La vertiente lacrimógena al lector en Fuego Escarabajo

Reina Tamara Ríos Suárez

Con un pausado caminar como el de un lumpen al recorrer las calles, pero con definido andar y la vista fija en su víctima lector, da inicio esta novela. Coloca en primera escena un violentísimo asesinato, así, bajo la óptica inocente de un ciudadano común, nos demuestra una mala facha del pandillero lleno de tatuajes y desgreñado que, al observarnos, infunde miedo y desconfianza.

Henry A. Petrie lo desmenuza por medio de Gonzalo, desvaneciendo la primera impresión que causa un pandillero escarabajo a la percepción común, y revela el origen doloso de ese ser humano también, el origen de su estatus decadente que la sociedad misma ha orillado, ese sector que tiene fuego en la sangre, que alberga rencor y odio almacenado, el gélido frío de las noches pobladas de zancudos y grillos ensordecedores, pero de distracción perenne de los niños que siguen ahí, como el alegre clavito niño grande juguetón, ajeno a la desdicha de la miseria que lo rodea y lo amenaza cada amanecer.

Fuego Escarabajo revienta de golpe en el pecho a diario con esas notas rojas que, según Gonzalo, deja desnudo delante la niña de los ojos de la población entera, los despixelados rostros de las víctimas mortales de accidentes o asesinatos, por desgracia sucesos comunes ya en cada noticia estelar, salpicando de lágrimas a la familia doliente al revelar por descuido o, a propósito de la identidad, ante la cámara y el cínico cierre de la nota: «El cadáver será trasladado al Instituto de Medicina Legal para ser reconocido por sus familiares». ¿Con qué necesidad si ya ha sido develado? Haciendo así más dramático el hecho desgarrador de ir a reconocer el cuerpo.

Y ese es el objetivo del proyecto para desarticular pandillas «la niñez desamparada», promoviendo la unión entre ellas, liderados por la fémina estrategia de una Liberata, quien valientemente se liberó del abuso constante de su propio hermano cruel, capaz de violarla, quemarla, morderla.

Esta novela hinca la vertiente lacrimógena de lector, y es esta Liberata líder quien teje junto a Gabriela el mapa del desquite, pues a esta también le fue arrancada la muñequita de su niñez, teniendo en común, la inspiración del vuelo del colibrí que un día Dolores, su amiga del alma, develará en el tatuaje oculto en su pierna, en la fría camilla de una morgue; es lo que da raíz al despunte irreverente de este fuego escarabajo.

Como en marca de agua en el transcurso de la novela, es advertido por la ninfa caótica de Utopía, a quien por coincidencia divina le es mostrado todo en visión inmersa, tal cual ocurre y de forma paralela a Gonzalo en esas noches interminables de insomnio y pesadillas, que convergen en pláticas amanesqueras con Chico Ruedas. Ellos tratan de enmendar o sobrellevar las cosas que los afectan, consolándose el uno al otro, sellando su pacto de amistad siempre con un buen café, y como testigo constante, el imponente Xolotlán.

Henry A. Petrie nos ofrece un desquite que da gusto, esa sed de venganza es satisfecha; en el segundo caso, la víctima es élite y se arma el desbarajuste total que ajusta toditas las cuentas, ofrece en medio de tal un panorama no analizado hasta el momento; por un lado, los iluminados derrochan, viven, gozan una realidad superflua porque entre ellos, también se marginan jerárquicamente y, por el otro, lo que hacen y deshacen está a la vista de la compartimentada red de escarabajos que los proveen, pues quiénes más sino ellos le hacen llegar las prostitutas acarameladas, las drogas y favorcitos que cada vez son más y más, y, con ellos, los ojos y oídos que calculan y analizan cada paso.

La Pintora, León, 30 de octubre de 2020.