Contando en breve

Cristian Charlot Molina Bello

Dejavu

Todos los días, al despertar por la mañana, y aún en mi cama como un gesto casi instintivo, inhalo aire reflejo de mi vulnerable existencia; siento la necesidad involuntaria de expulsar los desechos tóxicos que mi cuerpo juzga de inservibles. Una vez concluida mi ablución matinal rutinaria, la imaginación me arrebata a otros sitios lejos de mi espacio físico.

Me encuentro caminando en una callecita en algún lugar, que seguramente visité en una vida pasada, disfrutando del ir y venir de la gente, las risas, las aves en la plaza, los turistas y los flashes de sus cámaras que capturan las imágenes congeladas para siempre en la memoria. Puede ser Paris, Madrid, Italia, no lo sé… Y, sin embargo, me parece tan familiar esta escena, como si fuera un Dejavu.

El olor del café recién colado me trae de nuevo a mi realidad, tiro la palanca de mi toilette como resignándome a continuar mi rutina sin más novedad, con el consuelo que siempre me podré refugiar en algún lugar ignoto, lejos de esta anodina vida que me tocó vivir.

Protagonista

Magali estaba sentada en la oficina, tenía una mirada indiferente. A sus trece años ya había experimentado el dolor de estar viva y la crueldad humana. Era la cuarta de media docena de hermanas que habían sufrido los mismos vejámenes, su cuerpo frágil y escuálido no mostraba el verdadero carácter de su hazaña.

—Sé que no volverá a lastimar a nadie –respondió.

—¿Cómo estas tan segura?

De un envoltorio sanguinolento, mostró el falo infame desprendido del agresor.

El Ungüento

Después de un día de trabajo, todos buscamos el retorno a casa. La mayoría hicimos uso del transporte público. Un mar de gente que se confunde entre olores y el bullicio de los vendedores ambulantes, que te ofrecen cualquier chuchería para calmar el hambre, o un artículo inútil para entretenerte.

Estábamos esperando la salida, algunos meditabundos o adormecidos, cuando se oyó una voz estridente. De entrada, promete que no va a quitar mucho tiempo y agradece la atención que se le preste. En su introducción enumera las bondades del ungüento que ofrece y anuncia el «día de suerte», porque el producto lo lleva en oferta, «precio especial y único». Algunos lo oímos con displicencia; la señora a mi lado, a punto de adquirir el supuesto ungüento milagroso, me dice:

—Está barato, ¿verdad? Para mis dolores de huesos.

Esbozo una sonrisa forzada. Por más deseos que tenía de explicarle el fraude, no tenía caso. A la señora la delató el olor penetrante de la divina medicina, según el vendedor de bus, que ya se había untado.

No me quedó más que soportar aquel olor, que me acompañó durante todo el viaje.