El pescado

Margarita Hernández

«¡Aquí va el pescado, la chuleta! ¡Llevo camarones, las conchas!»

—¡Mamá, ahí va la chuleta! Yo tengo ganas de chuleta y arroz con jocote ‒casi se escuchaba a ruegos.

La Ivania era la más hermosa de la cuadra, sensualidad impropia para las damas de bien, hija de nadie y de la Juana, la costurera y saca empachos.

De origen pobre, la dieta diaria de las multitudinarias personas que habitaban la casa eran los fríjoles cosidos y el guineo verde, la idea de una chuleta y arroz con jocote suponía un banquete de Dios aquel miércoles santo.

Extrañamente, la pescadera que pasaba dos veces en la semana ofreciendo los frutos de Poneloya, no objetó el hecho que le pidieran fiado ese día y con gusto, hasta ofreció un hermoso Pargo rojo, «especial para la Ivanita».

Sola disfrutó de la anhelada comida de Cuaresma, nadie notó la ausencia de la Ivania. Hasta que los chavalos que jugaban al cerro escondido en el patio, escucharon cantar un bulto detrás del excusado:

—«Ahí viene el consejo de la suerte, con su carada de inocente». ¡Somos cuatro, tú y yo, él y ella! Ayer fui al cine, un viejo me tocó, yo le dije viejo tonto ya el suelo me botó. ¡Quiero un hombre, quiero un hombre! ¡Perra maldita… cogedora… zorra! ¡Yo soy la querida! ¡Quiero un hombre!

—Por Jesús, Ivania, ¿qué tenés? Mirame. Vos chavalo. andá llamá a Chico para que la controle. Agárrale las manos que deje de comer tierra con mierda y lombrices. ¡Jesús de la buena esperanza! ¿Qué me le hicieron a esta chavala?

Pero, la Ivania tenía la boca invadida de excremento, gritaba como loca desquiciada, no tenía uñas en los dedos de las manos, las gallinas cacareaban en el gallinero y los perros flacos aullaban con miedo en la gritadera.

Faltaron seis hombres para controlar a la mujer.

De los harapos sucios de su cuarto improvisado de zinc y plástico emanaba un fuerte tufo a pescado podrido revuelto con aroma de limonarias tiernitas después de la lluvia.

Con verdadero susto, la Dora espantó debajo del catre una docena de sapos cafés, repulsivamente asquerosos. Regaron agua bendita del Calvario que una vecina al escuchar los alaridos trajo para ungir a la desquiciada.

Se rezó el Señor mío Jesucristo y los espasmos se hicieron más violentos, espumarajos negros de las lombrices cortas de su boca salían, partes de asquerosas cucarachas molidas y unas pelotas luminosas que, al observar mejor, resultaron ser las cuentas de un rosario de la abuela.

Sabría Dios que le había ocurrido a la Ivania después del pescado que comió.

Una tarde de descuido en la casa de los pobres, alguien de la calle anunció:

—Juana, la Ivania está donde Nuncio detrás de las líneas del ferrocarril caída de borracha, con las piernas abiertas de par a par y media docena de huele pega han pasado por ella. Dicen que está ahí desde antenoche.

La Ivania nunca más recobró la cordura, deambulaba por las calles de la estación y la terminal de buses, cargando sacos de macen y bolsas de calaches de la basura, hedionda, sucia, descalza, con una botella de aguardiente pelón, pidiendo un peso «para comer»; cuando le venía el «mes de mujer» cada 28 días, se sentaba en la esquina con las piernas abiertas y con las manos jugaba con la sangre que le brotaba humeando de chayules y moscas azules, varias veces salió panzona de los huele pegas e indigentes. Y para el tiempo que le tocaba parir, aparecían fetos colgados del pescuezo en algún árbol debajo del puente del río Chiquito.

Y la Ivania sin barriga, tiempo después, orate cantaba:

«Estaba la muerte un día dividí,
Sentada en su escritorio dovodo
Buscando papel y lápiz dividí
Para escribirle al lobo dovodo
El lobo le contesto que sí, que no
La Muerte se enojó
¡Y un tiro le pegó!»

A los años desapareció por un tiempo, dicen que la internaron en el kilómetro diez y seis en Managua y que la vieron allá por Masaya vagando, también que los ancianos de la familia la llevaron a Diriamba donde un brujo y cuando este la vio, dijo que no había nada que hacer por ella, porque estaba poseída por varios demonios. Intentó salvarla. Sacó mecates, menjurjes, aceites, agua bendita, hierbas secas y frescas, limones partidos en cruz y un trapo negro; hizo oraciones y la veló en vida. Antes de poner el trapo negro encima de la Ivania, ella le sonrío como sonríe la maldad al llevarse los niños abusados y le dijo al brujo diriambino:

—Quiero… quiero comer pescado ‒sacó la lengua negra enroscándola como serpiente y volteó los ojos en blanco. El brujo le tiró el trapo encima y la Ivania soltó un chillido de ultratumba y brincó de manera convulsiva.

Y todo quedó en silencio, con un fuerte olor a huevos podridos.

Desde entonces, cada semana santa en plena vigilia sin comer carnes, veo de reojo el pescado frito y no puedo evitar, acordarme de la Ivania y su desgracia.

 

León-Nicaragua abril 2020.