La historia del tío Juan y el tío Nayo

(Relato familiar)

 Margarita Hernández

Creo que desde antes de nacer ya se odiaban, seguramente los óvulos en el vientre de la bisabuela Rosaura fue su primer campo de batalla. ¿Quién nacería primero?

El destino apuró a Bernardo para que naciera primero. Mi bisabuela Rosaura era partera, saca empachos, cura gusanillo de las bocas de los niños tiernos, sobadora de panzonas y de quebrados o zafados de huesos, cura sol y cura goma de bolo amanecido, mujer sabia y costurera empírica. Nadie habló de su primer esposo, pareciera que solo existía el abuelo Cristóbal, un hombre de trabajo duro y herrero de oficio, a quien su madre jamás perdonaría se juntara con la «tal Rosaura» mujer jugada, ya con tres hijos de otro marido que la abandonó seguramente «interesante», motivo por el cual quedaría fuera de la repartición de la herencia materna. El tío Bernardo que apodaban «Nayo» y el tío Juan eran de los hijos primeros de segundas nupcias, pero eso no hizo diferencia en el trato con los demás por parte de mi bisabuelo Cristóbal.

El tío Juan, odiaba al tío Bernardo. Juan era blanco y Bernardo negro, cosa meramente caprichosa de genética del árbol familiar.

Una mañana mi bisabuela asustada escuchó unos gritos de dolor que venían del patio de la casa de tablas. Y ahí estaban en la pila que había construido el bisabuelo Cristóbal con piedras de lajas acarreadas del río, el tío Juan bañando al tío Nayo que gritaba y lloraba como condenado.

—¿Qué estás haciendo Juan con el pobre Nayo?

—¡Ay, mama que no ve que este negro lo vamos a curar, se tiene que hacer blanco como todos nosotros!

—¡Lo vas a matar, déjalo jodido!

Fue la primera vez que el tío Juan atentó contra la humanidad del pobre tío Nayo, con hojas de talalate y paste seco con lejía le froto todo el cuerpo y la cara. Lo dejó como el Cristo de la Reseña de la iglesia San Felipe, le costó tiempo y paciencia a mi pobre bisabuela curarle las escaras del cuerpo al pobre tío Nayo, que desde ese cruel intento de homicidio del tío Juan, que le había engatusado prometiéndole que lo volvería blanco como sus demás hermanos, le tomó verdadero odio y desprecio.

Todos, los siete hijos de mi bisabuela crecían con el poco sustento que se conseguía, el desayuno era limitado. La bisabuela Rosaura, de madrugada, en un molejón de piedra molía maíz con cacao tostado, para hacer las masitas de tiste que amoldaba a mano india experta, unas con azúcar negra y otras  veces con  pedazos de atado de dulce; eran nueve masas que serían batidas en una jícara revuelta con agua de la tinaja fresca, según se iban despertando todos en la casa. El tío Juan procuraba levantarse a escondidas antes que el tío Nayo, para comerse la masa de tiste que le correspondía al otro y dejarlo sin desayuno. Lo hacía a toda prisa tragando sin batirlo en la jícara, argumentando que en la barriga se batía solo y se tamborileaba la panza como garrafón lleno. Los golpes entre los dos a puñetazos limpios no se hacían esperar. Hasta que la pobre bisabuela Rosaura, con la raja de leña en mano ya no pudo apartarlos más y entró en escena el cinturón con hebilla de hierro de mi bisabuelo Cristóbal. Los escenarios eran buscados por los dos hermanos para entablar limpia riña a muerte.

Para los años 60, ya mi bisabuelo había fallecido de infartado, quizás por la vida de trabajo duro o por desgaste de su destino. El tío Juan aprendió el oficio de mi bisabuelo Cristóbal: herrero, se desgastaba una vida frente a la fragua de carbón, martajando el yunque con el mazo haciendo herraduras de caballo, lo que le proporcionaba buen dinero y que tenía a bien gastar en la cantinas más botadas y mundanas de León, con amigos de tragos y mujeres de dudosa reputación. Nunca procreó hijos, al parecer era estéril en cruel ironía con su hermano Nayo, salía con traje de lino blanco y zapatos de muselina de figurín de revista también en color blanco, que mi abuelo Felipe, su hermano menor, el zapatero, le había hecho especialmente con cuero curado traído de Honduras.

La bonanza económica del país en la época del general Somoza, le permitía una vida chiche y de holgura, se despilfarraba el salario de un mes, en solo un fin de semana. Era común verlo salir impoluto y regresar sin zapatos, desgobernado y bruto por el guaro lijón que añoraba como al mismo aire, con unos billetes de 100 córdobas que extendía a manera de abanico se resoplaba aire etílico de la boca haciéndole mofa a mi abuelo Felipe, fachenteándole, decía:

—¡Uf, que calor está haciendo Felipe!

Mi abuelo Felipe abría los ojos de par a par ante aquel abanico de billetes que sumaban entre 500 a 700 córdobas, y de un manotazo intentaba arrebatárselos, pero mi tío Juan era más diestro con sus brazotes rollizos, se reía en su cara con un diente reluciente de oro que se había puesto donde el Dr. Duley y se alejaba diciéndole:

—¡Trabajá Felipe para que tengas riales!

Se aparecían a la casa de mi bisabuela Rosaura avisándole que el tío Juan estaba en una esquina, tirado, hediondo y desnudo, el mismo imputado irresponsable y disoluto llegaba a la casa tembeleque y gritando:

—¡Mama, mamacita querida! Yo te adoro mi viejita linda, usted es una santa. Pero, mi madrecita bella, ¿cómo pudo tener un hijo negro horroroso como el hijueputa ese del Nayo?

—¡Callate Juan, que te va escuchar!

—Mamita linda, mejor hubiera tirado al río Chiquito a ese hijueputa negro cuando lo parió. ¿No ve que le quita belleza a la raza de los Zelaya?

—¡Andá acostate, Juan! No seas necio, hombre.

—¡Mamita, vengo de donde la niña Minú!

—¿Cuál niña Micú?

—¡Ay madre, no sea vulgar! La niña Minú, la que tiene la cuartería y cuida a las señoritas que vienen a estudiar aquí.

—¡Andá acóstate Juan, hacé caso!

—¡Vengo de romperle el culo a todas las putas de León!

—¡Cho jodido! ¡Mamá, calle a ese bolo que solo «relagencias» está hablando, y las chavalas están dormidas!

Mi abuelo Felipe le gritaba en la oscuridad de la noche, aludiendo a sus hijas que dormían en el mismo cuarto; mi abuela Rosaura reaccionaba desde su tijera acertándole un leñazo a la espalda del tío Juan, para que se callara. Emitía un chillido de dolor y luego se quedaba profundamente dormido, roncando gorgoteos aún de guaro regurgitado en la garganta, esa era la señal para que mi bisabuela empezara a bolsearle el pantalón y sacar algún billete escondido, que no hubiesen robado las «señoritas» estudiantes de la casa de la famosa niña Minú.

El tío Nayo esperaba al desgraciado tío Juan bolo solo para buscarle bronca, eran real apaleadas dignas de una pelea de boxeo a la manera de Mateo Castro, «el tigre negro», Chacal Hurtado o del mismísimo Alexis Argüello «El flaco explosivo» contra Rubén «Púas» Olivares para ganar la corona pluma de la AMB.

El tío Nayo no bebía, contrario a su hermano, a pesar que desde pequeño desdeñó el trabajo y se fue colgado en los camiones recoge basura de la alcaldía; desde esa misma tarde de huida se independizó, recogía basura en buen estado que vendía a buen precio y después compraba billetes de lotería. Cuenta mi abuela Gladys que el tío Nayo se sacó la lotería, pero era muy desconfiado de los bancos, y por seguridad, una noche enterró en el patio una botija con oro y plata que había encontrado hurgando durante años en la basurera, juntó parte del dinero del premio de la lotería que había cambiado a dólares. Tal vez el tío Nayo se anticipó al desastre de la «Operación Bertha», que destruiría la economía y el valor de la moneda nicaragüense. Él mejor aseguró su fortuna en la profundidad de la tierra, en virtud de la bóveda del Banco Nacional de Nicaragua.

La verdad es que nadie jamás encontró la famosa botija, pero a las generaciones futuras que nos contarían esa historia, nos daba miedo salir al patio en la noche, yo hui muchas veces despavorida, al ver una luz que subía y bajaba del árbol de tamarindo que tenía más de 100 años de antigüedad y daba la impresión de estar embrujado y conjurado.

—Esa es el alma en pena de tu tío Nayo, que no puede descansar porque nadie ha encontrado la botija todavía, me decía la tía Cándida, cuando le contaba yo del extraño suceso.

La verdad es que hasta que mi tío Nayo vio escupir sangre negra y el diente del Dr. Duley por la boca a mi tío Juan, dejó de golpearlo, ya una vida de libertinaje, abusos y puños constantes habían hecho nacer una ingrata cirrosis en el hígado de mi tío Juan y darle una merecida apariencia de esqueleto reseco. Para esa época mi mama me gestaba en su vientre y había estallado la Revolución Popular Sandinista; ella era morena como el tío Nayo, pero quiera Dios y la divina providencia que mi madre naciera con un enorme lunar café sobre la clavícula izquierda, igual al que tenía el chele tío Juan. Él no la desdeñaba solamente por el lunar, pero si le decía rencoroso cuando la miraba jugar con los otros hermanos en el patio cerca de la forja:

—¡Negra hijueputa! Si no fuera por ese lunar que sacaste igual a mí, diría que no sos nada mío.

Y se apuntaba con el dedo el lunar de nacimiento en la misma posición que lo tenía mi madre.

A la que sí adoraba mi tío Juan era a mi tía Carolina, que irónicamente pasaba y sigue pasando en la genética familiar, nació blanquita como la leche y con los ojos verde amarillo. A ella, en un bolenca se la llevó desnuda de la cunita donde dormía y la cambió por un trago de veladora de cinco pesos en la cantina de la esquina donde la «Moncha». Hasta allá llegaría mi abuelo Felipe a reclamarla y pagar obligado los tragos adeudados.

El tío Juan murió unos pocos días después de mi nacimiento y pedía desde el catre, al fondo del patio donde dormía y vomitaba espumeadas negras de los restos del hígado que le quedaba, me llevaran a sus brazos para conocerme, mi mama tenía miedo que me tratara de ahorcar como lo hacía con el tío Nayo de pequeño por ser negro. Yo nací morena…

Falleció sin conocerme y yo no supe nada de su existencia hasta los 7 años, cuando las imperiosas ganas de orinar a media noche hicieron que me levantara en la oscuridad, me acerqué al apagador de la luz, me subí en una pata de gallina que usaba mi abuelo para sentarse en la puerta de la calle todas las tardes y con horror en la penumbra de la noche visualicé una figura alta y recia, de un hombre que me miraba delante de la puerta de salida a la calle con ojos furiosos y llenos de odio, desnudo del torso, brazos gruesos y con un pantalón blanco, se agachó y me tiró algo que para mí era un zapato blanco. Salté gritando en espanto infernal de la silla y la casa entera se estremeció, todos despertaron ante mis gritos y mi llanto, mi abuela Gladys me preparó un té de hojas tiernas de naranjo agrio para calmarme a la vez que me frotaba con zepol la cabeza, los demás creyendo que era algún ladrón buscaron por toda la casa, el supuesto zapato blanco no apareció y las puertas estaban con el cerrojo puesto.

Al día siguiente por la descripción que daba cada que me preguntaban por el extraordinario suceso, todos decían que era la descripción exacta del difunto tío Juan.