Los amigos esquineros de mi barrio

cajinamixter

En Julio de 1972 cumplí 11 años. Pecoso y escuálido con ojos de gargajo, como me llamaban los chavalos de mi barrio. Toño Miranda, un vecino, ordenaba a sus hermanos menores que me golpearan. Irónico, el verde gargajo de las aguas marinas le arrebataron su existencia algunos años atrás, cuando yo iniciaba mi primaria y jugaba por las tardes en las calles de la Colonia 14 de Septiembre.

A los chavalos de mi barrio se les nombraba según el apellido de la familia, o por sus connotaciones físicas. En una esquina vivían los Chamorro, que eran como quince. Tenían una fama de bochincheros, eso hacía que todo el mundo no se metiera con ellos. Eran dueños del televisor más grande de la calle, en el que sintonizaban telenovelas a eso de las cinco de la tarde, las que no me perdía desde el vértice del ladrillo, sobre el cual descansaba la puerta de la sala.

La primera de la tanda era la de José Vardina y Rebecca González, en Una muchacha llamada Milagro. Luego seguía María Teresa, y después El derecho de nacer, con mamá Dolores y el Dr. Limonta. Fue ahí donde presencié tres capítulos a escondidas de mi padre quien entendía que la TV era la caja del diablo.

También, como vecinos en otra esquina estaban «los monitos», bautizados así, por los Chamorro. Era una familia de padres profesores; no eran afrodescendientes caribeños, pero sí tenían la piel de marcado ébano. Eran como ocho chigüines, quienes, siguiendo la tradición vecinal, un día trajeron a vivir a su casa a un primo de piel blanca y un tanto corneto. Este también empezó a llamarle a sus primos, con traicionera burla, «los monitos». Pero la traición fue desapercibida por los Chamorro y en un acto de justicia, al chele y corneto, lo bautizaron «mono carablanca». Jamás volvió a mofarse de sus primos.

En otra de las esquinas vivía Bayron que tenía un hermano mayor, Fernando. Con el primero, construimos en el patio de su casa enormes cuevas entre plantas y árboles, donde cocinamos entre piedras, comida que lograba sacar de su casa, hasta que su hermano aparecía y nos invitaba a platicar cosas que no eran de chavalos. Fue por él que supe que mi padre tenía sexo con mi madre, y espantado lloré toda esa noche, cuando solo tenía siete añitos. Me dijo que lo hacían como los perros y que también les echaban agua.

También llegaba a jugar a la cueva «el pelón», un niño vecino que vivía al lado de donde doña Lucy, la mamá de Bayron y Fernando, quienes se burlaban de mi ingenuidad; por ellos supe que Santa no existía y que, en vez del niño Dios, quien traía los juguetes eran papá y mamá. Pero, con eso no tuve problemas, porque en mi casa no había plata para juguetes.

Como mi padre era también predicador, yo repetía todo su sermón, entre pláticas y prédicas al «pelón» y a Bayron; decía que Fernando se me parecía al hijo pródigo por su aspecto despreocupado. Todos sonrían, pero siempre rechazaban mi invitación a orar antes de irnos a nuestras casas.

Bayron se hizo un excelente anestesiólogo y abrazó el evangelio, del que me divorcié para siempre; Fernando se suicidó y «el pelón», es decir, Omar Duarte, se hizo pastor de una iglesia llamada Ríos de Agua Viva.

En otra esquina vivía Héctor, mi mejor amigo entre los cuatro y los siete años, hijo de doña Estelita y nieto de doña Jerónima, quien por las noches me gritaba furibunda, que me bajara del palo de mango de rosa, donde por las noches yo terminaba de cenar, porque en mi casa éramos diez, más un primo, un tío y un refugiado, por tanto, la ración de comida era simbólica por las noches.

Aunque doña Estelita que había sido viuda, tenía dos hijos. Héctor fue uno ellos, hijo único de su padre del mismo nombre, el marido actual de ella. Este le daba muchos regalos a su hijo; una vez le obsequió una increíble bicicleta de dos ruedas, la que aprendí a manejar antes que su dueño; cuando él aprendió, ya no quiso prestarla más, hasta que le ofrecí confiarle el secreto de cómo soltar las manos del manubrio. Le dije que yo tomaba unas cápsulas para lograr la proeza; por cada hora que me la prestara, yo le daría una para que lograra lo mismo que yo. Pero, se trataban de celofán de mi madre.

Al tercer día, Héctor aprendió a soltar las manos y se negó a prestarme más la bicicleta, pues ya no necesitaba aquellas benditas cápsulas. Por mi parte, le advertí que, si no seguía tomándolas, se caería. Pero nada, no cedió, para mi desgracia infantil.

Días después, Héctor se pegó una malmatada en la bici, los raspones le pasaron doliendo cada luna llena.

 

Managua, Nicaragua, abril 2020