Narraciones

El vuelo del poeta

Henry A. Petrie

I

Desde la primera vez que monté un aparato volador, me quitaron el miedo a pija. No recuerdo mi edad exacta, creo que andaba en los siete años. Fue para cuando a mi hermano Eddy José, menor once meses, le dio la chifladora. Pasados algunos años, jamás entendí por qué en esa época se concebía como cura el vuelo acrobático en avioneta.

Mi abuela Lupe no era santera, pero admiraba a San Martín de Porras; tampoco se andaba con rezos ni rosarios, ni creía en eso que llaman «temor a Dios.» De alguna forma topó con alguien que la convenció de la cura para la tos de mi hermano, y resolvió darnos, junto con ella, un paseo en avioneta.

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Alcancía

Mauricio Rayo A.

Con pocos meses de haber nacido, ya corría por todo el pueblo de «San Pedro de los vagos». Era gordito, pero no se cansaba de correr, saltar y comer todo el día. Donde llegaba le daban un pedazo de pan, una tortilla con cuajada, frutas, mermeladas; hasta postres y caramelos de sabores y colores diversos. Todo lo disfrutaba, incluso su nombre Alcancía, ganado a pulso… nunca se llenaba… o, tal vez por su semejanza a las alcancías de barro elaboradas por los ceramistas de la Paz Centro, Calle-real de Tolapa o Catarina. Tenía manchas negras y blancas como las vacas Holstein y una raya sobre su lomo… era evidente su parecido, pero aún más, le gustaba tragar monedas de poco valor encontradas en la calle, luego, al cabo de unas horas las defecaba convertidas en dinero de 100 veces o más a su valor origina. Casi nadie sabía de ese valioso don, a excepción de su dueña, quien había observado que Alcancía, cuando realizaba sus necesidades fisiológicas, se dirigía al fondo del patio y ahí, depositaba sus desechos y los enterraba. Una vez descubrió el tesoro, pero no se atrevió a tocarlo.

Una tarde, el cerdito Alcancía desapareció, Tamaury, su dueña, lloraba desconsolada por la pérdida de su mascota; salió por todo el pueblo en su búsqueda. La llamaba por su nombre –¡Alcancía, Alcancía! Y nada… ¿Dónde estás gordito? Gritaba la niña y no pudo obtener respuesta.  Ya había perdido las esperanzas de encontrar a su amigo, sin embargo, con las últimas fuerzas que le quedaban, gritó una vez más aún más fuerte: ¡¡¡Allllcannnncíiiiiiiiiiiíaaaaa!!!, ¡¡¡Allllcannnncíiiiiiiiiiiíaaaaa!!! De pronto, escuchó un: OINK, OINK, AINKI, KUKO, que en lenguaje cerduno quiere decir: «Aquí estoy ama, aquí estoy.»

La niña corrió en dirección al lugar donde se originaba la voz del cerdito. Y ahí estaba Alcancía, a quien subían a la fuerza a un camión junto a otros cerdos rumbo al matadero. Tamaury gritó: «¡¡¡Alcancía salta!!!» El cerdito no esperó dos veces, de una embestida derribó a uno de los malechores que trataban de robarlo y de un solo salto cayó en los bazos de su ama que, llorando de alegría, la acariciaba con cariño.

Pero, Alcancía, soltándose de Tamaury, animaba a sus amigos para que también escaparan del camión. Todos corrieron, huyendo de los cuatreros que no lograron atrapar a ninguno. Decepcionados y preocupados porque la policía se diera cuenta de sus fechorías, decidieron marcharse del pueblo. Pero ya los andaban buscando y los atraparon días después, cuando salían de una comarca vecina con otro cargamento.

Alcancía recibió medalla de honor por parte de la Alcandía del pueblo y sus habitantes como premio a su valentía y habilidad para ayudar a liberar a todos sus amigos, además de permitir, con su olfato, descubrir el paradero de los ladrones y permitir la captura de estos. Por supuesto, esta medalla lograda por Alcancía fue la única que no decidió tragársela. Su ama la colocó sobre una repisa especial en la sala de su casa.

Así pasó mucho tiempo, Alcancía envejeció junto a su familia. Su dueña ya había cumplido 18 años y se preparaba para ir a la universidad de León, para estudiar la carrera de odontología. Había decidido ser odontóloga para curar las caries de Alcancía, que por comer muchos dulces había perdido algunas muelas y padecía de inflamación en las encías.

En la madrugada del día de la partida de Tamaury hacia la ciudad universitaria, percibió un cosquilleo en su oído. Su mascota la despertaba para despedirse de ella, pero además, para llevarla a un lugar en el fondo del patio. Ahí, el cerdito escavó y escavó hasta dejar a la vista un cofre transparente con miles de monedas relucientes. Nadie sabía que Alcancía todos los días las limpiaba y guardaba, tal vez, para cuando llegara ese momento… un regalo para su ama y amiga, quien lo había cuidado por tantos años y con tanto amor.

Tamaury culminó la carrera con la venta del 20% de las monedas, con el 30% compró equipos y materiales para trabajar en su profesión y con el resto adquirió una bonita casa.

Alcancía, después de otros cinco años más de disfrutar al lado de sus seres queridos, falleció. La sepultaron en la misma caja transparente en el centro del jardín de la vieja casita. Tamaury erigió a la entrada de la clínica una estatua de Alcancía, con un gran cepillo de oro para dientes en las patitas delanteras, levantándolo en señal de victoria.

Tamaury continúa viviendo en el mismo pueblo atendiendo a sus pacientes: niños, adultos, jóvenes, ancianos y demás habitantes del barrio y, de vez en cuando, de observarse bien, se apreciará alguna incrustación de oro u otro metal, en forma de media luna o estrella en los dientes de un gato o de un perro. O simplemente, ver masticar con una prótesis dentaria o con implantes de titanio a una vieja marrana. También son pacientes de la doctora, labor que hace en memoria del muy querido e inigualable Alcancía.

 


Románica que no vende

cuento de Holbein Román Sandino Torres

Era su casa, me sentí una parte de su hogar. Ahí, sentado en aquella butaca al borde del desvencije, mirándola andar de habitación a habitación. Sentí nuestra soledad en los huesos, a ella le dolían, a ella todo le dolía. Faltaban varios minutos –largos minutos– antes de que llegasen nuestros compañeros. Teníamos toda una cita en una especie de restaurante que servía comida muy étnica, primero llegarían donde Daniela –donde yo estaba– a las 6 en punto, pero eran ya las 6:30 y no había señales de vida, ni siquiera de los que vivían a la cuadra. Así eran ellos. Yo me había presentado en el lugar a eso de las 5:58. Era costumbre mía salir de mi casa con, al menos, veinte minutos delante de mí. Esta táctica nunca falló, mi casa siempre estuvo lejos de toda la actividad y agradezco ese hecho.

Habíamos construido una conversación durante esa media hora. No fue nada destacable, siempre me fui por las ramas y ella –nadie en realidad– nunca fue capaz de seguirme. Su conformidad iba en forma de «ajá» que soltaba cuando yo decía algo que no entendía, o que entendía superficialmente, o que de plano no le interesaba. Hubo momentos en los que sentí, al ver sus ojos, cierto augurio de ofensa que frenaba mis palabras, palabras que usualmente iban cargadas de realidad. A Daniela siempre le incomodó la realidad.

Y seguíamos, con el patrón de siempre:

—Anoche leí un artículo sobre los Millennials –le dije, sonriendo.

—¿Qué es un Millennial?

Buena pregunta. Tenía un conocimiento aproximado, pero, siendo un término así de vago, temí errar. Normalmente habría dicho algo simplista, siempre que me preguntan cosas por el estilo respondo simplista. Eso es porque, si les doy una buena respuesta, no sabrán apreciarla y como no saben apreciar, alaban pura mierda. No me gusta hablar mierda, pero tampoco esforzarme en vano. Igual, Daniela me importaba, a ella sí le daría una buena respuesta, aunque fuese vaga…

—Pues, es un término demográfico…

Vi que perdió el interés luego de que regurgitase «demográfico», como si tuviese que explicar qué significaba eso. De repente me vería enraizado en un fractal de explicaciones que ella prefirió evitar. Sólo escuchó, no entendió nada.
Me sentí solo, parte de ese hogar, como un mueble más. Un mueble extraño que habla locuras. La pieza que no venden en las tiendas, la que invitas a tu grupo. La silla con la que haces amistad. Eso pensó ella, me imagino.

—¿Podrías –dijo– acompañarme a mi habitación?

—¿Para…?

Comprendí el rol que jugaría mi silencio y decidí jugarlo yo también. Me levanté del butaco moribundo y caminé tras ella unos pocos metros. Puse especial atención a su cuerpo, a esas caderas que cual péndulo me hipnotizaban, cual reloj marcaban la hora de mi muerte. Así también sus piernas, fuertes cimientos de una escultura que con su belleza cuestionaba mi ateísmo. Sus hombros me parecieron el mejor horizonte en que perderse y yo era el marinero más ebrio que quería morir ahogado en tanta dicha. Me senté en su cama. Vi alrededor una juventud esparcida por paredes, por espejos. La vi a ella, cómo deslizaba suavemente aquellos shorts por entre sus piernas de ángel, como su ropa interior caía de golpe hasta el infierno. Se acercó a mí así, desnuda bajo la cintura. Sentí su beso como sentiría un infarto, su lengua como el orgasmo supremo.

Comenzó a hablar en mí, con sus manos. Tanteó todo bajo mi cinturón y lo desenvainó. Sonrió al ver mi miembro tan feliz como yo lo estaba. Toqué entre sus piernas, ella me excitó. Sabía lo que venía, ambos estábamos de acuerdo. La lancé contra la cama, hicimos el amor.

—Quiero fumar –solté, sin darme cuenta.

—No –susurró, casi de inmediato–, soy alérgica al humo.

Pensé en eso un segundo.

—Lo siento. No voy a fumar.

Me miró en silencio al levantarse de la cama que ahora yacía en caos. Iba a darse un baño, yo también quería, pero ya había sido suficiente para los dos. Me senté en la cama, en su cama. Me sentí, entonces, parte de su hogar. Pensé que quizá tenía un sentimiento Millennial: una sensación tan vaga y errada cuya explicación aburre a cualquiera. Quienes están bajo su sombra sufren, pero es un sufrimiento insignificante, a nadie le importa.

Yo era su casa. Me sentía parte de su hogar, me sentía muy solo.

 


«Apia»

Bilwi, con mucho cariño para mis más apreciadas amigas.
Por: Valesska Moya García

En la distancia se ve un velero, parece un pequeño barco de papel en medio del océano, resplandece como oro por el sol del atardecer. La pequeña Shana, sentada en el viejo muelle con los pies colgados, mira con emoción el espectáculo. Todas las tardes le gusta ver la llegada de los barcos pesqueros que vienen de los cayos, cargados de camarones, langostas, caracoles, punches, en fin, cargados de los muchos y preciados tesoros que nos regala el mar.

Ella vive cerca, en una de las tantas casitas de tambo rodeada de palmeras, sin cercas, libres de fronteras, esas casitas de donde cada mañana se desprende el rico aroma de las tortillas de harina, jenicake, gallo pinto con coco, pan bon y el inconfundible café.

Su mamá, una criolla de figura alta y esbelta, con ensortijada cabellera sostenida por ese turbante de arcoíris, con ropa siempre fresca por el calor local, doña Debby, mujer trabajadora que la ha tenido que criar sola, por esos desaciertos del destino. «Shana, ven acá, ayúdame niña, tenemos mucho por hacer antes de ir a la escuela y recuerda que debo llegar temprano a mi trabajo, si no, no comemos», era la retórica diaria. Pero, la niña de carita redonda, tez morena, ojos vivos y cabello al hombro como el de la madre, solo que libre al viento, no la contrariaba.

Así transcurrieron los días entre la casa, el colegio, las visitas al viejo muelle por las tardes y los domingos a la Iglesia Morava Criolla Central. Era el único día que se veía a Shana con diminutas trencitas, pegadas magistralmente a su cráneo, ya ordenadas como pelotón o haciendo graciosas figuras, como los jardines de los palacios europeos. Shana crecía feliz.

Pero dentro de la rutina, lo que más ansiaba con voracidad, era la llegada de cada sábado, porque la señora Debby Cuningham le preparaba el paraíso: plantintan, queque de arroz, yuca o quequisque, guabul, totó. El almuerzo era todo un banquete, el delicioso rondón de cerdo ahumado, porque «de tortuga NO, mamá, pobrecitas. Eso no se debería hacer», decía la niña. «Yo las veo todas las tardes sobre su caparazón, amarradas y tristes. Un marinero me contó que ellas lloran, mamá, lloran cuando las agarran y les acercan los cuchillos a sus cuellos.»

—Deja ya de llorar hija, es el ciclo de la naturaleza.

—Sí mamá –respondió Shana–, pero cuando vamos al mercado y veo sus enormes cabezas desmembradas del cuerpo sobre todas esas mesas, no puedo dormir. Te juro que no duermo.

—Ya niña, mejor cuéntame, ¿cómo está eso que don Andrés Pinock? Me puso quejas de ti. ¿Qué fue lo que hiciste?

—¿Yo? Bueno, la verdad es que, no sé… Yo tampoco sé por qué se enojó, si hasta le pedí permiso.

La mamá la quedó viendo. Esperando su argumento.

—Mira mamá, en el patio de don Pinock tiene un palo de mango de rosa. Estoy más que segura, que ese es el único palo de mango de rosa en todo Puerto Cabezas. De otro tipo aquí hay muchos, pero de rosa no. Tú sabes bien lo mucho que me gusta.

«Cuando venía de clases, como siempre, pasé por su patio para llegar a casa y … ¡Ah, mamá!, cuando vi los mangos ya maduritos en el palo, hasta que escupía agua. Yo solo llegué, lo saludé y le dije que si me daba permiso de cortar mangos. Él me respondió: «Apia». Sin pensarlo, corrí, me subí al palo y me apié cuántos mangos pude. Entonces, él desde el suelo gritaba no sé qué. Estaba rojo, rojo y se arrancaba los pelos de la cabeza; llamó al Káiser y me lo echó. A como pude recogí mis mangos y me vine corriendo. Yo creo que se enojó porque apié un montón de mangos, pero él me dio permiso.»

La señora Cuningham se lanza una risa de esas que espantan al más fiero y despiertan a cualquier muerto.

—Hija, hija, hija… Tanto que te he dicho que aprendas a hablar miskito. Don Pinock no te dio permiso de cortar sus mangos, te dijo «Apia», que no es de apiar o cortar. Apia en miskito significa No. Por eso, de tan molesta que estaba, hasta el Káiser te echó. Vení.

Después de un Te amo, le montó un beso en su mejilla y la abrazó. Ambas, muertas de la risa, almorzaron frente a la ventanita azul de su casa.

Muchos años después, en aquella mesa dispuesta frente a la misma ventanita, desde donde se ve el vasto océano y se siente la salobre brisa marina envuelta en los ecos de las olas que rompen en el viejo muelle, Shana se dispone a servir un delicioso rondón a su madre ya envejecida y a su pequeña hija, Princess.

—¿De cerdo? –preguntó la pequeña.

—Sí –respondió su madre–. Ya sabes que no me gusta comer tortuga.

—Abue –la niña se dirige a la señora Cuningham–. ¿Ya le contó a mamá lo del enojo del viejito de Don Pinock? Yo sólo le pedí permiso para apiar unos mangos…

 


El Caribe y la vida viva de su gente

 Pedro Alfonso Morales

 El primer contacto con el Caribe

El primer contacto educativo con el Caribe ocurrió en 2012, cuando conocí en la UNAN, León, a un grupo de muchachos que llegó a estudiar una carrera en la Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua. Entonces impartía clases de Lengua y Literatura en el Año Común que dicha universidad lleva como parte de la actualización de los estudiantes de nuevo ingreso del país. Entre los nombres recuerdo a Beril Lewis Bans, Ada Bans Chow, Elen Pictan, Kery Gosden Martínez, Becky Carolina Campbell, Mauricio Lampson, Jeremías Antúnez Salmerón y Felton Salazar.

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El toro loro

Lester Giovanny López Centeno

El toro de mala facha con un cacho quebrado que utilizaba como cabo de hacha; la yegua chota bien robusta esperaba a un criado del burro zarco que es del extranjero, traído de las montañas de la Segovia.

El toro en su acostumbrada pasarela del corral, la arremete contra el burro porque le caía mal. Pero, con su lentitud, el burro acertó una patada acomodándosela en el único cacho puntal que andaba.

«¿Qué paso?», preguntaron las vacas del corral y empezaron a musitar:

—¿Por qué hacen eso con el pobre toro lerdo?

—¿Qué ha pasado?

—Lo dejaron sin nada de acomodo…

—Ten piedad con este toro que ahora es un loro indefenso.

El burro rebuznó avisando que él mandaba, también avisó que ya era la hora novena de la mañana. La yegua chota con su paso coqueto, dio varias vueltas por el corral.

—Don Cleto, no le miento. Miré a varias vacas que botaban lágrimas por un tuco de cuerno.

El toro hecho loro, la lluvia, el sol y el viento nunca más fueron amigos. El toro loro se volvió un aburrido bovino sintiéndose más pequeño que un caprino.

 


La balada de Víctor Cruz

Holbein Román Sandino Torres

Víctor dejó caer la sombrilla en el piso, el cansancio carcomía su voluntad como un cáncer y sus hombros eran los tumores. Las bombillas iluminaban la sala como dos soles a un mundo árido. Víctor sintió el silencio de su hogar, se extrañó. Caminó por la sala dando vueltas, le parecía extraña y no sabía por qué. Tomaba las reliquias que reposaban en las mesas y las escudriñaba una y otra vez, como buscando algún defecto para devolverlas a quién sea las vendió, pero era infructuoso. Sólo la Biblia de su esposa permanecía intocable en el centro de aquella cosa y todo porque ella había sido clara: «no toques mi Biblia, amor».

En cierto modo, buscaba evitar algo inevitable. Sus presentimientos señalaban a las escaleras de madera que llevaban a la segunda planta, escaleras que, a pesar de estar bajo el fuego de dos soles imaginarios, se veían tan oscuras como entrañas.

Como no podía estar toda la noche dando vueltas en la sala, alzó la voz y dijo:

—¡¿Amor?!

Nadie contestó, la dulce voz de su esposa, con quien llevaba ya cerca de veinte años, no apareció, ni la de su hija, que a sus dieciséis años apenas florecía, lenta y sin prisas. Víctor sintió temor y, contra todo, empezó a subir las escaleras que ya no se veían oscuras, estaban rojas, rojas como una zanja, sus ojos reemplazaron a los soles y su luz era de sangre. Caminó por el pasillo, donde otro sol distinto iluminaba –su casa, de repente, era una galaxia estrellada–, a ambos lados había puertas blancuzcas de madera fina que a él le resultaban monótonas.

Pasó la habitación de su hija, vacía. Pasó la habitación matrimonial, vacía también. La de los huéspedes, sin alma. Llegó al fondo, a su derecha se erguía una última puerta, desde abajo, un extraño brillo irradiaba el agua que salía lentamente, una mezcla anómala de rojo y blanco, plata y sangre. Víctor abrió la puerta, se volvió Atlas y el mundo se le vino encima. Su mujer yacía junto a su hija en la bañera, hundidas en un mar rojo que se desbordaba tenue, iluminado por las sombras de una vela y el cantar de las luces del corredor.

Los cadáveres se bamboleaban en su jugo, como carne en una sopa, y las lágrimas de Víctor se fundían, una a una, en el caldo que su amor creó. Víctor ya no era un nombre, su tierra ya no era un país, el mundo dejó de ser un planeta y todo lo demás: vanidad. Corrió hasta la sala, tomó la Biblia de su esposa y salió, olvidándose de sí.

Bajo una lluvia de cien días, con un libro en su mano y un risco seduciendo sus pies, Víctor Cruz hacía a la lluvia su nueva mujer, pero esta era rancia y tan ácida que quemaba sus ojos. ¿Para qué tener ojos?, se dijo. Para leer sus razones. ¿Qué razones? Las que sean. No, no, ya nada importa. No digas eso. Bien, lo haré. Y Víctor saltó del risco con la Biblia en la mano, recordando una vieja balada estadounidense dónde su Biblia es un martillo y el risco una máquina de vapor. La sangre se mezcló con la lluvia y a la tierra hicieron lodo.

 


Cuentos de mala suerte, de Reina Tamara Ríos Suárez

Como todo un…

Él estaba deprimido como ningún otro, solo y huérfano al borde del abismo, con un entristecido rostro similar al del león que custodia la tumba de Rubén.

¿Por qué tendré tan mala suerte? Desde que nací degollaron a mi madre y mi susodicho padre, que siempre se las tiró de gallo, al vernos a mis 29 hermanos y a mí solos, casi a la intemperie, ni un triste consuelo de despedida nos dejó.

Todo se empeoró más aún, cuando llegó el misterioso busito aquel a secuestrarnos, para dejarnos al fin presos en una misma celda con treinta cubículos.

Se me oprimió mi adentro cuando solo a mí me tomaron y cubrieron mi rostro con una bolsa, seguramente para que yo no identificara la dirección del espantoso lugar de mi destino.

Heme ahí. Me tronaron. Y pensar que tenían tantas formas de hacerlo. Esta que escogieron es la más dolorosa. Me quebraron. Alistaron la paila con aceite hirviendo y, morí como todo un…

(Junio 2002).

La churumba

La masa de harina estaba en el punto perfecto, a la una de la madrugada, cuando doña Estelgive y sus dos hijas despertaron, listas para amasar y preparar el pan que abastecería las pulperías del pueblo. Solo esperaban la llegada de doña Eloísa, experta en hacer empanaditas payponas y pan suave, ella trabajaba para procurar su alimento y el de su hija Flor.

Media hora después, hizo presencia la señora setentera con su clásica frase que alegraba a todas: «Prendé la churumba, Estelgive, para escuchar música y trabajar más alegre».

Eran más de veinticinco sartenes de pan a hornear deliciosos, para cumplir con el pedido. La faena iniciaba cuando las muchachas lavaban con hoja chigüe el molendero y las cinco mesas, hasta dejarlas relucientes. Por la tarde acomodaban los sartenes y las dos señoras, con más de cincuenta años de experiencia en la labor, preparaban la masa de harina y levadura fermentada, así también el relleno de empanadas, picos, pan francés y pan suave.

Por el contagio de la churumba no sentían el paso de las horas. Cuando llegaba la hora de hornear y de sacar el pan caliente del horno, el sector vecinal se inundaba del aroma que expedían. De inmediato, los nietos salían a entregar los suculentos encargos a las pulperías. Luego, doña Eloísa se encargaba de lavar los sartenes metálicos. Pero al dirigirse del lavandero a la cocina, con los sartenes húmedos y relucientes, cayó violentamente en medio del patio, tirándolos al aire y provocando un ruido estruendoso, pran pran pranpapapan… Doña Estelgive y sus dos hijas se presentaron alarmadas.

No hubo nada que hacer. El alambre de púas que atravesaba el patio para tender manteles, hizo contacto con el tendido eléctrico de la casa, que al pase de doña Eloísa, las sartenes hicieron contacto con el alambre y la fuerte corriente eléctrica, detuvo su corazón.

Ese día no hubo reparto de pan a las pulperías. Todo se distribuyó a los asistentes de la vela. Pan preparado por la misma difunta. La churumba anunció por la noche: «Atención. Atención. Invitación luctuosa…»

 


Cuentos de Hadas, de Omar Alí Moya García

Cuento de Hadas

Resulta que un día ya nadie las buscó, para que les lograran el mejor de los sueños imposibles: la boda de ensueño, un viaje al paraíso con todos los gastos pagados. Ahí, se les suele ver por las calles, vendiendo polvos y conjuros para el buen amor, para la belleza y la fortuna. Nadie les compra nada, nadie las alza a ver. Terminan su jornada de ventas, agotadas de tanto caminar. Poco a poco las alas en sus espaldas se marchitaron, cayeron y el sol las hizo añicos con el calor del adoquín.

Se suben a los buses, atestados de gentes, se mueven entre ellas, apretujadas, sudorosas y ofrecen pastillas para adelgazar y delinear la figura, píldoras para mejorar la memoria de los buenos recuerdos, ungüentos para quitar las arrugas y licores para olvidar el dolor del mal amor. Pasan entre el tumulto y el bullicio de las ventas en los mercados, entre los puestos de verduras, y las carnes suculentas de la matanza más reciente, ahí por los tramos donde los comerciantes te guiñan, te hacen buenos ojos, te tocan y acarician y te dicen «¿Qué andas buscando, amor? ¿Ropa, zapatos?, preguntá que yo te lo consigo más barato», por ahí deambulan, sin ser vistas, sin que nadie les muestre interés. Olvidadas e ignoradas… Apenas un pequeño retazo de luz ambigua se les pone en las pupilas, cuando en medio de tanta indiferencia rutinaria, un pequeño niño les sonríe y les dice adiós.

(2016).

Medusa (o la ilusión del amor)

Caminaba a tientas procurando no hacer ruido entre el bosque, adornado de miles de estatuas de hombres con rostros de espantos, más allá de las tierras hiperbóreas, donde se le condenó tiempo atrás, luego que Atenea, en un arrebato aciago de celos, convirtió su hermosa cabellera en serpientes. Por temor, ya los hombres casi no transitaban esas zonas y si lo hacían, siempre llevaban consigo un espejo.

Gustaba contar sus víctimas y las serpientes en sus cabellos, sonreían malévolamente. Hasta que un día, de lejos lo vio. Caminaba despacio sin alzar la mirada. Ella se acercó y se paró frente a él. Las serpientes, erguidas y sonrientes, fijaron sus pupilas sobre él y no pasó nada. Medusa, confundida, le tomó el rostro con sus manos y vio sus ojos: una mirada apagada, pérdida, extraviada hace tiempo. Era ciego.

Ella amó el hecho de que él no le tuviese miedo; él, que ella lo tomara de la mano sin soltarlo. Y se amaron como nadie en la historia del mundo. Dos seres nacidos para complementarse el uno al otro. Ella dejó de ser lo que era y lo llevaba a conocer el universo; él le cantaba canciones al oído. Dormían como gacelas, uno junto al otro bajo la luz de la luna. Los hombres del pueblo notaron la ausencia de Medusa por los caminos por donde solía aparecer.

Y así se amaron por mucho tiempo. Pasaron días, años, el tiempo era un caballo desenfrenado. Hasta que un día, ebrios de amor, se durmieron entre los cantos de los grillos y la luz de las luciérnagas. Al rayar el alba, ella se despertó horrorizada: ahí estaba él, inerte y frío, mientras ellas, las serpientes, reían entre sí saboreando la sangre ajena.

(2016)

 


El gran día aquel

Milena del Socorro Ruiz Valle

(Ejercicio de escritura creativa durante el curso de la metodología Leo, Comento, Imagino y Creo –LCIC–, año 2015, en la ciudad de Granada).

Henry, siempre he pensado que mi vida sería una novela. Te contaré:

Hace ya muchos años atrás, cuando iba para el trabajo –daba clases en el campo–, a diario miraba a un hombre que me gustó mucho desde la primera vez que lo vi. Él era blanco, alto y recio, pelo negro, ojos cafés, de labios rosados y encantadores, bien vestido y con una sonrisa genial. Andaba su maletín en mano.

Yo lo miraba, pero él a mí no. Pensaba, ¡Qué guapo! ¡Cómo me encanta!

Un día lo vi en una fiesta. Estaba tomando cervezas y yo de larguito dije, Ahí está. Nunca imaginé encontrarlo. Para agarrar valor me tomé dos cervezas y a la tercera me acerqué, y le dije:

—¿Bailamos?

Jugo de piña era el título de la canción. Era un ritmo para bailar sueltos. De joven nunca me gustó bailar agarrado, no me gustaba eso del abrazo fuerte y el roce de la portañuela. ¡Ay, no..! Sentir eso duro… No, no, no…

Pero bueno, bailamos sueltos y como pudimos platicamos un tanto de nuestras vidas.

—No tengo mujer, pero tengo dos niñas que viven con su mamá –me dijo.

Fue lo que deseé escuchar y me sentí feliz.

Nos hicimos novios. Yo aún estudiada en dos lugares y siempre me respetó, no me tocó atrás ni adelante, solo se trató de besitos y manitos. Nuestras salidas eran a lugares con presencia de gente.

Mi madre, que sabía lo nuestro, investigó quién era aquel hombre, en qué trabajaba, dónde vivía, entre otras cosas. Por supuesto, yo ignoraba esto.

En una ocasión llegué a las diez de la noche, él me dejó en la acera de mi casa. Mi madre estaba muy enojada, pero en ese instante no me dijo nada.

Opté por comunicarle lo sucedido a mi amado y su respuesta fue que pediría la entrada a mi casa. ¡Qué felicidad la mía! Ya no andaríamos a escondidas. Y esperé el gran día, ese gran momento.

El príncipe azul llegó y llamé a mi madre a la sala, también lo hizo mi papá. Cuando estuvimos los cuatros, yo esperé con ansias sus palabras.

—Buenas, señores. Como ustedes ya saben, su hija y yo hemos estado saliendo y vengo a formalizar nuestro noviazgo que inició algunos meses atrás. Les pido permiso para visitarla, ustedes decidan los días, sé que tienen múltiples ocupaciones. Yo respetaré la decisión que tomen –les dijo.

La primera en hablar fue mi madre, la que siempre llevaba los pantalones, lo que decía era ley irrevocable, un No era No, no había otro significado.

—A mí me parece que la Milena es joven, está estudiando, es libre de andar donde quiera y no está bien que alguien –refiriéndose a la ex mujer de mi novio– le diga algo en las calles. No hay necesidad alguna de eso. Por esa razón no estoy de acuerdo que sigan con este noviazgo –fue terminante mi mamá.

Mi padre solo dijo que respetaba la decisión de su esposa.

Él, mi novio, con semblante triste y opaco, dijo:

—Está bien, señora, respeto su decisión. Prometo no molestarla más.

Fue su respuesta y me puse muy triste, casi lloré. Él salió de la casa, pidió disculpas y se retiró. Yo fui tras él.

—Vení, ¿cómo vamos hacer? –le pregunté.

—Escuchá bien –comenzó a decir tomándome de las manos–. ¿Mirás esta calle recta y larga?

—Sí.

—Pues bien, me voy a ir por ahí. Quedate aquí, viéndome. Conforme me vaya retirando y no me veás, así mismo que se te vaya saliendo el amor que me tenés, para no ir en contra de la decisión de tu madre. Yo no te voy a buscar, ni vos a mí.

Así lo hice. Lloré.

El gran día acabó mal e infeliz. Jamás pensé mal de mi madre, ni le reproché. Ahora, en este tiempo y a la edad que tengo, siempre le estaré agradecida.

¡Ay, Henry! Vos tan jodión con tus preguntas, ¿no mirás que al final el hombre terminó siendo mujeriego? No, no te diré su nombre, no vaya ser… ¡Ah! ¿Qué si ahora bailo pegado? ¡Hum! No caeré en tu trampa o trama, como quieras llamarla…

 

 


Inocencia perdida

Ana Rosa Molina Marenco

Catalina Alcántara era una campesina de aproximados cuarenta años de edad. Como a los quince años emigró hacia Costa Rica, en busca de mejores oportunidades. Como todos los nicas que cruzan la guardarraya, perseguía un sueño.

En su juventud trabajó en lo que saliera, desde labores de campo hasta de empleada doméstica. Su meta era trabajar, ahorrar y comprar la casita para sus viejos. Pero solo fue un sueño que el viento se llevó.

Le llegó el enamoramiento, con tan mala suerte que el hombre escogido solo deseó jugar. Cuando se embarazó, él comenzó a ver sus defectos y la abandonó a su suerte. Entonces, Catalina se convirtió en una madre soltera más. «A lo hecho pecho», decía.

Durante el día se entregaba al trabajo en cuerpo y alma para olvidar su pena, ahorrando para el momento del parto. Y en sus largas horas de insomnio, lloraba desconsolada.

Pasado un tiempo, Catalina dio a luz a una hermosa bebé de grandes ojos café, a la que llamó Reina Victoria, augurándole el triunfo sobre los obstáculos y la realización de sus sueños. Ella estaría a su lado para lograrlo.

Reina Victoria creció y se hizo una adolescente muy bonita, graciosa y agradable, sus enamorados surgieron. Ella era independiente, quizá por haber pasado su infancia en el Centro de Desarrollo Infantil del barrio, porque su madre trabajaba duro para satisfacer sus necesidades.

Debido a su carisma, se ganó el cariño de sus profesoras que le permitían quedarse en la escuela hasta que llegara por ella su madre, después de su jornada laboral en el consultorio del doctor Altamirano. Así transcurrió el tiempo y la llegada de la pubertad más su ingreso a la secundaria.

—Ya se está volviendo toda una señorita, la Reinita –dijo don Jeremías, el vecino, cuando pasaron por su casa.

—Ah sí –respondió Catalina–, ya es toda una señoritinga y muy coqueta –dijo contenta la madre, orgullosa de su doncella.

—Sí –ripostó el viejo Jeremías–. ¡Coqueta y preciosa!

Mientras iban camino a casa, Reina Victoria le dijo a su madre:

—¡Ay, mamá! Ese viejo me cae mal, cuando paso por ahí me queda viendo de manera extraña, hasta me da escalofrío.

—¡Solo locura sos, hija! –respondió Catalina.

—¡Hummm! Pues no me creas, mamá.

—Son ideas tuyas, hija. Ese señor te cargó en brazos cuando estabas tierna, te ha querido como a una nieta.

Los quince años de Reina Victoria, tras arduo trabajo y ahorro de Catalina, se celebraron como a una princesa.

Ocurrió el cinco de julio del 2004, cuando Catalina dejó sola a su hija en casa para irse a su trabajo, como de costumbre. Previo preparó el desayuno y le brindó las recomendaciones pertinentes. El gobierno local decretó feriado por un aniversario más de la liberación del pueblo. La puerta no quedó asegurada, dejando a la joven plácidamente dormida, aprovechando el asueto.

Don Jeremías la vio salir y se cercioró que estuviese alejada de la casa. Se acercó a la puerta sin seguro y penetró hasta la habitación de Reina Victoria, quien yacía en su cama en posición fetal. Se acostó a su lado y acarició sus partes íntimas. Ella despertó sobresaltada queriendo gritar, pero el viejo, con sus manos ásperas, topó la boca de la joven. Se resistió y lo arañó, pese a la corpulencia del invasor.

La lujuria había transformado a Jeremía en una bestia y la emprendió a golpes contra su víctima. Sus fuerzas desvanecieron y quedó indefensa, lo que aprovechó el viejo para penetrarla, despojándola de su virginidad.

Catalina tuvo un mal presentimiento y regresó a casa, inquieta porque se había percatado que no hubiese asegurado bien la puerta. Cuando llegó, el violador aún se encontraba ahí. Al verlo en su acto en perjuicio de su princesa, tomó el machete que guardaba detrás de la puerta del cuarto y la emprendió contra la bestia, decapitándolo.

Desde aquel día funesto, ya nada sería igual para Reina Victoria.

 

 


Oasis travesía

Reina Tamara Ríos Suárez

Bendecidos en polvo, envueltos en hambruna interminable y armados de letales lanzas dispuestas a cazar escasos animales silvestres, sobrevivían los guerreros de Tarzania, olvidados por el resto del mundo en algún lugar de África. Estaban acompañados únicamente por sus hermanos ancestrales, los enormes cuadrúpedos con pesados pero silenciosos pasos.

Guiados por la sabiduría del matriarcado, se vieron obligados a caminar muchísimos kilómetros de áridos senderos, en busca del líquido vital. Dejaron huellas símbolos a los guerreros, para guiarlos hacia un oasis cubierto de variada vegetación, animales gigantes de cuello larguísimo y cola que arrastran, supuestamente desaparecidos hacía millones de años, pero reaparecieron en aquel colorido lugar de frutos desconocidos.

Enviaron a ocho jóvenes de los más fuertes y a una doncella al lejano sitio revelado. Ante la incertidumbre de la travesía, sus mayores decidieron enviarlos con la hembra que, de no regresar al origen, habría de asegurar la continuidad de su estirpe.

Armados con atigradas pieles, lanzas y flechas se despidieron con la mirada, dando el último adiós con el corazón. Partieron con paso firme, siguiendo la ruta tatuada en la espalda de ella. Caminaron días, trotaron noches; viajaron meses en balsas que elaboraron para cruzar la mancha azul marcada sobre el sendero. La Osa Menor los guiaba fiel. A pesar del agotamiento, tuvieron la certeza de llegar al lugar llamado Nicaragua.

Imponentes peñas erguidas al mar, se reflejaron en el brillo de sus pupilas abiertas, atónitas; el regocijo palpitaba desde sus adentros. Alcanzada la playa y pisada la arena, caminaron rumbo norte.

Avanzando sigilosos en su travesía, sobre aquellas arenas de la extensa playa, se extrañaron al ver cuerpos pálidos y pecosos de algunos habitantes. Cuando estuvieron a dos días de camino para llegar a su destino, se encontraron con secos cañaverales, donde los abordaron hombres y mujeres de pieles trigueñas, brazos fornidos moldeados por el machete que empuñaban para cortar cañales.

Los africanos, con su característica lengua, confundían a los lugareños. Habiendo llegado de tan lejos, buscando el oasis que les marcaron animales de largas trompas y enorme sabiduría. La comunicación fue difícil. Sin embargo, lo hicieron con señas, cualidad innata de los nicaragüenses.

Algo falló en aquellas señas, muecas y sonidos de la comunicación. Pues los oriundos creyeron que los foráneos llegaban en busca de trabajo para alimentarse, y por supuesto, había lugar para ellos.

Por su parte, los foráneos africanos, entendieron que habían llegado a un lugar de esclavos, que trabajaban de sol a sol, cuyos dueños eran llamados Zalep, quienes hacían alarde de la mínima ayuda que brindaban a cambio de crecer en poderío. Estos eran los dueños de más de la mitad del país.

No tuvieron más alternativa que aprender el duro trabajo. Al término de la primera semana de faena, los guerreros africanos concluyeron que no habían llegado hasta ahí, para pasar el resto de sus días en jornadas hasta el atardecer, dolidos por sus huesos exprimido como varas de caña. Sudor abundante chorreaba en sus pieles y sus cuerpos, yacían como bagazo en maltrechas literas. Casi no se alimentaban.

Como lo que estaban viviendo no era el oasis prometido, una madrugada fueron en busca de los Zalep, seguramente ellos podrían guiarlos al lugar marcado. Con las escasas monedas ganadas, lograron emprender el viaje, no sin sentirse incómodos por las miradas indagatorias de las personas a su paso. Les llamaba la atención el brillo de sus pieles oscuras, sus cabellos ensortijados, sus blanquísimos dientes y extrañas ropas de pieles. Hasta que llegaron donde vivían los dueños del país, permitiéndoles la entrada a una peculiar estancia muy cómoda y lujosa. De momento, se sintieron invitados especiales, tal como si fuesen embajadores de su país lejano.

Como los guerreros africanos no hablaban español ni inglés, el potentado Zalep llamó a tres cultos traductores que sabían diversos idiomas y dialectos. Uno logró distinguir el dialecto y tradujo lo que la doncella expresó con ahínco, aliviada de haber encontrado a alguien que los entendiera.

Los Zalep escucharon con atención lo que dijeron los visitantes, lo que buscaban. Avaros como eran, les interesó conocer primero el lugar del que hablaban para explotarlo. El asombro de los guerreros fue grande, cuando los apresaron, dejando en libertad solo a la doncella, dado que ella tenía el mapa en su piel y sobre su cuerpo, se habían posado los libidinosos ojos del potentado jefe Zalep.

Cuando los malvados anfitriones se enteraron, a rasgos generales de aquel oasis en Nicaragua, intuyeron que éste se encontraba en el cerro El Hoyo, pero no refirieron nada a los visitantes.

Aprisionar a los ocho guerreros de Tarzania no fue fácil. Estos estaban acostumbrados a luchar contra grandes y sagaces fieras. Sin mayor esfuerzo aniquilaron a los noventa y dos guardias que custodiaban al jefe Zalep. La libertad para ellos era sagrada y habían llegado hasta Nicaragua, en busca de vida abundante.

Mientras la batalla se realizaba, los Zalep raptaron a la doncella y se la llevaron al cerro El Hoyo, el lugar marcado en el mapa que ella conservaba. Los guerreros, al enterarse, salieron aprisa en su rescate.

La doncella, también guerrera, luchó enfurecida contra sus captores y desfiguró el rostro del potentado dueño del país con sus dientes amarfilados, hasta arrancarle parte de la nariz.

Los ochos guerreros venían detrás, siguiendo las huellas de los malhechores.

Casi al pie del cerro El Hoyo, el jefe Zalep ordenó detener la marcha para escarmentar a la doncella, pero esta aprovechó el impasse y corrió cerro arriba tan veloz como una gacela. Los guardaespaldas atendieron al desfigurado hombre, mientras escuchaban las zancadas de los guerreros, aproximándose.

Cuando los viles y serviles Zalep estuvieron frente a los guerreros, se tiraron al suelo en señal de rendición. No se detuvieron y continuaron su carrera, siguiendo el aroma de la doncella cerro arriba, hasta llegar a la boca de El Hoyo, donde los esperaría.

Ahí estaba. El aire zumbaba su vestimenta y hermosa cabellera. Sus dientes de guepardo aún estaban teñidos por la sangre del malvado. Ahí estaba, esperando a los ocho africanos al filo del hueco del cerro. Cuando llegaron victoriosos, ellos y ella se tomaron de las manos, se cruzaron miradas en señal de estar listos para el gran salto. Respiraron hondo y gritaron a todo pulmón:

Soir Aramat Anier

Y se lanzaron al hoyo del cerro.

Después de algunos segundos o minutos de caída libre, sintieron una brisa fresca. Abrieron sus ojos y gritaron:

Oacac Oacac Oacac

Hasta que llegaron al frondoso oasis, rodeado de colores intensos, habitado por hermosas criaturas que se bañaban en sus aguas, como lo profetizaron los hermanos ancestrales del África. Ahí, en ese lugar, vivieron alegres y felices, los ochos guerreros y la doncella.

15 de junio de 2014

 


Juguetes

Maynor X. Cruz /
Chagüitillo, Matagalpa

Cuando mi hija me dijo: «Papito, los juguetes están vivos, caminan y hablan», no lo creí. Pensé: «esto es producto de su imaginación». A una niña de siete años se le pude ocurrir cualquier cosa; por eso hasta la mandé a acostar con la luz apagada. En realidad, yo quería que me dejara dormir. Imagínese, uno cuando llega a casa fatigado del trabajo, lo único que desea es paz y tranquilidad, nada más eso, usted habría hecho lo mismo.

Casi tiraba la puerta de su cuarto y yo no creía. Tarde o temprano se cansaría de decirlo. Me dormí horas después y ella seguía con sus gritos, hasta parecía que se le iba reventar la garganta. Mi mujer tenía la orden de no acercarse hasta el día siguiente. Hubo momentos que me quise levantar y darle duro con la faja, para que se acostara bien caliente. Me tenía con la paciencia al límite.

Fueron unas semanas de mucho dolor para la niña. Decía que las muñecas las acosaban con sus preguntas tediosas de por qué tenía el pelo tan largo, por qué era una niña tan fea, o afirmándole que era adoptada y que nosotros la encontramos envuelta en periódicos cerca de la casa. Los osos de peluche saltaban a la cama, repitiéndole que era una cerda por ensuciarse mientras jugaba en receso… Ahora, Daniela niega que ellos tengan vida y es porque la tienen amenazada de una y otra forma… no sé, algún medio de chantaje.

Una vez entré a su cuarto a la hora de dormir, momento después de que ella gritó. Lo que me pareció raro fue ver a una de las muñecas con una mueca horrible y arrugado el entrecejo. Mi hija dejó de gritar y sólo lloraba desconsolada, mientras me estrujaba con fuerzas el pantalón. Hubo un silencio terrible mientras lloraba.

Decidí que pasara la noche con nosotros…

Por unas semanas así lo hizo, pero era tiempo que volviera, aunque fuera de mala gana, a su cuarto, a ese infierno donde habitan esos monstruos, hijos del mismísimo demonio.

Sus ojos se llenaron de lágrimas, como diciéndome: «Papito no lo hagás, por favor», pero aceptó. Esa noche durmió tranquila. Esperé sus gritos y no los hubo. Fue extraño, de lo más extraño.

Los días siguientes sólo escuché risas. Eran de ella –esto sí me asustó–; muchas veces entré al cuarto y le pregunté por qué reía, titubeaba y no me daba explicación alguna que fuese creíble. Me provocaron pavor esas actitudes de Daniela. Mi mujer, lo único que supo decirme fue: «Es mejor que ría y no que lloré». Yo no quería pensar que la niña estaba perdiendo el juicio.

Después de la escuela se encerraba en el cuarto. Salía cuando tenía hambre para llevarse la comida a su habitación; eso me lo informaba mi esposa. Dani mentía al decirle que estaba haciendo sus tareas escolares. No sabe, usted, cuánto me preocupaba por ella…

En el mes de julio del año pasado, mientras estaba dándome un baño, noté que había algo cerca de la cortina. La jalé; mi asombro fue encontrar a un muñeco de felpa con una expresión colérica. Un sudor frío recorrió mi espalda; temblé de miedo… Esto no pararía ahí: los días siguientes siempre me encontraba con un juguete en algún sitio: en el auto, en el cuarto, en la oficina, en el escritorio. Me estaban acosando, en serio. ¿Verdad que no me cree?

No me sentía bien. Le pregunté si esos muñecos en verdad tenían vida o hablaban; yo esperaba un «Sí» y ella lo negó, y todavía lo sigue haciendo.

Tiempo después de lo ocurrido, encontré una nota. Eran letras garabateadas, decían: «Vas a morir pronto». Decidí –una mala idea– prenderle fuego, aunque luego me arrepentiría. Mil veces me arrepentí, porque esa hubiera sido la prueba de su hostigamiento; la tenía en mis manos y la quemé, ¡qué tonto fui!

Por la noche tenía insomnio. Siempre los sentía encima o en algún sitio. ¡Créanme, por favor!

Esas visitas me han causado alucinaciones, pesadillas… pero nadie me quita de la cabeza la idea que esos muñecos tienen vida. Me han hecho la guerra todo este tiempo, y lo seguirán haciendo. Si ya me amenazaron de muerte, de qué no serán capaces esos engendros… No se quedarán tranquilos hasta verme muerto. Ni en este sitio me siento seguro, pero yo no estoy loco, los locos son ellos, usted y mi familia por no creerme…

La grabación terminó. El siquiatra observó a la esposa del paciente. Ella estaba intrigada:

—¿Cuándo podrá regresar a casa?

—Señora, el caso de su esposo es el más crítico que hay, lo mejor será que esté aquí y siga al pie de la letra el tratamiento; los fármacos le harán bien.

—¿Pero se curará?

—Eso no puedo asegurarlo. Él no puede escuchar la palabra «Juguete», porque se vuelve violento y temeroso.

—¿Usted cree que en verdad sanará? –insistió ella.

     Él fue sincero:

—No.

La mujer salió del siquiátrico, afuera la esperaba un hombre dentro de un auto.

—¿Y…? –preguntó.

—Vámonos –contestó sonriente.

—Perfecto –dijo al encender el auto.

 


Vértigo

David C. Róbinson O. /
Panamá

Cuando desperté estaba cayendo. Lo que yo suponía un mal sueño, resultó ser la más grave de las realidades, la más impune, la inexplicable.

A pesar de no divisar aún el suelo, sentía su rápida aproximación; el viento hacía vibrar mis orejas, provocando un zumbido que servía de aburrido fondo. La sensación del vacío parecía plegarse y formar pólipos en mis intestinos; presentía que la nada me lamía la piel.

¿Por qué? ¿Por qué estoy cayendo? ¿Acaso el aire no es únicamente para el batir de alas? ¿Acaso yo tengo alas?

El pánico me hizo vomitar un grito en cámara lenta y tercera dimensión. Un grito contrastante con el zumbido de mis orejas; era como un solista policolor acompañado por un coro monotonal. El vértigo de la caída me pareció una ola que viajaba desde las uñas de mis pies hasta la curva de mis rizos, enredándose de paso en las paredes de mi estómago. Tantos años sobreviviendo y ahora sobremuero mi fin.

Luego de sumergirme en un banco de nubarrones, la náusea me atormentó menos. Sentí el rocío fresco envolviendo mis sienes y alejando de ellas el malestar.

Mi abuelo gustaba de caminar bajo la lluvia, alzar la cara y que las gotas después de estrellarse caminaran por el mapa de sus mejillas. Los placeres del abuelo eran los disgustos de la abuela: que si la ropa mojada, que si un resfriado, que si la pulmonía, que si el hospital, que si el cementerio. Al final la abuela tuvo razón, el viejo murió de pleuresía a los noventa años.

Aún no acabo de comprender el porqué de este viaje acelerado, del vértigo tormentoso, de la máxima inseguridad. No sé el por qué, mucho menos cómo inició. Sólo sé que ahora se divisa el suelo, el final futuro, más cerca de lo deseado.

La abuela sobrevivió nueve años a la muerte de su consorte. Nueve años de periódicas y puntuales citas médicas, nueve años de píldoras e inyecciones, nueve años donde nunca una gota de lluvia tocó algún punto de su cuerpo. Fueron nueve años extrañando la sonrisa de satisfacción dibujada en el rostro del abuelo, mientras ella con una toalla lo secaba.

El suelo a pesar de su significado y probablemente por su lejanía, se me antojaba como un inmenso óleo. Muchos tonos de verdes y chocolates competían por llamar mi atención; en el horizonte, ahora nuevo, los azules bordeaban el blanco de las nubes que parecían colosos con sus brazos alzados en plegaria. El sol llenaba de rayas blancas el croquis del cielo y de manchas negras las espaldas de las colinas.

Descubrí que, al balancearme con ritmo, convertía en música el zumbido de mis orejas. Pude desenredar las náuseas de mi estómago, luego las digerí.

De niño, junto a mi abuelo tuve la más grande de mis aventuras: un viaje en velero hasta isla Contadora. Inolvidable la danza del yate sobre el mar, los delfines saltando a estribor y la ensalada hecha con la sierra pescada en el ombligo de la tarde. Lo recuerdo parado en la proa, cortando el viento con su nariz, extendiendo los brazos y gritando:

Vuela hijo, vuela-.

¡Qué tipo era mi abuelo!

Todavía recuerdo las gotas caminando despacito por sus mejillas, su sonrisa satisfecha empapando la toalla de la abuela; incluso me acuerdo de su grito en el yate.

Convencido de lo inevitable de mi encuentro con el suelo y aun así, sin ninguna desesperación, lancé un grito armónico con la nueva música de mis orejas, abrí los brazos y dejé libre mi pecho para el impacto, abrí los brazos y mis dedos rebanaron como queso el aire, abrí los brazos y grité: ¡Abuelooo!

Abrí los brazos lo más que pude, abrí los brazos y estos … emplumaron.

¡Una brizna de hierba apenas rozó mi abdomen!

 


Espectador

Henry A. Petrie

La gente se acostumbró a morir.

Otra vez lo de siempre, hace décadas que sucede lo mismo. En la avenida central se produjo tremenda eclosión. Gente empujándose en la sofocación del mediodía. Cuarenta y dos grados centígrados. Ruidos, estruendos. Aceleración hacia el precipicio.

Humanito hacía sus disparos desplazándose de un punto a otro. Siempre cumplía sus órdenes con eficiencia. Para eso estaba.

La multitud, aturdida y diseminada a lo largo de la avenida, fue embestida por un furgón. Cantidades de cuerpos sobre extensos lagos de sangre. Supervivientes huyen sin reparar en nada. El hedor de destrozos humanos se torna atmósfera de la ciudad.

En un edificio derribado Humanito se refugia. Algo le pasa. Nunca se cansa ni tiene la molestia de emociones.

Todo yace. No hay aves en el cielo. Los artefactos caen vomitando fuego. Figuras se retuercen de ardor, sus carnes se calcinan. Nadie abraza a nadie; no lloran.

Humanito, avergonzado, desea gritar. No tiene conciencia. Todo él es rigidez.

Estallidos y derrumbes. Desvanecimiento de la memoria, se suicida. Momentánea estática.

Tras pantallas se emocionan, aplauden intrépidas maniobras. Roedores celebran obesos en sus cloacas, con banquete y vino tinto. ¡Un momento!, advierte alguien enojado. Silencio. Atención. Expectativa. Se escuchó un llanto metálico.

Al desactivar el minúsculo artefacto de uno de sus costados, Humanito se derrumbó sin efecto de cámara lenta, al lado de un maniquí calcinado.

“¡Hijo de puta, sentimental!”

Abril 2004.

(Cuento que integra la colección ¡Cómo va creer!, de Henry A. Petrie, publicado en el 2010, por Ediciones Pensar).


Corazón de mujer, una novela femenina

Por: María Elena Rivas Jirón *

Corazón de mujer se plantea como la novela femenina que enmarca una época de experimentación e intensidad creadora; la técnica se manifiesta por el uso del lenguaje expresivo, donde su autor, Henry A. Petrie, nos sitúa frente a un lente para representarnos un conjunto de escenas, que configuran una unidad narrativa.

Como lectores, nos volvemos cómplices de la historia, es decir, nos metemos en el texto mismo; de tal manera, que también vamos haciendo la historia. Considero que esta trama rompe el realismo social o psicológico que ha caracterizado a nuestros pueblos; además, vemos claramente reflejado el desprestigio de la mujer, por el elemento carnavalesco, que para algunos representa el casamiento por la iglesia de una joven virgen. Pero, así mismo advertimos, cómo el amor triunfa sobre todos los males y es capaz de transformar hasta el más inconsciente de los corazones mortales.

Esta temática se enmarca en el contexto histórico social de la dictadura somocista y la revolución popular sandinista. Aquilino, a través de sus conversaciones con Rosario, pronuncia que el contacto del pueblo con la política, es decir, el contacto del pueblo con la expresión de sus anhelos hechos leyes, decretos y resoluciones, debe ser constante. Henry A. Petrie, teniendo en cuenta el contexto de la represión somocista, hace que la novela alcance una técnica más compleja.

Es impresionante la capacidad del autor de captar y describir la psiquis femenina, y plasmar la angustia de una mujer en forma literaria, cuando la tranquilidad de Rosario se ve amenazada con la aparición de otro personaje, su primo Manolo, quien despierta en ella la expresión del erotismo, del deseo de ser mujer, de sentirse realizada. El autor utiliza este recurso para romper el discurso narrativo masculino, y mostrarnos que, en una mujer, el cuerpo está hecho para el placer y el gozo.

*: Crítica literaria y miembro de ACIC.

 


Tras el acertijo, secretos.

(Fragmento de Historias de doña Elba, libro en construcción)

El té que a la mar eché,
la rosa que te presté y
el lirio que en tu jardín sembré

Los chavalos estaban alrededor de doña Elba, aún en ascuas tras intentos fallidos por resolver uno de los acertijos más difíciles expuesto por ella. Vio en sus rostros el imperio del misterio, mascando las tres palabras claves: té, rosa y lirio. Después de una hora, se decidió a contar la historia.

En un país muy lejano, existía una familia adinerada que tenía una niña de casa, por demás mimada. Una criada, un tanto mayor que ella, la atendía en sus caprichos y antojos. Cuando la niña ya estaba convertida en joven mujer, se casó con un galán de otra ciudad, también de familia pudiente.

Lo arrogante no se le quitó, tampoco la haraganería. Ya casada era tan haragana, que su criada y compañera de siempre, tenía que hacerlo todo. El galante esposo siempre observó el espíritu servicial de la criada, quien se ganó su respeto y afecto. Pero esto causó celos en su ama, al extremo de obrar para deshacerse de ella.

Un día, la niña-mujer arrogante y haragana disimuló enfermarse, culpando a la criada de intento de envenenamiento. El galán no lo cría, porque miraba que, en aquella mujer algunos años mayor que su esposa, había un gran corazón. Pero la esposa, despojada de toda gratitud hacia quien la había atendido por muchos años y, hasta confidente de determinados actos, lo amenazó con dejarlo, de no procurar supuesta justicia que demandaba.

El galán, chantajeado por quien consideraba el amor de su vida, no tuvo más remedio que denunciar a la criada ante las autoridades. La encarcelaron y sentenciaron a muerte.

La víctima, en las sin remedio, envió un escrito al galán con el mensaje: El té que a la mar eché, la rosa que te presté y el lirio que en tu jardín sembré. Él se intrigó, no entendía qué quería decir la criada con el mensaje. Fue entonces, que decidió visitarla en la cárcel, pero su mujer rogó para que no lo hiciera, convenciéndolo de momento.

Pero la intriga estaba muy bien sembrada y se determinó, pese a la reticencia de su esposa, que finalmente lo acompañó.

—¿Qué quieres decir con el mensaje que me enviaste? –preguntó el galán a la criada, mostrando el escrito. Ella los observó detenida.

—Eso puede preguntárselo a su esposa, a la que más que ama consideré una hermana, de quien fui su confidente y con fidelidad he guardado sus secretos. Pero ya ve, aquí estoy por su causa, en una pena profunda y sentenciada a muerte.

¿Secretos?, se preguntó el galán y viró hacia su esposa con expresión interrogativa. La niña-mujer-esposa calló. No quiso pronunciar palabras.

—Dígalo de buena vez –ordenó con desespero el galán a la condenada.

—Sí, porque es mi vida la que está en peligro. Y ya que ella persiste en inculparme y en no develarle sus secretos, escuche bien y descubra el significado del acertijo enviado:

«El té que a la mar eché es un criado que vivía con la familia que me dio abrigo, es decir, la misma de su esposa. Él se llamaba Té, así es que debe ponérsele la mayúscula a la letra, porque es nombre. Con este criado, su ahora esposa sostuvo relaciones durante tres años; después pretendió llevársela a vivir a su lugar de origen. Pero ella no quiso seguirlo. Entonces, Té amenazó con confesar todo a sus padres. Eso no podía permitirlo y planeó con éxito su envenenamiento. El cuerpo del criado era muy pesado y ella no pudo sacarlo sola, razón por la que me obligó arrastrarlo hasta echarlo a la mar.

«La segunda parte del mensaje: la rosa que te presté se refiere a mi virginidad. Sucede que ella, cuando se casó con usted, como ya se ha enterado, no era virgen. Entonces, la misma noche de bodas, ella también planeó todo, le dijo que aquella primera noche usted no debía verla, que la habitación debía estar totalmente oscura. Me pidió que la sustituyera tan solo esa noche, por la supuesta hermandad que nos teníamos. Y yo, como jamás permitiría que su felicidad se truncara. Acepté.

«Antes que usted llegara a la habitación, ella ya había salido y yo lo esperaba nerviosa en la cama. Y claro, usted todo este tiempo ha pensado que fue ella. Pero no. A quien usted desvirgó esa noche fue a mí, y ni siquiera vio mi rostro. Usted fue mi primer y único hombre en la vida, no así en ella. En la madrugada, cuando estaba profundamente dormido, hicimos el cambio.

«La tercera y última parte: y el lirio que en tu jardín sembré es un lindo varón que ella le pariría a Té. Lo abortó y me pidió enterrarlo en el jardín. Ese niño, por su belleza que adelantaba, lo llamé Lirio.

«Ahí tiene usted toda la historia, los tres secretos tras el acertijo. No quería morir con eso aprisionado en mi mente y pecho. Y por favor, discúlpeme por haber sido parte del engaño que ella le hizo».

Después de haber escuchado la historia de la criada, el galán, indignado, hizo que apresaran a la que en ese momento era su esposa. También gestión la inmediata libertad para quien se encontraba en el filo de la navaja, tomándola como su verdadera esposa, por todas las virtudes había conocido en ella.


La rica orquesta de vegetales

Autor: Pedro Alfonso Morales
30 de Marzo 2017
A Juan Centeno, José Luis Pereira y Baltasar Gutiérrez

Amadeus Mozart estaba no sólo inquieto y sorprendido, sino alelado por los adelantos de la ciencia en los reinos vegetal y musical. Ahora, como por arte de magia, fusionadas en comunes especias de gastronomía, sus legendarias sonatas y sinfonías, eran fraguadas en la cocina con sabor a pepino, zanahoria, remolacha, chayote y berenjena. Esta extraña combinación de verduras tropicales, alegro y alegreto, Do sostenido y Mi mayor, en más de una ocasión le produjo la dulce sensación de que mientras se tomaba una sopa ácida con chile, al mismo tiempo se tragaba La flauta mágica, Las bodas de fígaro y Cosi fan tutte. Y en la certeza se chupaba los labios.
En Viena, capital austríaca y puerto fluvial a orillas del Danubio, el mundo de la música giró ciento ochenta grados hacia la naturaleza vegetal, entre verduras y especias para colorantes y picantes. Sin embargo, tales hallazgos y sorpresas, no sólo impactaron a los músicos austríacos y a la musicología mundial, sino a los hortelanos, agricultores, comerciantes y vendedoras de frutas de los mercados. La Chon, una vendedora del Mercado Oriental de Managua, con veinte años en el ramo y diez de cultivar ocho manzanas de verduras en San Andrés de las Palancas en la periferia de la capital, vendía los pipianes, las chiltomas, las berenjenas, la hierbabuena, y los chayotes, a cinco dólares la docena. Un quequisque con un pedazo de yuca, todavía cubierto de terrones, se hallaba a un dólar, equivalente a quince córdobas en Nicaragua. Los pepinos verdes y aun los maduros, se cotizaban a siete dólares la docena.
Ricardo Wagner, eminente compositor y dramaturgo alemán, reaccionó molesto, fastidioso, tan enfadado y confundido, como decepcionado, botando la gorra y tirando la toalla. De igual forma, reaccionaron otros músicos como Antonio Vivaldi, Luis Bocherini y Ludwing Van Beethoven. A George Bizet, autor francés de la ópera La arlesiana, le parecía increíble escuchar Minueto en La Mayor de Bocherini, en un pepino verde tallado como violín de cedro. Camilo Zapata, el memorable compositor nicaragüense, creador del Son Nica, tan desencajado estaba con la noticia que, se montó en su caballo de Chontales, se dirigió a Masaya, la ciudad de las flores y del folclor, y pataleó en una hamaca de cabuya, tendida bajo los árboles de un solar abandonado de Monimbó, pueblo indígena y aguerrido de Nicaragua: ¡han hecho mierda la música universal!
El escándalo empezó en Viena. Un día sui géneris para la historia de la musicología mundial, cerca del Danubio, el río más largo de Europa, lejos de la batalla del Wagram, la ciudad entera anocheció agitada, casi se ponía en pie, alborotada, cuando la Primera Orquesta Vienesa de Vegetales, agrupación formada por ocho músicos, un técnico en sonido, y un cocinero de primera mano, interpretó con una calidad increíble, sólo comparable con The Beatles en los años sesenta y The Bee Gees, en los setenta, todo el repertorio de un concierto de veinte canciones, con nuevos instrumentos de vegetales. ¡Increíble! ¡Eureka!, dirían los buscadores de petróleo en las aguas cercanas al Cabo Gracias a Dios de Nicaragua.
El público, presintiendo la estafa musical que todos padecían con agrado, en vez de reclamos, abucheos, y rechiflas desde sus butacas en el Teatro Nacional de Viena, aplaudía emocionado, casi ensimismado, con el corazón en los oídos, escuchando una impecable melodía como el Danubio azul de Johann Strauss en una berenjena. Cuando la orquesta ejecutó la Minga Rosa Pineda y la Flor de mi colina del Clarinero Mayor de Nicaragua, a través de un pepinógrafo y un chayotógrafo, la concurrencia aun sin conocimientos del baile folclórico nicaragüense, zapateó con algarabía el Son Nica sin muchas dificultades. Lo hermoso era observar cómo se movían, levantando las manos con un sombrero imaginario que lanzaban sobre los que permanecían sentados, atónitos, petrificados, oyendo el concierto de una orquesta de vegetales que asombraba con la música que interpretaban de forma impecable.
Ludwing Van Beethoven, con su Fidelio en Fa sostenido mayor, no atinaba la razón de aquel éxito de los músicos vieneses, a tal punto que en la zona meridional austríaca y otras partes de Europa y América, se multiplicaron los hortelanos, los comerciantes, los agricultores y nuevos sembradores de vegetales y verduras. Por todos lados aparecían agricultores y productores con técnicas avanzadas en monocultivos y pluricultivos, cosechando en grandes cantidades, lo mejor de los ayotes, pepinos, berenjenas, zanahorias, chile, tomates, chayotes, pipianes, nambiras, papayas, granadillas, quequisques, papas, chiltomas, repollos y remolachas. Además, las ventas en los mercados nacionales e internacionales, aumentaron en un cuarenta por ciento más que los últimos cuatro años juntos, según los cálculos de economistas serios y de reconocido prestigio, como Martín de la Cuenca, del Grupo Fideicomiso y Orlando Ñurinda de Agrosomodo.
Por otro lado, investigadores científicos de las universidades vienesas y consultores del INCAE centroamericano, señalaron su gran preocupación por las bajas ventas de instrumentos musicales en diferentes países del mundo. Por ejemplo, en la Johann Strauss de Austria, ubicada a una cuadra del Teatro Nacional, durante el presente año, han logrado vender solamente, dos cornetines y un viejo cencerro. En la Pavarotti Música de Florencia, Italia, han sido encargado dos bolillos para marimba, un acordeón con varias lengüetas oxidadas y una mandolina de catorce cuerdas, casi como un soneto de Quevedo, pero nadie los ha llegado a retirar, como en un complot para quebrar el establecimiento de instrumentos musicales. En la Juan Bambach de Managua, Nicaragua, vendieron solamente y hasta con créditos a seis meses de plazo, dos tambores y una lira, a pesar de que se aproximaban las fiestas patrias y estos tipos de instrumentos son muy solicitados para tales ocasiones festivas y patrióticas.
Algunos músicos de la zona cuentan que hasta una tragedia ocurrió en el barrio San Felipe de la ciudad de León, Nicaragua. Ellos señalaron que en el taller de guitarras de Los Hermanos Larios, ubicado de la Clínica San José, dos cuadras abajo y media al norte, dos trabajadores de dicho taller, viendo tantos instrumentos que no cabían colgados en la sala y hasta ocupaban los aleros de las casas vecinas, se agarraron a guitarrazos limpios y uno de los hombres murió ahorcado, cuando el otro, le enrolló en el cuello las seis cuerdas de una guitarra nueva. Paulino Medina, médico forense de la ciudad, quien le practicó la autopsia al trabajador del taller de guitarras, y sus resultados presentó ocho horas después, señaló que la muerte se produjo por un shock hipovolémico, debido a la sección completa de la vena yugular izquierda en la que se le había incrustado la cuerda prima de la guitarra.
En realidad, la revolución musical y vegetal de la Primera Orquesta Vienesa de Vegetales, se fundamentaba en la afinidad cercana y sobrenatural de los ruidos y los vegetales en el hombre. Ambos elementos constituyen para la vida humana, el primer alimento recomendado por los especialistas del desarrollo biológico y musical. Filipo Tomate, director de la orquesta vienesa, se empecinaba en proclamar que producía sonidos originales que no conseguía con otros tipos de instrumentos. Estos nuevos sonidos y ritmos, llevan una especie de cóctel para la vida íntima, repetía el hombre hasta la saciedad.
Sin embargo, conocidos músicos contemporáneos de América y Europa, como Lecuona, Pavarotti, Serrat, Tun Tun, Cabral, Mena el divino leproso del Río Chiquito, el maestro Higinio Flores, el maestro Roberto Herrera, Chico Pereira, Pedrón Ramírez, Miguel Chavarría y otros, atribuían tanto éxito musical, al desconocimiento casi total que los aficionados tienen de la música clásica y popular… Usted le suena una lata con cuatro palos y le aplauden encantados, como si fuera la Sinfónica de Londres, repetían los músicos, ya al borde de la risa y la burla, sosteniendo que la plebe no sabe de música ni de pepinos.
Tal vez lo que los músicos desconocían era que, como fuente original de estas nuevas manifestaciones musicales, estaba la combinación de los oídos, el estómago y el paladar en una cumbia, vals, bolero o merengue, aderezado con suficiente pimienta, gusto, creación y antojo. Era la propia Primera Orquesta Vienesa de Vegetales, la que fabricaba sus instrumentos, ya que Rico Salero, uno de sus integrantes, era cocinero experto en aperitivos de vegetales. Rico Salero, un hombrón de seis pies de altura, que usaba una pañoleta negra amarrada en la cabeza, iba al mercado a comprar todas las verduras necesarias para el concierto. Y en un santiamén, elaboraba con cuchillo de doble filo, todos los instrumentos necesarios para cada concierto en el Teatro Nacional de Viena. Y mientras los hacía, iba probando uno a uno aquellos sabrosos manjares vegetarianos que después terminaban en una olla o en un perol.
Al final de cada concierto, en una especie de alharaca, el cocinero miembro de la agrupación musical, preparaba una sopa borracha con todos los instrumentos de la orquesta, de modo que, lo que antes se había disfrutado con los oídos, ahora también, el público lo gozaba con la boca, atragantados, oyendo pitazos, ritmos de rumbas y amaneceres, solos de trompeta, redobles de tambores, bajos y contrabajos espeluznantes, requintos amargos de guitarra y hasta carcajadas de saxofones desafinados en sus estómagos, después de la cena enloquecedora.

Telica, 26 de octubre, 2002.

(Cuento tomado del libro «Apuntes sobre las últimas noticias del periódico», de Pedro Alfonso Morales, obra ganadora de los Cuartos Juegos Florales Centroamericanos, Belice y Panamá, el 22 de septiembre de 2005. El libro fue publicado por Editorial Universitaria, UNAN, León, en el mes de diciembre de 2007).


El muelle que sabe a mar

Autor: Pedro Alfonso Morales
23 de Marzo 2017.

Nunca emprendimos un viaje, pero siempre íbamos en el carrito verde oscuro para alguna parte de los estamentos de la ciudad. Una ciudad, capital, puesta al pie del lago Xolotlán, como si se bañara desnuda a mediodía, con una arboleda aldeana roída de automóviles, pues los agitados habitantes van en un convulsionado mundo de aquí para allá, espiando sinrazones y entuertos cotidianos. Ya la paciencia de los seres, sufría por un sopor de nubes cargadas de agua, que se burlaban con centímetros de lluvia.

Primero, me quedé atosigado con el ruido del motor en plena calle, a punto de reír, llorar o salir corriendo, pues se dilató un siglo de aventuras en la escuela, que fueron la tarde y la noche juntas, de las manos, riéndose, burlándose de mí, mientras leía los libros que descansaban en el asiento, junto a la guitarra dormida.

Casi lloré, cuando perdí la carpeta que tenía en mi espalda. Lamenté la pérdida de las notas y los libros que había llevado al Colegio Centroamérica, para animar a los niños de quinto grado, que habían leído mi obra. Pero nada usé a la hora de la plática, pues los chiquillos preguntaron tanto que casi olvido cantar o reírme y llegar a ellos como cuando yo tenía nueve años y confundía los números con las letras y la vida con la muerte.

Y padecí mi decepción y mi olvido… Ella telefoneó y comprobó con la secretaria, que nada había dejado en la oficina, así que nada había perdido en la vida… ¿Y ésta que está aquí?, me dijo, riéndose, tocándome la espalda, donde aguardaba mi carpeta negra… ¡Me alegra que ya somos dos los locos!, dijo, mientras apretaba el acelerador, rumbo al este o al norte, quién sabe, y qué importa la senda, si no íbamos a caballo…

¡Me alegra que ya somos dos los locos!, me repetí. Una frase de aliento y consuelo en ratos de locuras y travesuras humanas, apropiada para guiñarse de las mechas y ceñirse con los ruidos de la ciudad para perder feliz el juicio y las razones de la vida.

Después, la monjita morena, con varias cartas bajo la manga de su hábito blanco, mientras decía socarronamente, una estirpe de palabras litúrgicas que terminaron en que la Semana Santa no es semana de vacaciones, sino una de recogimiento, una pausa con Dios en el camino, una reflexión sobre nuestras acciones y omisiones en la vida.

Y golpeaba el sentido, cuando expresaba sus sarcasmos benevolentes, llenos de intimidad espiritual, acompañados de risas y miradas inquisidoras. En cambio, ella vestida de tierno verde y crema, reía como recompensa de las palabras y bufonadas de Sor Morena quien regentaba el colegio de niñas… Son unas tártaras con chocolate, que quiere que me coma en mi dieta, me dijo, pero como no llegué a la exposición de las comidas, me reclamó con doble sentido…

Entonces, giramos a la izquierda, sobre unas matas apartadas con cariño, como si fuera un puerto, donde se escuchaba el rumor del agua y del viento, besando el muelle que despide o recibe las vidas. El nombre de El muelle que sabe a mar, me dio un gusto terrible, porque a esa hora no encontré algo más apropiado para alimentar el cuerpo y el alma.

El nombre me quitó el hambre y llenó de alegría mi espíritu. Tal vez sea un nombre ridículo, pero en mi destino, fue el remo que buscan los corazones en el mar. Recuerdo que mientras miraba los barcos pegados en la pared y el timón de otro a la deriva, percibí un aire infinito que llevaba en una flauta imaginaria, la balada de Dios, una música de la que habla con amor, Eunice Odio.

Y mientras oía la música de Odio que es amor, apareció Van Gogh, trazando unas líneas verticales, empezadas en Vino tinto, poemario de música y pintura que aún estaba en veremos… Llegó un lúpulo en medio del pintor, ahora frente a nosotros con El Bosque, lleno de elogios y recuerdos, mostrándose como un campo verde, sincero, entramado en el color que nos hace buscar la vida.

Y Van Gogh iba en sus labios para acá y para allá, haciendo leña de mi bosque florido, mi pobre corazón… ¡Nunca antes, sentí tanto celo de un pintor muerto!… Ella, reía entusiasmada, con sus ojos achinados, lindos… Para entonces, ya nada quedaba de mi marisco con lúpulos.

Telica, 23 marzo y 3 abril, 2005.

 


El péndulo de las maravillas

Autor: Luis Alberto Ruiz Castellón
21 de Marzo 2017.

Eran los demás… simples, comunes e insignificantes mortales… y yo, el primer magnífico resplandor, la verdad absoluta, el más allá de la excelencia. Nadie puede evitar rendirme pleitesía y hacerme respetuosas reverencias con natural voluntad. Dios dijo: «Nazca un genio». Y salí yo del vientre de mi madre.

Era yo, con la frase feliz y el gesto grandilocuente que estremece cada fibra, de cuanto ser humano tiene la dicha de verme y escucharme. Era yo, constantemente interrumpido por aplausos de regocijo, vítores de placer y hurras de alegría.

Era yo, la última palabra, la inteligencia suprema, el alfa y omega del conocimiento universal, el razonamiento perfecto, la lógica exacta. Sócrates, Platón, Aristóteles, Einstein, Nicola Testla, Leonardo Davinci, serían mediocres discípulos de mis teorías.

Todos me observaban expectantes y embelesados, embriagados de admiración y asombro. Para ellos, reunirse conmigo significaba la realización plena de sus más caras aspiraciones espirituales e intelectuales.

Hablé con voz suave, melodiosa, pausada. Muy a propósito, intercalaba misteriosos instantes de silencio, que herían cruelmente el ánimo de quienes me escuchaban… ¡Oh, qué ingratos somos los dioses!

Era yo, internándome con una facilidad sorprendente en el escabroso mundo de la disertación refinada. Antes y después de mí, todo criterio era absurdo y ridículo, todo punto de vista frágil y opaco como zapatos de indigente.

Era yo, el brillo, la luz, la genial coherencia, el alma, el nervio, el centro de la atención. Luego, algunos asistentes hablaron con timidez, observándome nerviosos, temeroso de mi mirada de hastío e indiferencia cuando los censuraba con el silencio y aquel gesto de justificada autosuficiencia.

Un irreverente miserable, se atrevió a desafiar la capacidad prodigiosa de mi cerebro. Preguntó: «¿Qué causas sobrenaturales provocan los maremotos en el desierto?» Inmediatamente fue abucheado por todos los asistentes.

Lo querían linchar. La razón era sencilla: se había atrevido a plantear su interrogante, sin llamarme MAESTRO. Sólo una mirada de indulgencia y misericordia que dirigí a la concurrencia, pudo evitar aquella tragedia fatal.

El bisoño imberbe salió corriendo del local donde se realizaba mi magna conferencia. Segundos después se suicidó, escribiendo con su propia sangre sobre un manto de seda blanca: PERDON MAESTRO. No pudo evitar en su conciencia, el peso de haberme faltado al respeto.

Era yo, el infalible, el original, el de la cultura extraordinaria, el A de oro puro. La más breve y simple frase mía, encierra la más profunda disquisición científica. Era yo, el sensacional, el fabuloso, el súper Dios de la oratoria. Mis más ínfimas divagaciones flotan en el limbo consagrado de la sabiduría infinita.

Era yo, el máximo prestigio, la eminencia fulgurante. De vez en cuando otorgaba gratuitamente, con huidiza mirada de indiferencia y aburrimiento, un gesto de aprobación a las pálidas y maltrechas intervenciones de los congregados.

Todos, fascinados, escuchaban mi retórica impecable. Abrir mi boca era como un parto cósmico de infinitas estrellas que provocaban un éxtasis anímico en mis admiradores ahí reunidos, favorecidos con el privilegio de mi presencia frente a ellos.

O, por el contrario, el mínimo movimiento de mis labios provocaba ovaciones multitudinarias y estridentes. Mi desbordada y omnipotente imaginación era aclamada con gritos de histeria, desmayos y gestos corporales que expresaban la admiración de ellos hacia mí.

Era yo, la personificación de la humildad, el disidente del populacho, del vulgo ordinario, el macro portento intelectual de todos los tiempos: EL PENDULO DE LAS MARAVILLAS.

Para quien lo dude, tengo este acertijo: ¿Por qué la mariposa es un reptil que camina erguido? ¿Tienen la respuesta? ¡Yo sí! ¡Yo sí tengo la respuesta!

¡Eh..! ¡No! ¡Un momento… suélteme! ¿Qué?… ¡No, no! ¡Al manicomio ya no! ¡Por favor, al manicomio otra vez, no! ¡NO, NO, NO! ¡NOOOOOOOOOOOO!

 


La bufanda

Autor: Maynor Xavier Cruz
12 de Marzo 2017.

La idea de los perros sueltos fue mía, no entiendo por qué culpan a papá.

Yo sabía que mamá llegaría a las ocho de la noche y faltaban quince minutos para eso. En ese momento papá estaba frente a la compu, jugaba solitario; la cena la tenía preparada desde las siete y media; me preguntó si comería y le dije que hasta que llegara mamá, para que cenáramos juntos los tres. Me dijo que estaba bien. Y siguió en su juego.

Le pregunté a papá si podía darle de comer a los perros; me contestó que sí, que había pedigrí en una bolsa. Lo encontré y dividí el contenido en dos platos.

Cuando llegué al patio, los perros le ladraban a la gata del vecino que nunca me gustó, pues siempre encontraba el modo de entrar a mi cuarto y me hacía destrozos, de paso, se orinaba en mi cama. Por eso pensé en vengarme.

Les di poquita comida a los perros, para que tuvieran hambre y pudieran comerse a esa gata peluda.
Abrí la jaula del perico, para ver si caía en mi trampa, no importaba si el perico muriera, pues podíamos reponerlo con otro.

La gata cayó en la trampa.

En eso, solté a los perros. Para que nadie se diera cuenta, me fui al cuarto. Y quise vestirme a la moda y darle una sorpresa a mamá. Tomé mis lentes oscuros y busqué una bufanda, pero no la hallé; el relajo en el patio era sorprendente, por eso quise ver cuando se comieran a esa gata; mi papá no se movió de su silla, a él también le caía mal la felina.

Salí de mi cuarto y, desde la cocina, vi cómo devoraban a ese animal.

Los vecinos estaban sorprendidos de ver su gata comida por nuestros perros.

El señor de la otra casa tocó a la puerta, para quejarse con mi papá; no quería que sospecharan de mí, por eso me fui al refrigerador, tomé las salchichas y las usé como bufanda.

Escuché que se dirigían al patio; por eso me les adelanté, y vestida de esa moda me vieron gritar a los perros que se calmaran; cogí las pocas plumas que quedaban de mi perico, me arrodillé y lloré frente a ellos.

Mi padre me gritó que volviera a la casa, pero en ese momento, los perros se abalanzaron sobre mí. Nadie pudo detener a los dos perros que acabaron con las salchichas y también conmigo, rasgándome la ropa y destruyendo mis lentes.

Cuando mamá llegó a casa, mi papá me llevaba en brazos al hospital, pero yo iba sin vida.

Lo más lindo de morir a los nueve años fue que impuse una nueva moda al usar salchichas como bufanda, y este ataúd combina con el vestido amarrillo que me compró mamá para mi entierro. Hubiera querido que también me consiguiera otros lentes oscuros.

Por suerte nadie me culpa de la muerte de la gata ni la del perico. Pero, en serio, papá no tuvo la culpa de haber soltado los perros.

 


Penélope (o la espera infinita).

Autor: Omar Alí Moya García
06 de Marzo 2017.

Sólo gana su Libertad y su existencia
quien la reconquista todos los días. (Goethe).

No se impacienta. Sentada junto al muelle en una banca oxidada, la brisa del mar golpea su cara, demacrada por el tiempo. Ha visto caer y resurgir los imperios en su eterna paciencia y espera. Hace cientos y cientos de años vio llegar miles de nuevas caras bajando de los barcos, adueñándose de todo lo que había al alcance hasta donde diera el horizonte. En aquel entonces, no existía la banca, sino que, sentada en una piedra y con el pelo suelto, aguardaba con paciencia sin apartar la mirada a lo lejos del ocaso, esperando algo. Con el tiempo, se levantaron nuevas luces y enormes castillos adornaban las cercanías del muelle con ondeantes banderas, ya ni estaba la piedra. Habían instalado una banca hecha de madera y allí seguía aguardando.

Cayeron monarcas uno tras otros, y nunca se movió de ahí, incluso con los siglos cuando se trazó la ruta de un nuevo invento llamado ferrocarril, se desviaba por el punto donde la eterna banca de la espera era ocupada por Penélope. Vio caer los inviernos y resurgir la primavera una y otra vez. Años después, estalló la guerra, la Gran Guerra, y Penélope vio caer tantos hombres a sus pies y nunca se movió del lugar, llego una paz temporal. Las autoridades decidieron instalar bancas metálicas cerca del muelle, una de las cuales ocupó la mujer paciente. Vio estallar la Segunda Guerra, y los cientos de aviones que sobrevolaban la ciudad que era bombardeada a diestra y siniestra. Terminó la guerra el día en que Penélope sintió un frío seco entrar por los poros de su piel, mientras a lo lejos, un hongo luminoso adornaba el firmamento.

Fue testigo de tres golpes de estados posteriores. Vio a la muchedumbre levantarse enardecida contra el tirano de turno, y ella estaba en la eterna paciencia sentada en la banca el día en que un barco famoso, cargado de pasajeros se hundió frente a las costas del mar donde ha aguardado. Un día, allá en la década del 60, un grupo musical de jóvenes británicos se tomaron una foto cerca del muelle, ahí a lo lejos puede observarse a Penélope perder la mirada hacia el horizonte, sentada en la misma banca. Sintió los cambios y no se movió. Ahí siguió, aun cuando cerca del muelle mataron a un presidente y procuraron evacuar todo el lugar. Sólo Penélope quedó en el sitio. Actualmente, llegan muchos jóvenes a tomarse fotos a este muelle.

Más de uno lo ha hecho sentado en la banca donde aguarda ella. De vez en cuando desvía la mirada a un lado para observar al que se está fotografiando, pero no dice nada. Penélope no se impacienta. Pero no te asustes si al pasar cerca del muelle, exactamente en la banca más vieja vas a observar a una mujer que está dispuesta a esperar el infinito, no te asustes si al pasar ella, hace un gesto y te llama a que te acerques y toque tu cara y te diga con la mirada confusa: ¿Eres tú, Ulises?

2016.


El enigma de la biblioteca

Alberto Juárez Vivas

Si esta biblioteca pudiera hablar y contara todos los acontecimientos misteriosos que han ocurrido en ella, en sus pasillos anchos y retorcidos, en los estantes de libros, donde en muchas ocasiones se vio reflejada en el piso, la sombra de alguien que no estaba. O las mesas y las sillas ordenadas deliberadamente en cruz, sin que nadie pudiera brindar una explicación de lo sucedido.

Lo cierto es, que al caminar por los pasillos, un aire helado nos pellizca, como lo hacen los zancudos, y se siente como si alguien saludara, nos acompañara. Hay quien ha vuelto su rostro hacia atrás, después de haber sentido en la espalda como una palmada.

Juan Bautista, el bibliotecólogo, define estos hechos como algo que sucede cuando el sol es demasiado sofocante, o como fenómenos producidos por los estados de ánimos de las personas. Sin embargo, en cierta ocasión, tuve una de las más raras experiencias.

Me encontraba en una de las mesas de la sala de lectura, concentrado en los cuentos de terror de Edgard Allan Poe. Las ventanas, donde las cortinas brillaban por su ausencia, desprendía un resplandor poderoso que cegaba. El viento entraba borracho, estrellándose fuerte con lo que encontraba a su paso. Sentí de pronto la necesidad de escribir; saqué una hoja blanca de mi maletín, busqué mi lapicero en las bolsas de la camisa, en las del pantalón, debajo de la mesa, pero no pude encontrarlo. Debí dejarlo en casa o talvez lo extravié en algún sitio. Me encontraba en aquella búsqueda imposible, cuando de repente se acercó hasta mí, una muchacha pelirroja, regalándome una sonrisa provocativa y, cuando reía, en su mejía izquierda se pronunciaba un hoyuelo que la hacía lucir más atractiva. Vestía de pantalón azul bastante ajustado, mostrando curvaturas casi perfectas, una blusa blanca y unos mocasines negros…

—¿Le sirve éste? –me dijo extendiéndome un lapicero negro.

—¡Oh, gracias! No se hubiera molestado –le dije.

—No es una molestia, es un placer –me respondió sin quitarme los ojos de encima.

En fracciones de segundos, mi inquietud extendió sus tentáculos sobre la mesa. Le sugerí que podía tomar asiento, lo que hizo al instante. La plática que sostuvimos en el transcurso de la tarde, se revistió de preguntas de reconocimiento. Supe, entonces, que su nombre era Matilde, que le gustaba mucho la lectura y escribir poemas y cuentos. Francamente, yo casi no abrí la boca, porque inexplicablemente, ella sabía todo de mí, desde mi hobby favorito, hasta los lugares que más frecuentaba los fines de semana. Me preocupó un poco. Algo no estaba bien en aquel encuentro. Sin embargo, salimos a la calle y le propuse, como por instinto, acompañarla hasta su casa. Ella respondió, como si esperaba mi propuesta. Caminamos por todas las calles de la ciudad. Doblamos, seguimos recto, saludé a uno que otro amigo, hasta que al final de una calle solitaria, divisé la carretera.

—Al fin llegamos –me dijo–. Ahí es mi casa.

Me señaló una casa al otro lado de la carretera. Una casona rodeada de árboles y alambradas.

—Muchas gracias –me dijo.

Cruzó la ancha calle y se internó en aquella vivienda solitaria y misteriosa.

Esa fue la única vez que la vi. Sus ojos tristes, sus hoyuelos transparentes desaparecieron inexplicablemente de aquel entorno de libros y papeles. Mis visitas a la biblioteca fueron más numerosas, pero mi interés era más por volver a ver a Matilde. Le pregunté a Juan si la conocía, se la describí con lujo de detalles por si la miraba llegar, pero no sirvió de nada. Pasaron los días, las semanas, y mi obsesión por volver a tener de frente a la bella pelirroja, crecía entre mis cosas como una enramada. Tenía que verla pronto, algo en mi interior no estaba bien. Aquel encuentro impredecible se estaba convirtiendo en un enigma.

Luego de someterme a una severa introspección, decidí visitarla, pensando que tal vez enfermaría. Abordé un taxi que me dejó a dos cuadras de su casa. Seguí a pasos lentos. A medida que me acercaba, el aire era como un alarido en mi pulso. Un perro salió de pronto de unos matorrales y me sobresaltó. Abrí un pequeño portón de metal, caminé como diez pasos hasta llegar a la puerta de la casa. Toqué suavemente con el puño de mi mano derecha.

—Buenas tardes. Buenas tardes –llamé con mucho sigilo.

Una señora de unos sesenta años me abrió la puerta.

—¿Qué se le ofrece? –me preguntó con una voz áspera.

—Disculpe, señora, hace unos días tuve el placer de conocer a una muchacha de nombre Matilde, me dijo que vivía aquí; como no he vuelto a verla, decidí visitarla –le expliqué.

Aquella señora me miraba de una manera difícil de explicar, como con desprecio. Sustrajo un pañuelo de una de las bolsas de su vestido, se lo llevó al rostro y comenzó a llorar. Luego, dio la vuelta y se sentó en uno de los sillones de una pequeña sala. Yo la seguí, mas desconcertado que un sacerdote; sostenía un cuchillo ensangrentado en una de sus manos.

—Señora, ¿qué le sucede?

Le pegunté varias veces, hasta que de repente dejó de llorar. Permaneció unos segundos inmóviles, se incorporó bruscamente y, tomándome de la mano, me llevó hacia otro extremo de la sala, donde colgaban varios retratos. Me señaló un cuadro que estaba en el centro de la pared, y me preguntó:

—¿Es ella? ¿Es esa la que usted conoció?

Me acerqué al cuadro gigante. Vi a Matilde con un vestido celeste de escote, entre sus manos sostenía un ramo de flores; el hoyuelo en su mejilla izquierda, por el que me estaba volviendo loco, irradiaba como una llama viva.

—Sí, es ella. Es la que conocí en la biblioteca.

La señora, por unos instantes, vio el cuatro, mientras guardaba sus lágrimas en el pañuelo.

—Escuche –me dijo–, yo soy la madre de Matilde. Es imposible que usted la haya visto.

—¿Por qué, señora? Estoy seguro que es ella.

—Matilde falleció hace año y medio –me dijo, mirándome fijamente a los ojos–. Al caer de unas gradas, quiso protegerse con los brazos, sin percatarse que en una de las manos llevaba un lapicero negro, clavándosele en el pecho.

¿Cómo salí de aquel lugar? No lo sé. Si fue alucinación por mis estados de ánimo, tampoco lo sé. Solo conservo un lapicero negro, que me llegó de quien sabe dónde. Lo demás, aún no lo comprendo.