Alfa y omega

cajinamixter

Nací en Bluefields por un accidente demográfico, endespués, hasta donde me alcanza la memoria, viví en el barrio Larreynaga, el apellido de un nicaragüense prócer de la independencia centroamericana, que vivió y murió en Guatemala, quien apostaba por el fin del dominio de la invasión española, a la que 500 años después, se le llamó «reencuentro de dos culturas».

En aquel barrio, donde doña Micaela había comprado una casa y le dio posada a su hija, mi madre, quien había parido ya 8 hijos de 9 en total.

La Balacera era el nombre de una de las esquinas por donde yo vivía en aquel barrio. Mucho tiempo después caí en cuenta, no se trataba de una acera lavada con agua y jabón al estilo coronavirus, sino de una de las expresiones de violencia callejera, que contribuyeron a moldear la conciencia social y el carácter del nicaragüense promedio.

Luego, sin magia alguna, aparecí viviendo en el barrio Blandón, allá por donde construyeron años después, el cine Colonial, donde Tiburón y Rocky eran posible en un solo matiné, después de haber sido estrenada cinco meses atrás en otras salas. Ahí, en el barrio Blandón, quedaba la casa de la tía Luz, que vendía fresco de cacao y arroz con piña en el mercado Central de la Managua antes del terremoto.

Mi madre, costurera emprendedora desde 1965, antes de que las ONG pusieran de moda ese término en los 90, tomó una casa al crédito en la colonia 14 de septiembre, la que junto a mi barbero padre pagaron durante 20 años al INVI, a punta de tijeras. A los 17, gracias a una misión cristiana, habitaba yo en una zona de la naciente clase media, era muy joven y sin mover un solo dedo, ya era parte de la población a la que la guardia pretoriana del tirano de turno, le temía.

Una chinita preciosa que estudiaba conmigo, llamada Elizabeth Rodríguez, me convenció en 1978 de pertenecer al movimiento revolucionario, al que miré entrar victorioso un año después; desde el campanario de la vieja catedral de Managua hice sonar aquel bronce ondulado, momento grabado en la memoria colectiva de aquella jubilosa generación, captada por la prensa mexicana.

32 semanas después, me fui a enseñarle a leer a los campesinos de quienes me enamoré para siempre. Al siguiente año, creyéndome revolucionario, abandoné el teatro y la música para irme disfrazado de soldado a la guerra, de donde con suerte, volví sin la compañía de medio centenar de camaradas, que sacrificaron su existencia por un sueño legítimo que quedó pendiente: el de un país libre donde la gente viviera pijudo.

De regreso, quería volver hacer arte, pero me enviaron a una unidad militar llamada Coro de Ángeles, de donde me dieron de baja a los 4 días después, por autoproponerme, de manera deliberada, para ser mando, lo que era totalmente inusual y prohibido en una dinámica impuesta y extremadamente vertical. Desde entonces, gracias a aquella provocación, me calificaron como anárquico liberal y débil ideológicamente, lo que me causó en vez de molestia «reflexiva», gracia.

Luego de algunos meses, me enviaron al norte ‒donde se desarrollaba la guerra con mayor intensidad‒ durante dos años, integrando una brigada cultural con implicaciones militares. La actividad fundamental de esta brigada fue: hacer cultura y conciencia colectiva, dirigida a campesinos y al pueblo en armas que participaba, algunos de manera voluntaria y otros a la fuerza, en aquella injusta guerra entre hermanos.

Al volver a la capital, me reintegré a laborar en una empresa estatal, donde después de un buen discurso que pronuncié ante los trabajadores a favor de los desposeídos, un sindicalista de esos que decidían, dijo que yo era el hombre que debía ir a Moscú a estudiar Filosofía y Economía del trabajo. Pero, paralelamente, mi camarada Plinio Suárez me propuso, en el umbral de su carreta ante cienes de jóvenes, para integrar el Batallón de Lucha Irregular (BLI) Rufo Marín.

Al regresar de la desaparecida Unión Soviética, Pedrito, un grato personaje a quien yo siempre asocié con alguien de la estatura de Leonel Rugama, el autor de la frase: «Que se rinda tu madre», me propuso me hiciera cargo de un movimiento cultural que llevaba el nombre del héroe. Yo lo llamaba Pedrito, porque en mí generaba, contrario a su tamaño, un cariño gigante.

Sin embargo, para infortunio o fortuna mía, un alto dirigente lo sustituyó y, como suele suceder en los movimientos que se tornan burocráticamente revolucionarios, por inercia, se van también sus pupilos. Y me fui.

Un par de años después, la llamada revolución se perdió, llegó a su fin e inició, entre otras cosas, según convenga, el regreso a casa de centenares de estudiantes y campesinos que participaban en la guerra, la redistribución de bienes, la expulsión sin piedad de empleados o trabajadores que habían simpatizado con la llamada revolución popular. También se presentó la crisis de supuestos valores revolucionarios, el principio de la evolución y recomposición de algunas expresiones del poder recién desplazado; y el insospechable nacimiento de Sísifo como tendencia que reinicia, una y otra vez, el conflicto entre nicaragüenses. Todo, en medio de los contradictorios y naturales aires democráticos, en su intento de inundarnos.

Mayo del 2020, Managua, Nicaragua.