Los dos lados de la tormenta

Alberto Juárez Vivas

La brisa del invierno sugiere que invoquemos un sueño tempranero, acomodarnos delicados en nuestras camas y abrigarnos. No puedo. En mi mente sigue fresca la imagen de aquella mañana, entre luz y silencio.

Debajo del puente, en un espacio estrecho en la margen de la corriente, una pareja de ancianos reforzaba techo y paredes con cartones viejos. Era su hogar. A cierta distancia los observaba. Después de aquella faena constructora, ella barrió la suciedad con una escoba de ramas, mientras él encendía una pequeña fogata con basura y ramas secas, había que calentar un poco de agua para el café.

Fue de tarde cuando las sombras comenzaron a devorarlos. La pareja anciana se metió en el agujero, que en medio de la desolación les brindaba intimidad. No pude dormir. La lluvia arreció y no dejé de pensar en ellos. Se hizo noche con tremendo aguacero y truenos estremecedores. Amanecí despierto.

Al levantarme, se me vino a la mente la pareja anciana, su hogar de cartón bajo el puente. Estarán con frío, me dije, y les llevé un jarro de café caliente. La corriente. La corriente se llevó todo a su paso, como una pesadilla que navega en el surrealismo conmigo bajo láminas de zinc.