Solo mandemele bendiciones, coronel

Gustavo Sevilla Chévez

Imagínense por un segundo la mañana más fría del mundo entero. Me levantaba de mi catre en búsqueda de mi rifle tras haber vivido una de las peores pesadillas en mi vida, de la cual no me acuerdo.

—¿Oye estás bien? ‒me preguntó el recluta Salazar.

—Sí, estoy bien ‒le respondí.

Me volví a acostar enredándome en las sabanas para evitar el frío de la mañana. Fue entonces cuando sonó un grito increíble desde la distancia.

—¡Nos disparan!

Se apreciaba en el cielo cómo caían trozos de manganeso y otros componentes químicos.

—Está raro ‒me dijo mi compañero‒. Me siento más pesado.

Cuando vimos el cielo, nos dimos cuenta que nuestro destino estaba fijado. Escapar no era lógico, gritar era inútil, llorar era estúpido y darnos un abrazo entre todos, era lo más fácil que tal vez podríamos hacer. No lo hicimos.

—Bueno, que Dios nos guarde en nuestra nueva vida ‒dijo el recluta Salazar.

Corrí directamente hacia mi coronel. Me sorprendió ver lo que hacía.

—Soldado hágale un favor a la tropa, dele mis bendiciones ‒me dijo mientras escapaba de la zona del ataque.

Enfurecido y lleno de ira por el comportamiento de nuestro comandante, cómo nos traicionaba en el último momento de nuestras vidas, fue entonces que me levanté de mi catre en búsqueda de mi rifle, cuando el recluta Salazar me preguntó:

—Oye, ¿estás bien?

—Si, estoy bien ‒le respondí.

y me volví a acostar enredándome en las sabanas para evitar el frío de la mañana.

 

(Actualmente el autor tiene 12 años y cursa noveno grado en el colegio Notradame. Es coordinador de círculo de lectura).