Pantasma

Henry A. Petrie

En el principio del valle cayó un meteorito, dicen. Es posible. Lo que a este tiempo consta es su fertilidad, su rica vegetación, el río, las quebradas y manantiales, su ancestro miskitu.

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Voces se funden al viento y al aroma montañés; navega callado el dolor con imágenes de pasado aún cercano; el lamento colectivo es canto íntimo de hogares. La sangre se derramó como vertiente de agua; tantas muertes a ráfagas con banderas idealizadas. Las sombras se escabullen como lagartijas, desconfiadas. En la conspiración, la noche es aliada y la luna, cuando está en su esplendor, la guía.

En el viento susurran las almas del pueblo. La penumbra humedece los sueños. Escalofrío. El bien y el mal se confunden lapidarios. La historia, en su sarcasmo, se regocijó con la mortandad. ¡Es tiempo de guerra! ¿La ley? En sospechas y sentencias se desliza. La pasada de cuentas fue el juicio foráneo. «En este valle somos familia, señor».

Luna. Luz de luna. Sombras y susurros. Frío. Neblina. Vigía e inquietud. Movimiento. Todo está en alerta, porque nada ha sido olvidado. En la noche un rostro y en el día, otro. Entre apariencias calmas de buenos vecinos, discurre la desconfianza profunda.

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Resistieron. Aquella forma de producción no era lo suyo, pero la fuerza estaba declarada. Y se impuso grandilocuente. Dijeron, reclamaron y protestaron, pero la sordera fue origen de la estampida bélica. Y las sombras del valle se escurrieron en las montañas periféricas.

El lazo de familia jamás se desató. Los de la montaña anduvieron en senderos para derribar la fuerza que negaba al pueblo. Quienes se quedaron, esperaban a aquéllos, entre luz de candil y silbidos sonoros de la noche.

Se movían. Andaban por ahí, como sombras de luna y vuelo de lechuza. En sus pieles, humedad nocturna y rocío mañanero. Eran cantos de aves, las voces. Y las mímicas de animalitos, señales.

Cuando el valle despertaba, el humo se elevaba por encima de las casas, expidiendo aroma de leña ardida, café y frijoles fritos. Cacareo de gallinas y cantos de gallos. El oinc oinc de los cerdos. Sabían que andaban cerca, husmeaban cercanos, mientras mujeres se afanaban en la ceremonia del desayuno.

Como las sombras, bajo luna y estrellas, andaban. Se hicieron noche, ojos de búho, paso silente. La estela transcurría, mientras vigías rememoraban como eternos dueños del tiempo, sus grandes hazañas y gloria.

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¿Treinta? ¿Más de cincuenta? Cantidad inexacta. Alinearon a los campesinos acusados de sombras, por rondar sospechosos el valle desde las montañas. ¡Son ellos! Los que susurran en el viento, el humillo del café cómplice desde las casas del pueblo. Pero los vigías estaban ciegos.

Abundaron preguntas acompañadas de ofensas y golpes. Tras el culatazo en el rostro, el discurso intimidante. Confesiones no hubo. Nadie habló de las sombras ni de los movimientos en la montaña. Desde el silencio y la negación, brotó torrente de sangre que salpicó al ladrido canino y déspota. La autoridad estaba para juzgar, condenar o perdonar, lo que dictaran sus dogmas. Defensa no hubo y la sentencia de muerte nació en la doctrina de la hiena.

El comisario no se equivoca. ¡Elimínenlos! Tenemos el poder, tenemos la razón. Son los enemigos de la revolución, ¡y punto!

Fusiles mostraron sus colmillos y arrojaron fuego. En fila larga fueron acribillados por ráfagas. Se desplomaron. Aquellos ojos rojizos de verdugos, se regocijaron ante la barbarie que, según sus consignas, imponía sometimiento y mansedumbre.

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Lamento universal en el viento. El dolor penetró la geografía del valle. Dolor y odio. Sangre estancada en la memoria. Movimientos de las sombras continuaron en la umbra y penumbra de la historia. «Aquí todos somos familia, señor. Las sombras eran nuestras, siguen siendo nuestras. Y se agigantaron hasta arder como antorchas, prendidas en el alma del pueblo».

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Sea cierto o no lo del meteorito que originó el valle, recientemente se publicó la hipótesis que da una alta probabilidad de este evento, acompañada de fotografías satelitales.

 

Junio, 2015.
(Del libro inédito de cuentos Fantasmas de guerra, de Henry A. Petrie).