El enigma de la biblioteca

Por: Alberto Juárez Vivas

Si esta biblioteca pudiera hablar y contara todos los acontecimientos misteriosos que han ocurrido en ella, en sus pasillos anchos y retorcidos, en los estantes de libros, donde en muchas ocasiones se vio reflejada en el piso, la sombra de alguien que no estaba. O las mesas y las sillas ordenadas deliberadamente en cruz, sin que nadie pudiera brindar una explicación de lo sucedido.

Lo cierto es, que al caminar por los pasillos, un aire helado nos pellizca, como lo hacen los zancudos, y se siente como si alguien saludara, nos acompañara. Hay quien ha vuelto su rostro hacia atrás, después de haber sentido en la espalda como una palmada.

Juan Bautista, el bibliotecólogo, define estos hechos como algo que sucede cuando el sol es demasiado sofocante, o como fenómenos producidos por los estados de ánimos de las personas. Sin embargo, en cierta ocasión, tuve una de las más raras experiencias.

Me encontraba en una de las mesas de la sala de lectura, concentrado en los cuentos de terror de Edgard Allan Poe. Las ventanas, donde las cortinas brillaban por su ausencia, desprendía un resplandor poderoso que cegaba. El viento entraba borracho, estrellándose fuerte con lo que encontraba a su paso. Sentí de pronto la necesidad de escribir; saqué una hoja blanca de mi maletín, busqué mi lapicero en las bolsas de la camisa, en las del pantalón, debajo de la mesa, pero no pude encontrarlo. Debí dejarlo en casa o talvez lo extravié en algún sitio. Me encontraba en aquella búsqueda imposible, cuando de repente se acercó hasta mí, una muchacha pelirroja, regalándome una sonrisa provocativa y, cuando reía, en su mejía izquierda se pronunciaba un hoyuelo que la hacía lucir más atractiva. Vestía de pantalón azul bastante ajustado, mostrando curvaturas casi perfectas, una blusa blanca y unos mocasines negros…

—¿Le sirve éste? –me dijo extendiéndome un lapicero negro.

—¡Oh, gracias! No se hubiera molestado –le dije.

—No es una molestia, es un placer –me respondió sin quitarme los ojos de encima.

En fracciones de segundos, mi inquietud extendió sus tentáculos sobre la mesa. Le sugerí que podía tomar asiento, lo que hizo al instante. La plática que sostuvimos en el transcurso de la tarde, se revistió de preguntas de reconocimiento. Supe, entonces, que su nombre era Matilde, que le gustaba mucho la lectura y escribir poemas y cuentos. Francamente, yo casi no abrí la boca, porque inexplicablemente, ella sabía todo de mí, desde mi hobby favorito, hasta los lugares que más frecuentaba los fines de semana. Me preocupó un poco. Algo no estaba bien en aquel encuentro. Sin embargo, salimos a la calle y le propuse, como por instinto, acompañarla hasta su casa. Ella respondió, como si esperaba mi propuesta. Caminamos por todas las calles de la ciudad. Doblamos, seguimos recto, saludé a uno que otro amigo, hasta que al final de una calle solitaria, divisé la carretera.

—Al fin llegamos –me dijo–. Ahí es mi casa.

Me señaló una casa al otro lado de la carretera. Una casona rodeada de árboles y alambradas.

—Muchas gracias –me dijo.

Cruzó la ancha calle y se internó en aquella vivienda solitaria y misteriosa.

Esa fue la única vez que la vi. Sus ojos tristes, sus hoyuelos transparentes desaparecieron inexplicablemente de aquel entorno de libros y papeles. Mis visitas a la biblioteca fueron más numerosas, pero mi interés era más por volver a ver a Matilde. Le pregunté a Juan si la conocía, se la describí con lujo de detalles por si la miraba llegar, pero no sirvió de nada. Pasaron los días, las semanas, y mi obsesión por volver a tener de frente a la bella pelirroja, crecía entre mis cosas como una enramada. Tenía que verla pronto, algo en mi interior no estaba bien. Aquel encuentro impredecible se estaba convirtiendo en un enigma.

Luego de someterme a una severa introspección, decidí visitarla, pensando que tal vez enfermaría. Abordé un taxi que me dejó a dos cuadras de su casa. Seguí a pasos lentos. A medida que me acercaba, el aire era como un alarido en mi pulso. Un perro salió de pronto de unos matorrales y me sobresaltó. Abrí un pequeño portón de metal, caminé como diez pasos hasta llegar a la puerta de la casa. Toqué suavemente con el puño de mi mano derecha.

—Buenas tardes. Buenas tardes –llamé con mucho sigilo.

Una señora de unos sesenta años me abrió la puerta.

—¿Qué se le ofrece? –me preguntó con una voz áspera.

—Disculpe, señora, hace unos días tuve el placer de conocer a una muchacha de nombre Matilde, me dijo que vivía aquí; como no he vuelto a verla, decidí visitarla –le expliqué.

Aquella señora me miraba de una manera difícil de explicar, como con desprecio. Sustrajo un pañuelo de una de las bolsas de su vestido, se lo llevó al rostro y comenzó a llorar. Luego, dio la vuelta y se sentó en uno de los sillones de una pequeña sala. Yo la seguí, mas desconcertado que un sacerdote; sostenía un cuchillo ensangrentado en una de sus manos.

—Señora, ¿qué le sucede?

Le pegunté varias veces, hasta que de repente dejó de llorar. Permaneció unos segundos inmóviles, se incorporó bruscamente y, tomándome de la mano, me llevó hacia otro extremo de la sala, donde colgaban varios retratos. Me señaló un cuadro que estaba en el centro de la pared, y me preguntó:

—¿Es ella? ¿Es esa la que usted conoció?

Me acerqué al cuadro gigante. Vi a Matilde con un vestido celeste de escote, entre sus manos sostenía un ramo de flores; el hoyuelo en su mejilla izquierda, por el que me estaba volviendo loco, irradiaba como una llama viva.

—Sí, es ella. Es la que conocí en la biblioteca.

La señora, por unos instantes, vio el cuatro, mientras guardaba sus lágrimas en el pañuelo.

—Escuche –me dijo–, yo soy la madre de Matilde. Es imposible que usted la haya visto.

—¿Por qué, señora? Estoy seguro que es ella.

—Matilde falleció hace año y medio –me dijo, mirándome fijamente a los ojos–. Al caer de unas gradas, quiso protegerse con los brazos, sin percatarse que en una de las manos llevaba un lapicero negro, clavándosele en el pecho.

¿Cómo salí de aquel lugar? No lo sé. Si fue alucinación por mis estados de ánimo, tampoco lo sé. Solo conservo un lapicero negro, que me llegó de quien sabe dónde. Lo demás, aún no lo comprendo.