Sueños de cajón

Margarita Hernández

Barroca y colonial se erige imponente con vuelo de palomas pululando en el ralo aire. ¿Qué te espera la saliva? El aleteo de plumas evoca en tu entrepierna los jadeos de Marcos galopando en la cumbre de las olas crispadas de tu pecho agitado.

En un minuto ahí está; blanca, escarpada de cabello rubio, lozana en sus zapatos de cristal cortado de Cenicienta, entallado el vestido de Aurora con su tiara de Ariel de los Mares Azules. ¡Maldita seas! ¿¡Quién fuera Xica Da Silva!? Y acabar de una sola vez cortando labios y orejas de prostitutas redimidas.

El resuello de los recuerdos infantiles es un molino triturándote los sesos, apretando los dientes. Confundes en recuerdos desolados y tristes los juegos forzados de soldaditos verdes y virecos, imposibles de centrar en el avance del ataque de la colina, las canicas multicolores envidias de las lentejuelas de faldas de cabaret, tesoro invaluable que perdiste contra Marcos midiéndose los centímetros más grandes de los dos falos masculinos.

¡Locos anhelos de ser Xica niña! ¡No señor! Los niños se desafían a soportar el máximo de dolor estrujándose las gónadas tiernas para convertirse en hombres machos; el que aguanta el trago más grueso de licor de la botella robada en la pulpería de la esquina; el escupitajo que llegue más largo de la línea de salida o aquel que aguante pasarse un «súper» de mariguana más largo y sostenido en los pulmones.

La lluvia se asoma en tus ojos y la boca te sabe a seco sin la saliva gruesa en los sermones de la homilía que encadena tu cuello y sueños húmedos a los alientos de esa mujer; ya la sentencia está dicha e iracundo frustrado el sermón continuó:

—«Los declaro marido y mujer» se transfigura en eco de las veces que hablaron esas voces.
—«Martha ya hace muchas lunas y camas dejó de ser virgen; sos una tapa hoyos» y ella es una zorra sometida.

Un secreto de años compartido en el cajón más viejo de la ciudad te corre la ambición, te hace morder los labios, la redondez de las caderas del joven que te trae el correo matutino.

La llama del infierno convexo se consume en las 8 horas que Martha llena el espacio vacío de tu dudosa virilidad con caricias extrañas en el motel de paso, a tres calles de la basílica donde juntos, el gay de los murmullos del barrio y la prostituta barata se prometieran y callaran en doble moral con:

—«Si acepto», encerrando sus dolorosos pecados capitales oscuros, injuriados a placer en la misma cama y en el mismo cuarto de hotel.