Soy uno más que se une

Alberto Juárez Vivas 

Búsqueda del verbo

Aníbal regresó robusto de su muerte. Rosa sigue esperando su retorno. Juan mira su reloj y se entristece. Tobías toma café frente a la fogata. Guillermo tose mientras limpia su lanzamorteros. María manda un mensaje a la Luna. Carmen piensa que no es ella la que ve en el espejo. Pedro enciende un cigarro y se consume. Rodrigo no llevó el encargo a su padre. Carlos se rasca la cabeza y espanta una mosca. Julio abraza a rosa que sigue esperando su retorno, mientras Juan piensa que es la hora de su velorio. De pronto, la metralla. Dispersión. Cacería. Pero escabullen y regresan al destino, la calle, la barricada. Todo ha regresado en este instante y continúa la búsqueda del verbo, del hombre nuevo.

Revista de ambiente

Mi abrigo es una calma espantosa que acaricia los contornos. Debo procurar el día, arrastrarlo con premura, antes que lleguen los caballos con ruedas y la carreta nagua con su espectro metálico.

Soy uno más que se une a la fachada de una ciudad de muertos y silencio, por donde camina el pobre con su miseria invernal hacia el día prometido, el día en que su hambre solo sea una pesadilla que concluye al despertar.

Debo ser un asunto entre dientes, un adjetivo perdido entre la carne, una señal de alto riesgo para el déspota y sus secuaces. Ahí, en la esquina del humo, donde las virutas del odio se incrustan en la costilla, donde los esbirros estrangulan los pañuelos blancos, donde permanece encendida la pupila.

Mi tristeza pasa saludando con su mano de piedra a los que murmuran en el atrio de la catedral. También vi triste a las palomas; la fuente del parque mutilada de ausencias. Y de pronto, la sirena de los bomberos que anuncia otro día partido a la mitad.

Guadalupano en abrazo con la virgen de tu sombra. Ermita de dolores siempre de pie ante el verdugo plomo. Coyolar llora porque no se puede olvidar. Lágrimas de insomnio y gritos se derraman en la calle adoquinada, llena de vidrios quebrados. En la Marcoleta y en Sutiaba ya no hay barricadas que pintar en el lienzo de la carne, pero una enorme muralla de ojos permanece desde siempre, de pie, en espera urgente del latido.

Bienaventuranza cabalgando con el cadáver de este momento enfermo, en mitad del dolor que me circunda. Camino sobre los vidrios fraccionados, saludo al de la hulera que desciende sigiloso hasta la cantera donde se esconde, a la anciana que descubre un muerto como el suyo en el mismo agujero.

Mientras tanto, el homicida se esconde en la uña y sale cuando escucha cantar a los chavalos. El día se arrastró en mi piel y mordió con tremenda furia mi rutina. Y me hizo creer, que el paso hacia la carne es el mejor dilema que, aunque el sonido de disparos estrese los cuerpos revelados, puede más la noche con sus huesos y sus cascabeles.

A la orilla del crepúsculo

El humo dejó en paz al viento. El viento sacudió su melena como si despertara de un sueño a otro. Pero el corazón duro, siguió lanzándose contra todos en frecuencia interminable.

―¡Ven, señor! ¿Por qué tardas tanto? –gritan las vivanderas del mercado central. Mientras el horizonte se levanta otra vez pintado de azul y con la melena blanca.

Todo huele a muerte y persecución. Hasta a mi espina dorsal llegan los lamentos. No hay una sombra y en las esquinas sin rostros, emerge como fuego la consigna maternal. El hombre, para otro día de carreras, deja su canción definida.

Hacia otra ciudad van huyendo los chavalos, aquí no hay libertad. Yo también me oculto y me encierro a la orilla del crepúsculo, cargando desolación de todo un pueblo.

Todo lo veo

No podría conquistar la luna, pero sí la prudencia del anciano, aunque también cueste una muerte.

Quienes marcharon al otro lado, cargaron una piedra o un crucifijo. Con tanta patria goteando sangre, me uno a la bandada en correrías, mientras los calabozos se llenan de conciencias que extrajeron de sus casas o raptaron en las calles.

Todo lo veo. Hay sepulcro y rabia. Veo lucha en pleno vuelo por la vida. Hay asesinos sueltos en busca de la carne y de la palabra. Sus rostros están cubiertos de mentiras.

¡Ay, qué tanto sufrir! Vivimos espanto en cada instante. Uno, dos, muchos jóvenes que cayeron en batalla desigual. Jóvenes que no pudieron despedirse de sus madres, dejaron la vida o están prisioneros. Hubo una madre que murió, mientras el hijo la llamada desde la cárcel.

Todo lo veo. Por ejemplo, veo que jóvenes están condenados por cantar alegres a la patria.

 

(Del libro de prosemas inédito, Consummatum est).