Los huevos del tarugo

Luis David Rico/
Chacraseca, León.

La mañana es elegante para Roberto. Él es un pan de Dios: superdotado, capaz de crear todo lo que su imaginación le dibuja. Un sin número de gallinas se pasean por el patio de doña Josefa: unas flacas y otras gordas y polluelos aún en pañales.

Beto es un niño educado y sobresaliente. Doña Josefa, abuela del primogénito, con setenta y tantos años de edad, lucía vigorosa y más radiante que el alba pura. Todos los días mira correr a su nieto junto con las gallinas. El amor hacia Beto florecía en los ojos de doña Josefa como arco iris en medio de una tormenta haciendo sentir el alma feliz.

Las gallinas escarban libre entre las matas de guineo en busca de gallina ciegas y lombrices. Detrás de la casa está un galerón donde las gallinas llegan a depositar sus huevos. Unas encimas de otras lucían sus crestas rojas. A veces, sin embargo, corrían con impulso irrefrenable para hacer sus pequeñas travesuras.

—Beto, ¿qué te has hecho? ¿Dónde te has metido? ‒gritaba la abuela.

La mente volaba a través de su instinto como el aire que se escapa sin dejar rastro alguno al caer la tarde junto con el sereno del cielo. Roberto se escabulle en el galerón de las gallinas para observar con sumo cuidado cada detalle, cada huevo, cada pluma.

El huevo azul, el colorado, el blanco… De inmediato se le viene a la mente y se pregunta: ¿por qué los huevos son de diferentes colores y tamaños? Unos grandes y unos pequeños. Tanta curiosidad por saber hasta lo más mínimo de los huevos.

Cogió un huevo de cada nido y los puso en fila. Allí se quedó mirándolos por varias horas. Y mientras tanto, doña Josefa en busca del muchacho. ¿Dónde se ha metido el pequeño Beto? se pregunta la anciana a la hora de la cena.

—¡Hum! ¡Qué raro que no esté aquí! De seguro, algo le habrá pasado. Le prepararé su platillo favorito: huevos estrellados. Ni por los diablos se perdería su manjar. Él es puntual a la hora de la comida y se me hace extraño que no esté aquí ‒dijo doña Josefa.

Pasaron dos horas más y ya es de noche. La abuela estaba preocupada por no saber dónde se encontraba el pequeño Beto. Como alma que se lleva el chamuco fue a pedirle ayuda al vecino y éste no le paró bolas. Más bien, le dijo:

—Anda, buscalo debajo de la cama y no molestes anciana.

Doña Josefa se fue triste por lo que le dijo el vecino gruñón. Lo buscó debajo de la cama y no lo encontró. Sus fuerzas se enflaquecieron al no encontrarlo.

—Beto no tardará en venir ‒dijo la abuela.

La fe de la abuela era tan grande que sentía en su corazón la esperanza de verlo entrar por la puerta pidiendo su cena. La abuela dice:

—La cena que le he preparado a mi nieto se ha enfriado. No tengo más huevos en la cocina. Voy a ir al gallinero a traer unos cuantos más. Su mayor susto y su mayor alegría fue encontrar a Beto jugando con los huevos que él mismo se iba a desmochar.

(El autor es miembro del grupo literario Artelica).