Vía crucis

Mauricio Rayo A.

Había pasado una hora, el sudor y las gotas de sangre caían de su nariz hasta su manto púrpura. Su mirada vagaba triste hacia el cielo brillante. Jesús no quería estar en esa cruz impuesta, pero asumía con ahínco la profecía escrita. Tantas imágenes cruzaban por su mente, cosas injustas, hasta el punto de encontrarse en la encrucijada, si estaba o no haciendo lo correcto; si valía la pena hacer tanto sacrificio, pero bueno, ya se encontraba en el madero, solo esperaba con ansias que todo aquello terminara lo antes posible.

En esos momentos sintió las cuerdas que ataban sus manos apretando más y más hasta casi hacerlo sangrar de sus delgadas muñecas. Sentía el hedor de los soldados que repartían o, echaban suertes con sus ropas. Escuchó lejanamente la discusión de los dos ladrones que no se ponían de acuerdo quién de ellos era el bueno.

Al pie de la cruz, María Magdalena, callada y sumisa, escuchaba el ruido de la gente que se aglomeraba alrededor de la grotesca escena. Magdalena comenzó a sollozar. Sudaba su cara frente al inclemente sol suspendido encima de su cabeza, roja por el reflejo de la túnica escarlata. Por un momento, su rostro se iluminó al observar entre la gente un rostro conocido, trató de mover sus pies adormecidos por la posición incómoda sobre el piso de madera. Al fin, la carroza se detuvo. Los padres de familia se acercaron velozmente con toallas, agua y bloqueadores solares. Los niños y niñas se aferraban a sus familiares, mientras contaban con voz entrecortada todas las peripecias del Viacrucis.

Ya todo había terminado. Por un megáfono, el director del colegio anunciaba que Jesús, que en realidad se llamaba Tobías, había sido trasladado al hospital por insolación. Llamó a guardar la calma. Nosotros regresamos a casa, protegiendo con una sombrilla a nuestra María Magdalena.