A cerca de Lo que me contó mi abuela, de Henry A. Petrie

Jorge Ernesto Yzquierdo Miller /
Cuba

Me llega de Nicaragua un libro del amigo Henry A. Petrie, Lo que me contó mi abuela, junto con olores conocidos, distantes; amores, amistades, días lejanos ya en la espiral del reloj que aleja más y más esa etapa. Soy de Cuba, donde el crisol de muchas razas fundió una sorprendente amalgama, pero el Caribe une, háblese creole, inglés, francés, patuá, castellano, somos lo mismo, un ritmo sanguíneo y visceral que nos diferencia.

Me sorprendió al llegar, que en la costa del pacífico nicaragüense donde se desarrolló mi mayor actividad, casi no veía individuos de raza negra; en el primer residencial donde me asenté, conocí entonces familias caribeñas, los Pinel y dos familias más; la conversación fluía a playas tostadas por un sol distinto, la nostalgia del costeño por su tierra, fantásticos peces cocidos a sol y arena, esos mismos platos que menciona Henry en este libro, por eso una vez, muy cerca de donde radica La Prensa, en Managua, vi a unas personas de piel negra vendiendo en una esquina frituras, paré el auto que conducía y fui a comprar aquel producto que, sin duda alguna, era el soñado Patí. ¡El sabroso Patí!

Supe de resquemor entre razas; una amiga de Sutiava me confesó que, al ver a una persona de raza negra, sentía miedo sin saber por qué. Eso la condujo a un incidente en el Muni Metro de la ciudad norteamericana de San Francisco, cuando quedó atraída como ave víctima de serpiente ante un presunto vagabundo negro con luengos grelos, el hombre al ver la insistencia de su mirada interpretó otra cosa.

En otro momento me invitaron a una actividad de niños y jóvenes en el teatro de León, los chicos y las chicas danzaban y se divertían, pero extrañé al instante algo, faltaba la gracia, el picante, el garbo, la sandunga del Caribe, esa que solo puede dar una cintura morena, la sangre hirviente de ese «Mare nostrum» de mis raíces, si, faltaba un negro que canalizara y mixturara sabor a aquellos ritmos.

Lo que me contó mi abuela, con portada del amigo Mauricio Rayo, del cual sé perfectamente que el Caribe lo llama, muestra un lejano puerto y al niño Henry de la mano de su abuela. El olor a mar atrapa, recuerdo a los amigos caribeños Fernando Saavedra Areas, la bella Mística Magnolia con todo el sol del trópico en su piel dorada y algunos otros, se me escapan sus nombres, pero aún llegan en las brumas de la memoria sus rostros.

Este libro de Henry me hace pensar en vericuetos metafísicos, sus versos me llevan de la mano como la imagen de su cubierta, un gran dilema desvela sus arcanos: cuando inevitablemente nos lleva la Parca solo vivimos en los recuerdos, mientras alguien nos traiga a su mente, a su palabra, estamos vivos, cuando se vea una foto, se lea un texto de nosotros, volvemos efímeramente.

La fuerza de la mujer en la lucha por sacar adelante a los suyos, todo el amor que sabe generar, la felicidad y consuelo que nos insuflan en tiempos difíciles, la mujer cetro, corona, precioso joyel de la vida. Mis propias abuelas, con las que tuve escasa convivencia, una, blanca de ancestros canarios, otra más cercana a nuestros aborígenes, parafraseando a Nicolás Guillén: «me escoltan mis dos abuelas», siempre sus historias, algún aroma distante, el sabor de un platillo nos las reviven y rescatan de ese mundo etéreo y desconocido a donde vamos inevitablemente a parar.

Nunca pude conocer el Caribe nica, el belicoso Pacífico conmigo no hizo buenas migas, ni en Poneloya, Puerto Corinto, Pochomil ni en San Juan del Sur, pero siempre sentí muy dentro al Caribe. Hoy, Henry con su libro Lo que me contó mi abuela, me lo narra, me lo regala y trae hasta mí el calor de esa tierra, de su gente, sus bailes, su forma de ser y el recuerdo de mis abuelas.

San Antonio de los Baños, Cuba.
19/08/20.

 

(El autor de este artículo es poeta y narrador).