En breve, desde La Habana

Jorge Ernesto Yzquierdo Miller /
La Habana, Cuba

Cabeza

A uno de los tipos más energúmenos de mi pueblo le sucedió una cosa muy extraña, un tomate nació en el centro de su cabeza, pero no interiormente, sino, sobre la mollera. Aquel vegetal comenzó a desarrollarse de manera acelerada, logrando en poco tiempo una saludable apariencia y tamaño significativo, ya casi alcanzaba la longitud y el peso de una calabaza mediana. Su color era hermoso y su piel tersa, entonces, aquel individuo pensándose importante por tener una hortaliza encima de la testa multiplicó su estado de idiotez, antipatía y soberbia con sus convivientes y vecinos.

Un día, a fines de un mes cualquiera, la esposa se vio muy abrumada para lograr satisfacer las demandas alimentarias de su familia. La permanente subida de precios y las ausencias de productos básicos, la empujaron a tomar una drástica decisión. Aferrando el cuchillo mayor que pudo encontrar en la casa, cercenó de un solo tajo la cabeza de su marido, separó el tomate del cráneo y lo pegó al tronco. Aquella noche después de la cena, todos alabaron el sabroso guiso de cabeza.

Ahora, en el pueblo todos aclaman a «Cabeza de Tomate» como el tipo más servicial y bien llevado de aquella localidad.

El tiempo, siempre el tiempo

Con la cabeza en la almohada era momento de recapitular, si, de sacar penas, alegrías y verdades a la luz de su alma. El tiempo, constantemente el jodido tiempo gobernando todo y a todos. Quién podía entenderlo, un día estabas aquí y mañana… quién sabe. Pero la vida tenía que vivirse como fuera. Sintió a su costado el jadear asmático de la esposa, ya eran 30 años juntos.  Era una buena mujer y siempre lo había sido, pero el tiempo ya la estaba castigando. Eternamente el tiempo; el gran mutilador absoluto. No reflexionó en esos momentos por la frescura marchita de la pasada juventud, no estaba pensando en senos estriados y fláccidos, un pubis canoso, despoblado, en nuevos olores, arrugas multiplicadas y otras cosas. En su mente una sola idea patrullaba, por más que estrujaba su cerebro no aparecía lo justo. Hasta que en alguna remota circunvolución de su materia gris centelleó una chiribita, un poco de la verdad. Ella nunca le había dicho te amo.

Conformidad

Plegó la cortina suavemente para aceptar al recién brotado día en la habitación, un fosco hálito asaltó su nariz con miles de olores; el estómago se le revolvió por la mezcla de orines trasnochados, mierda de perro, frutas podridas, humo de autos, inmundicias desparramadas y emanaciones del azufrado lago, no pudo evitar un pensamiento sensible: valía la pena ser invidente, pues si aquellos «aromas» insoportables a su nariz eran el aliento, cómo podría ser de aterrador el rostro de Managua.