Otto

(Un testimonio)

cajinamixter

Una buena parte de quienes hicieron radio, música, teatro, o abrazaron el arte en cualquiera de sus expresiones como forma de vida, tienen una foto o una historia con Otto de la Rocha. Yo, por suerte, tengo ambas.

A finales de la década de los 60, mi madre, al mediodía, sintonizaba en la radio un programa cómico en que interactuaban dos personajes: El Indio Filomeno y don Canuto viejo bruto.

Eventualmente aparecían otros personajes: Filito, El Ronco, La Chepona y El Turco Mustafá Medas Asco.

Después, de sobre mesa: Pancho Madrigal, donde aparecía a quienes todos queríamos y nos identificábamos, Aniceto Prieto.

Mi madre, directora de un grupo de teatro infantil en su iglesia, donde yo actuaba, era asidua oyente de aquellos programas. Y me explicaba, que todos o casi todos esos personajes, eran hechos por el mismo actor; Otto de la Rocha.

La primera vez que yo me topé con el mismísimo Otto fue en 1984. Yo hacía teatro haciendo un dúo al que le decíamos grupo. Y junto con Otto, nos enviaron apaciguar con «entretenimiento cultural», a las tropas que se preparaban para el arrecio de la guerra, de donde mi compañero de teatro, Chico y yo, que como soldados habíamos logrado salir vivos.

De inmediato nos ganamos la simpatía del Otto, quien en voz alta le comentaba jocoso a nuestra edecán permanente, una potrancona ‒no por su apellido, sino por su intimidante estampa fémina‒ asignada por el ejército, María Eugenia Arrechavala, que no sabía cómo nos llamábamos grupo proletario, si andábamos bien vestidos. Terminaba diciendo que le gustaba mucho lo que hacíamos, interpretar más de treinta personajes cada uno. Esto era lo que precisamente Otto hacía en su trabajo, con múltiples personajes.

Después que la revolución popular fracasó, nos volvimos a encontrar a inicio de los 90, como actores en la obra La Verdadera historia de Pedro Navaja, yo con un papel figura y él, por supuesto, con un papel protagónico por méritos.

Doce presentaciones al hilo durante un mes en Nicaragua y una en El Salvador; todas full, gracias a la participación de los caballos grandes que ahí actuaron, entre ellos: Don Otto, como la mayoría de los actores le decían. Solo yo, de igualado, le decía solamente Otto.

Al fundar la productora de eventos y espectáculo junto con mi hijo Lenin, al que Otto lo nombraba cariñosamente como Junior, a quien aconsejaba procrear más de un hijo, porque se le podía morir el único, tuve la oportunidad de seguir trabajando con el Otto, gracias la Universidad John Hopkins y ACODEP, que nos permitió llevar sus canciones, el show de la Juana Cacho, que lo hacía su agraciada mujer la Gina.

El show de Aniceto Prieto, por primera vez llegó de manera gratuita a muchísima gente, que solo lo conocía por la radio. Pero, este tiempo por fin podían verlo. Era impresionante cómo la gente lo quería, lo abrazaba y se tomaba fotos con él.

Un par de años después, se lo propuse: Otto, quiero producirte un homenaje que estará bajo mi dirección artística; es mi homenaje a vos. Pero, además, quiero invitar a un selecto grupo de artistas a que se unan; que los medios te reconozcan y que la gente te aplauda de pie por un buen rato. Ya fuimos al pueblo, ahora que vengan ellos a verte, le expresé.

Sonrió y dijo, «Démosle viaje, Manuel. Así celebro mis 60 años de vida artística», dijo. Y, en voz alta, finalizó: «¡Qué aguante de pescado seco!»

Invité a Pancho Cedeño para que hiciera la dirección musical e incluí, para que interpretaran sus temas, a Mario Montenegro, Salvador Cardenal, Carlitos Baltodano, Rommel Ocampo, Álvaro Villagra, María Eugenia Urroz, Carlos Mejía Godoy y a Marbely Blandón. A esta última, inmediatamente después de la primera presentación, tuvimos que sacarla de emergencia porque la sorprendieron los dolores de parto. Minutos después, parió a su hijo. Esta anécdota percance Otto la recordaba con mucho cariño.

Antes que Otto saliera al escenario a hacer su parte, le pedí que interpretara para mí, el tema que él había grabado como introducción del programa Pancho Madrigal, que cincuenta años atrás yo había empezado a disfrutar.

Así lo hizo, sin ensayo y en compañía de uno de sus mejores camañecas, Osman Delgado. Iniciaron la canción en tonos diferentes, la emoción les cobijaba. Pero, fueron complementándose como solo los buenos saben hacerlo.

Fue alentador cómo la empresa privada y los medios de difusión apoyaron aquella idea, que se transformó en cuatro presentaciones a reventar en el 2004 en el Teatro Nacional Rubén Darío.

Creo que Otto ha sido el artista más querido de todos los tiempos por moros y cristianos.

Tres años después, le propuse lanzar al mercado nacional su primer DVD y un CD, el que fue pirateado inmediatamente después. Pero no nos preocupó, porque como dijo Salvador Cardenal, «te hace más popular». Incluso, hubo un canal de televisión privado que osó colocar su logos en las imágenes, sin darle crédito a Cajina’s Enterprise o CREE. No agarramos lucha.

Desde entonces, Otto y yo cosechamos una amistad que se vio interrumpida al término de la tarde del 25 de mayo del 2020, cuando la Gina me confirmó su deceso. Al otro lado del teléfono, permanecí estremecido, con mis ojos húmedos e infinitamente triste.

 

26 de mayo de 2020.
Managua, Nicaragua.