De Cien años de soledad a El amor en los tiempos del cólera

María Teresa Bravo Bañón /
España
A Juan A.Casalilla Guijarro
«La memoria del corazón elimina los malos recuerdos y magnifica los buenos, y que gracias a ese artilugio logramos sobrellevar el pasado».
Gabriel García Márquez

Ayer, Juan paseaba por el camino de detrás de mi casa y no lo reconocí, al saludarme.

Creí ver en él a un cordial vecino; pero no lograba situar en el hueco preciso del puzzle, de parientes y amigos de las 12 casas del lago, en donde he veraneado los últimos cincuenta años. Ya más cerca, me enterneció su presencia, su voz, su visita.

¡Cuánto, cuánto había amado yo a ese hombre en mi juventud, por el que me convertí en poetisa, al inspirarme él mis primeros versos! Y ahí estábamos, otra vez, bajo las parras, brindando por nosotros y por la vida, con dos latas de cerveza fría. Dos viejos marineros, curtidos por los vientos, las batallas y las cicatrices, repasando las últimas travesías y poniéndose al día de los nuevos complementos circunstanciales de sus vidas .

—Sí, ya ves, un año jubilada y viviendo tan feliz, a mi «puta bola» como he hecho siempre.

Aquella misma mañana había estado recordando nuestros secretos rincones de citas furtivas, de hacía tantísimo. O cuando venía a Ciutadilla y el taxi lo dejaba en la gasolinera, subiendo por la cuesta de detrás de la escuela, como el amante clandestino .Allí éramos felices, casi secuestrado, por mis brazos, mis guisos y mi cama, en mi casa de maestra.

¡Oh, cuánto podía ser el tiempo un bálsamo cruel que restaña heridas que, de tan viejas, ni existen! Pero la memoria selectiva me viajó hasta el sábado de agosto, en que me desperté llorando , en este mismo lugar, con el corazón atravesado porque el «amor de mi vida» se casaba con otra.

Yo sé muy bien que cuando decimos que el corazón duele, es que duele físicamente; que hay sesgos en la vida que te sientes como esos guerreros que se ven en las películas, que galopan atravesados por una lanza y muertos en la montura.

Y un recuerdo, como eslabón de memoria , me llevó al día, en que viví el mismo sesgo, porque «otro amor de mi vida» me telefoneó, la misma mañana en que cogía un tren para ir a casarse, con una chica de veintidós años en la catedral de Budapest.

La conversación fue de amor, de una inmensa gratitud hacia mí, por los días en que habíamos sido felices, después fue tomando un tono de melancolía, como un no sé qué, un no querer irse de mí, ni elegir el camino que estaba eligiendo…

Fui tardía de reflejos, la despedida, dentro de lo políticamente correcto, hasta que después de colgar el teléfono, volví a sentir en el corazón la misma punzada que sentí en la mañana en que Juan se casó con otra. Aceleradamente volví a marcar el número de teléfono para decirle a «otro amor de mi vida»:

—No te vayas, no te cases, ¡te quiero!

Y que, quizás, esa llamada-súplica, pudiera parar su destino y el mío. A la otra línea del teléfono no estaba él, sino la voz de una señorita, su secretaria, comunicándome  que ya iba camino de Budapest.

La memoria tiene esas cosas: un recuerdo trae otro recuerdo y te lleva a otro, como un viaje en el tiempo discontinuo y a veces, ni siquiera sabes si está adornada y si los hechos fueron exactos a como los vivimos.

—Me han dicho que tienes nietos

—Sí , dos nietas.

—¿Y qué se siente? –le pregunté extrañada porque parecía como si todo se hubiera acelerado, sin ser conscientes de ello, y que nosotros, los antiguos amantes apasionados que nos perdíamos por el bosque hacía tantísimo, ahora podríamos hablar de ¡nietos!

—Alegría y un cierto vértigo.

Él era ¡abuelo! Y yo jubilada y, cualquier día, también, ¿sería abuela?

¿Abuelos? Y sin embargo, habíamos envejecido separados llevando vidas paralelas y ninguno de los dos encontró al «amor de su vida».

Creíamos e intentamos llevar vidas convencionales. Atenernos a los estándares del convencionalismo del «amor para toda la vida» con quien envejecer felices y, sin embargo, nos convertimos en los eternos los buscadores, posiblemente, del «último amor».

Conocimos, que al principio, el amor es una fiesta de fuegos artificiales y lo duro empieza, cuando se acaban los cohetes, las serpentinas, el confetti y empieza la monotonía diaria.

Un día empezamos por no comprender una palabra del otro, al día siguiente son dos y al cabo del tiempo: el otro se ha convertido en una torre Babel de incomunicación sin traducción, ni intérprete  posible.

¡Y cuánto duele ese fluir en el hastío en el que ves gotear tu vida, por un sumidero, como si fuera una parte ajena que ni si quiera te pertenece  .

Otras veces fue el vacío del desamor, como una tumba en medio de la casa que debíamos sortear, por sus bordes, de puntillas, para no caer en el agujero negro de la desesperanza o de a mismísima muerte, llamándonos, tentadora y sutil, desde su noche perpetua.

¡Ay!, demasiado ego, demasiadas traiciones, demasiados celos, demasiados naufragios, demasiados sabotajes a nosotros mismos, demasiado hábito de soledad como arma de supervivencia…

En lo más arraigado de nuestra esencia, creíamos en hogares felices, de paz y armonía; en refugios de sosiego; benditos beatus ille horacianos o en las odas a la vida retirada, de Fray Luis de León.

Nada tuvimos de eso, sino trincheras y campos de batalla. Muy poca tregua de felicidad inconstante y mucho más de soledad, sin paliativos.

Puede que tampoco lo hubiéramos sido juntos, pues entonces, toda nuestra energía estaba enfocada a construirnos a nosotros mismos, tantas cosas había que construir y asegurar del futuro que nos perdíamos en laberintos y puede que hasta hubiéramos sumado nuestras trincheras. La juventud tiene ese regusto de dramatismo que con los años se vuelve hasta indiferencia.

Ni lo sé, ni me importa. Creo que no fuimos felices, porque puede que en los beatus ille que tomábamos como ideales, quizás nadie nos dijo que faltaban versos y que había mucho ripio oculto.

Creo que nos enamoramos de ideales,  de sueños, no de personas, fuimos quijotescos en eso. Lo duro fue descubrir que eran terrenales, no como un Sancho que sabe que la Señora Dulcinea es Aldonza Lorenzo, se pee y huele a ajos.

Aún así, amamos hasta dejarnos las venas y el oxígeno por utopías y hasta aceptamos  vivr en jaulas de responsabilidades como karma por nuestros yerros.

Pagamos un alto precio por seguir en medio del río y no permitir que la corriente nos arrastrara. El río nos erosionó las aristas sobrantes y nos modeló a ambos, como suaves guijarros.

—¡Qué pronto se nos pasó media vida! ¿verdad ,Juan?

—Sí, apenas nos dimos cuenta.

—¿Dónde vives ahora?

—En la casa de la estación de Tárrega.

Y otra vez me dio un vuelco al corazón porque me llevó al viejo anhelo de hacía 40 años atrás, de vivr en una casa de la estación, de cualquier estación del mundo, con él naturalmente; porque lo amaba , entonces, con la desesperación de mis veinte años.

Pero también deseé, otra vez, una casa en una playa y también la tuve, que es en la que vivo  y que  tuve cuanto deseé y luché por ello .

Había amado mucho, trabajado sin descanso, viajado, escrito… me sentía rica en vivencias, en existencia y hasta tenía un hijo y él tres. En realidad, nuestras vidas estaban plenas y nada nos faltaba. Éramos supervivientes afortunados.

Dando vuelas y vueltas a los afanes, las vidas que creamos, las muertes que se nos cruzaron, el pasado, el presente y el futuro cercano, se nos fue la tarde.

Le pedí un abrazo, en la despedida, no sé si fue un impulso o una consecuencia de la inmensa ternura, que, a borbotones, se nos había escapado a ambos, en este mágico reencuentro.

Toda la noche le di vueltas y vueltas a la montaña rusa de mis sentimientos. Salí al cielo estrellado de la noche. Me senté en el mismo sillón donde él había estado  aquella tarde, como buscando los restos de  la calidez de su  abrazo.

De pronto, me lo imaginé pensando en mí tan intensamente que le atribuí la causa de mi insomnio. Me sentí bruja en la  intuición de vivir en los pensamientos de Juan, como un inmeso regalo de la vida.

Bendije al arcano, o a la mano del ángel que nos había devuelto a algún punto de partida en la libertad del corazón. Que si, hasta entonces habíamos vivido nuestros: «Cien años de soledad», quizás, se nos estaba ofreciendo vivir: «El amor en los tiempos del cólera» y habría que descubrirlo.

Suspiré en esa locura de imaginarme como Fermina Daza, esperando en el muelle a Florentino Ariza para embarcarnos en el vapor que nos navegaría, eternamente, por el río Magdalena, río arriba, río abajo, río abajo, río arriba… aunque tuviera que esperarlo cien años más, en el mismo lugar en donde el vuelo de las Perseidas y los deseos están al alcance de la mano.

Cellers, Agosto de 2016.