de sus integrantes evolucione con voz y estilo propio. Producto de esta consideración, fue que diseñamos conceptualmente al grupo Horizonte de Palabras en un proceso de discusión con todos sus integrantes. En esta idea, siempre consideramos trascender la isla, ir siempre al encuentro con los otros, al intercambio acerca del arte y de la promoción literaria.

Los famosos talleres literarios

El tema de los talleres nos sumergió en controversias por un buen tiempo. Edgar amaba los talleres; él había nacido, literariamente, en los talleres de Juan José Arreola en México, nada menos. Yo los rechazaba, porque, siendo yo un sandinista, los desarrollados por el Ministerio de Cultura y Ernesto Cardenal, no me gustaron. Los detesté por su concepción poética, la que me pareció estrecha y utilitaria. ¡Nada de talleres!, le dije. Y él, con cierta comprensión histórica, se dio a la tarea de contarme la experiencia mexicana. Y en efecto, tal como me lo expuso, sus talleres no tenían nada que ver con la cartilla de Cardenal, la cartilla que seguían al pie de la letra los Talleres Populares de Poesía.

Para en esa fecha, ya había entablado amistad con el escritor panameño David C. Róbinson O., ¡otro amante de los talleres! Lo sumé a mi indagatoria y a mi proceso de entendimiento acerca de esta actividad didáctica. David me expuso su experiencia personal, como escritor y docente. Para mí fue un enfoque distinto al conocido, pero bastante cercano al de Edgar. A través de estas conversaciones con ambos escritores, fui entendiendo sus perspectivas, valoré sus experiencias, las que me ayudaron a superar el rechazo y aceptar, desde una concepción distinta, los talleres literarios.

El conflicto planteado tenía dos causas esenciales: primero, el concepto de poesía y del oficio poético; y segundo, lo metodológico.

¡Qué tanto costó! Cuántas noches hasta las madrugadas; cuántos intercambios y confesiones; cuántos análisis culturales; cuánto estudio de nuestros particulares procesos escriturales.

Nos unió la diferencia

Nuestras conversaciones fueron amenas y didácticas. Abordamos muchos temas, la mayoría concluyeron en el abrazo de lo común, y los disensos se guardaban en la albarda, madurándolos para retomarlos en otro momento, asunto por asunto.

Fue así que nos fuimos conociendo, valorándonos e identificándonos por encima de nuestras diferencias. Porque estas fueron el sustrato de nuestra comunidad de criterios y concepciones, al menos, de la literatura y el ejercicio literario, de nuestras acciones asociadas. Nuestra relación de amistad fue dinámica y crítica, de reflexión, de investigación y estudio constante de temas culturales y literarios que nos interesaba y nos proponíamos.

Aprendimos a conocernos y a abordar temas sin temor, sabiendo que uno encontraría en el otro una opinión sincera, por muy diferentes que fuera. Los temas y las experiencias fueron muchas, pero lo esencial en nosotros fue la sinceridad, la transparencia. La crítica siempre estaba tendida en la mesa, como las anécdotas que evolucionábamos a cuentos. Y nos decíamos: «Lo escribís vos o lo escribo yo».

Los estudios y los análisis

En un determinado momento nos convertimos en dúo, en una especie de laboratorio del saber. De la literatura pasábamos a las otras artes, a la historia y la filosofía, también escudriñábamos algunas historias bíblicas y el criollismo político aún imperante en nuestros pueblos latinoamericanos, específicamente el nicaragüense caudillista. Nuestras conversaciones fueron cosmogónicas, ninguno se guardaba del otro, sencillamente compartíamos inquietudes, criterios o la información que teníamos a mano. Pero, lo más importante para nosotros, fue observar y comentar la vida, las formas de ser, los procederes ajenos, tratábamos de ir más allá de la anécdota, origen de varios de nuestros cuentos.

Lo que uno estaba leyendo se lo comentaba al otro. Y así, los temas de conversación se tornaron infinitos y las noches siempre resultaron muy cortas. Nuestras tertulias eran eternas, entre serias e informales, preguntándonos, contándonos, argumentando, exponiendo un punto para la indagación posterior.

Los mitos y leyendas

A Edgar les fascinaban los mitos y leyendas, en cada lugar que llegaba por primera vez indagaba. Una de aquellas noches ‒o madrugadas‒ me propuso apoyarlo en la investigación que realizaba, porque pretendía construir un libro mayor de mitos y leyendas de América, que incluyeran aquellas ancestrales de los pueblos norteamericanos (esquimales, navajos, etc.). En ese tiempo, en Nicaragua, nadie había publicado una obra parecida, ni a la fecha ha caído nada en mis manos. Se han publicado regionales, nacionales o locales, pero ninguna obra que he leído abarca todo el continente americano y sus diversas culturas, desde su raíz ancestral.

Platicamos los pormenores del proyecto que me resultó muy interesante y acepté ayudarlo en la investigación, sin que esto afectara mis proyectos literarios. Mi función se centró, en lo fundamental, en aportarle algunos mitos y leyendas que en mis lecturas e investigaciones me encontrara. Además, discutir los significados de algunos textos y determinar, con las herramientas que teníamos a mano, su autenticidad ancestral. O bien, documentarnos y estudiar acerca de un tema en particular. Por ejemplo, ambos, en varias sesiones, estudiamos el Popol Vuh, antiguas historias de los indios quiches de Guatemala (séptima versión Editorial Porrua, con advertencia, versión y vocabulario de Albertina Saravia E., 1971), para ir más allá de la textualidad y la simbología.

Una vez reunidos muchos mitos y leyendas, decidió estructurar el libro a la manera de un amplio diccionario, labor que dejó inconclusa y actualmente está en mi poder.

De colegas a amigos, hermanos

Más que colegas y amigos, fuimos hermanos libremente aceptados, cada uno con sus propias realidades y circunstancias, con sus proyectos literarios. Nos unió la solidaridad y la entrega, la lucha por ser cada vez más humanos, sin el cáncer del narcisismo y la farándula. Coincidimos en Hacer, en recorrer el país como una gran aventura por los demás. Fue así que, después de Horizonte de Palabras, abrazamos la Red Nicaragüense de Escritoras y Escritores (Renies; 2006-2009), que nos despojamos de los límites grupales para ir hacia algo que incidiera de mejor manera en un país de no-lectores, con un sistema educativo oscurantista al servicio del poderoso de turno y con gobernantes analfabetos vegetativos. Entusiasmados, juntos con otros tantos amigos y colegas, dimos vida al Programa de Promoción de la Literatura Nicaragüense (PPLN) del Foro Nicaragüense de Cultura (2010- abril 2015), donde realizamos millares de charlas, centenares de talleres, encuentros, publicaciones, exposiciones y hasta una convención como aún nadie ha realizado en Nicaragua.

Separados del Foro ‒cuyas causas no son objeto del presente texto‒, fundamos junto a otros trece amigos y cómplices culturales, la asociación Acción Creadora Intercultural (ACIC), el primero de mayo de 2015. Quizá ya andaba con los síntomas del infarto, no sé, pero recuerdo que en la reunión constitutiva Pedro Alfonso Morales lo saludo muy efusivo y él se quejó de su brazo izquierdo. En la madrugada del 4 de mayo, Verónica ‒su ex esposa‒, llorando, me llamó por segunda vez, para informarme de su deceso debido a infarto. Edgar se nos había ido dos días después de haber fundado ACIC.

Mi hermano Edgar fue un hombre esencialmente solitario, andariego, armador de encuentros y tertulias en aquella su cueva del 22 y medio carretera a Masaya, al pie del volcán. Su hijo, Edgar Jacob, representó todo para él, fue su luz, su más hermoso poema que lo enseñó a ser padre y amigo del hijo de cinco o seis años.

Edgar Escobar Barba fue de los indispensable en la promoción de la lectura y de la escritura creativa en Nicaragua; de los fundadores esenciales de Acción Creadora Intercultural (ACIC). Él, mi amigo, mi hermano, el que nunca se vendió a nada, el que con humildad decía que era un «eterno aprendiz».

Yo, su hermano, Petrie.

 

Managua, Nicaragua, mayo 2020.