El ensayo

Henry A. Petrie

¿Cómo se supone debo empezar este relato? ¿O cuento? ¿Qué reglas, estilo o técnica narrativa debo tomar en cuenta? No tengo idea. Mas necesito escribir, tal vez empezando así: Había una vez… O, Hace muchos años… O, Fíjense, pongan atención en lo que voy a contar. ¡Vaya! Parece ridículo lidiar con el inicio de un cuento -¿o relato?-, a veces me sucede; de arranque me complico, tratando de encontrar las primeras frases que den curso adecuado a lo que ha de venir luego, desechando la forma de antaño, acariciando las subyacentes, considerando las supuestas innovadoras, y me aviento a desgarrar papeles y desparramar tinta porque aún sigo de rebelde respecto a la tecnología, no he dejado de escribir al sudor de mi mano derecha para no olvidarme, pero bien, cada quien a su manera, y como hasta el momento no hay ni puede haber un modelo estándar -¡sálvenme de los eclécticos!-, podría ser que empiece con: Ahí estaba, mascando goma, rumiando su espera… O bien, Y ahora que el mundo ha muerto de estrés, queda mucho que contar… ¡Ja! ¡Vaya inicio sería este último! ¿Y si me pongo burlón? Por ejemplo: Y ahora… ¡FIRULICHE! ¡Se imaginan ustedes! Pero no, no creo que alguno de estos inicios sea el que busco. Tan sólo, entonces, anoto lo que tengo por ideas, para cuando tenga mayor lucidez o encuentre la entrada correcta. ¡Bah!, complicaciones y fastidios, ya no digamos de finales que arriban fluidos, rebuscados o forzados, como se quiera, pero igual de fastidiosos son los facilismos, muchas veces justificados; la pereza mental está inaugurando el tercer milenio -ya ves que no todo inicio es tan feliz, ¡quién lo iba a profetizar! La pereza mental es enfermedad endémica, no cabe duda-, cuando se aspira a que pequeñísimos artefactos piensen por nosotros e incursionen rincones de la mente, a los que seguramente no penetraremos por cansados que estamos, agobiados por el estrés; y pues, si perezosos iniciamos, enseguida tendremos un final apresurado, impaciente, precoz y sin emociones que disfrutar; pero como ya se ha vuelto costumbre, la secta estampará pomposo título de nueva corriente literaria. Pregunto: ¿Y si le incorporo a la pereza el germen de los tiempos que vivimos? ¿Cuál? El de la confusión, es decir, escribir con pereza y animado a la confusión para contribuir al disparatado desorden de las cosas en que está el mundo. ¿No les ha pasado, que cuando leen un texto terminan sin entender nada? O lo que es peor, desde el inicio quedan largo, ni siquiera entran a la fiesta de palabras, ¡aaahh! … pero hay quienes gozan con saberse dignos internetizados, exigiendo Pase para entrar al entendimiento ocultísimo de sus escritos. Pero esto no debe confundirse con lo que nos invita a agitar neuronas, a escudriñar el velo de las imágenes o a batallar con trampas bandidas. Por supuesto que es diferente, nada que ver con el texto que nace para confundir y justificarse así mismo con tendencioso ¡Boom! Y cuando pienso en ello, me pregunto el objeto de lo que escribo, sin tomar en cuenta Inicio y Final, porque tal vez la trama misma no los requiere sabiéndose vacía, y créanme que es cierto, cuando la trama está vacía de qué sirve el Inicio y el Final, es insustancial, o existente en formato, nada más. Entonces, ¿en qué quedamos? En que pretendí escribir algo que no pude iniciar ni finalizar por la oquedad de su trama, pero ya ves, del intento resultó una no deseada disquisición contada, para enviársela al académico de la lengua y me diga la barbaridad que no tuve por pretensión. Aunque de pronto se me viene una luz por donde puedo comenzar: El drama de una trama frente a lectores, no evade la tentativa del capricho… Y finalizar diciendo: Dé vuelta a la página.

Agosto, 2001.

(Del libro de cuentos Tómame, y contaré, 2005).