Deo Gratias

Omar Alí Moya García

«…su espíritu es la hostia de mi amorosa misa,
y alzo al son de una dulce lira crepuscular».

(Ite, missa est. Rubén Darío)

La lengua es de fuego. Las palabras, llamas que se hunden, llegan al tímpano, sofocan el martillo y desestabilizan el yunque. El nervio se activa, hace su trabajo y la piel se engallina. Escalofríos. Dulces escalofríos a lo largo de la epidermis. Brota el sudor. La lengua es de fuego. El tacto en el tacto.

Las manos recorren todos los senderos. El fuego se extiende. Venus entra en pánico. Ya nada puede hacer. La lengua es el fuego. El pánico se extiende en cada pliegue…Venus, ya nada puede hacer.

Primer llamado

Las campanas han sonado a lo lejos. Una bandada de zanates se levanta al golpe dopplereado que anuncia las seis de la mañana. Un coro suena a lo largo de la nave de aquel monstruo gótico que se alza de lleno por toda la ciudad, que raya poco a poco el manto azul del cielo con su cruz puntiaguda y enhiesta que se visualiza de lejos. El fuego asciende por las velas, el murmullo de las paredes ciegas rasga los segundos y el viento arrastra las hojas secas del último laurel de la india que está a un lado de su majestad inquisidora. Ya son las seis y cinco minutos. Angélica se peina frente al espejo: sus grandes ojos verdes brillan en la aún obscura habitación. Sobre la cama reposa un vestido blanco con estampados de amapolas amarillas. El viento abre de golpe la ventana del cuarto y le susurra algo al oído. Angélica se sobresalta. El frío recorre su dermis nacarada. El olor a café invade la casa. Las arañas han empezado a recoger su telaraña y se acomodan en lo alto del tejado. «Es hora de irnos, hija», dice una voz gruesa detrás de la puerta de madera.

El fuego flota y nadie lo ve. Pasa desapercibido entre la gente que se aglomera en el mercado tan de mañana. El mercado está ubicado al sur del parque. Los perros se disputan las vísceras de la matanza reciente. Gritos. Guiños. Angélica parece levitar en medio de la muchedumbre. Hay un olor a amapolas que se mezcla con el tufo del pescado y las verduras podridas.

Las campanas han sonado otra vez. La música de piano se retuerce.

Consagración

«…Yo adoro a una sonámbula con alma de Eloísa,
virgen como la nieve y honda como la mar; …»

 Hoy su vestido se quedó impregnado en mi mente. El blanco de sus manos, sus brazos, sus piernas largas se han quedado posadas en las imágenes convexas de mis pupilas pecadoras. Soy pecador. Me golpeo el pecho una y otra vez, soy pecador.

Ha subido a leer una porción y hay en su boca el hálito de un fruto prohibido para mi boca, mis dientes. Su voz ha hipnotizado mis pensamientos. Cierro los ojos y hay millones de imágenes girando una a una.

Soy tuyo. De pies a cabeza, con toda mi mente y mis entrañas que me punzan. Me consagro entero ante tus ojos, delante de todos, abierto y desnudo.

No te vayas. Quedate.

Mi piel envejece y mi pelo se entristece. No te vayas. Quedate. Como las otras veces que has regado los rosales y has cambiado el agua del florero en la mesa. ¿Sientes el fuego? ¿lo sientes?

Doxología

«…Ojos de evocadora, gesto de profetisa,
en ella hay la sagrada frecuencia del altar…»

La lengua es de fuego. Las palabras, llamas que se hunden, llegan al tímpano, sofocan el martillo y desestabilizan el yunque. El nervio se activa, hace su trabajo y la piel se engallina. La canción se quiebra en medio del día. Hay un nombre que se escurre por el tejado mojado. La lluvia ha roto el silencio. Se desparrama el fuego. La canción tiene un nombre: Angélica…

Angélica…

Angélica…

El eco se filtra entre las paredes y en los ojos de unos testigos inertes, que todo lo ven, todo lo callan, está el asombro. Las monedas han caído de la urna. Treinta monedas de cobre se oxidan debajo de la cama.

Comunión

«…la enamorada esfinge quedará estupefacta;
apagaré la llama de la vestal intacta…»

La mano en la boca. El fuego arde con entrópicas llamaradas. El mundo gira en vórtices nauseabundos. El nervio se activa, hace su trabajo y la piel se engallina. Escalofríos. Dulces escalofríos a lo largo de la epidermis. Brota el sudor. La lengua es de fuego. El tacto en el tacto.

Las manos recorren todos los senderos. El fuego se extiende. Venus entra en pánico. Ya nada puede hacer. La lengua es el fuego. El vestido alza vuelo, intactas las flores que se marchitan en el suelo.

Los ojos absortos de los inertes giran y giran las pupilas. La hostia en la lengua se efervescentea. ¡Silencio, silencio! Ya todos se han ido. Las calles están vacías. El sol golpea los tejados ahora. El fuego. Ahí viene el fuego con sus manos rápidas y sus dedos fogosos. La mano en la boca, la otra en la cintura. El tacto muerde. Muerde y escupe. Muerde y escupe.

La sangre solloza. Las palomas de Castilla han invadido la cámara alta. Dejan caer su mierda por toda la sala mayor. Los libros se caen de los estantes más viejos y empiezan a deletrearse uno a uno entre ellos mismos. Los dedos siguen caminando los senderos del alba. Hurgan. Arañan. Comen. Insaciablemente comen. La sangre se escurre entre los agrietados ladrillos blancos. La sangre huye lejos donde nadie la vea.

*******

¡Deo gratias! Por los alimentos.

¡Deo gratias! Pueden ir en paz.

¡Deo gratias! Por este silencio.

¡Deo gratias! Por la carne en expiación de este día.

¡Deo gratias! Por el sacrificio de no decirles a todos los secretos del fuego, porque quien llega a conocer el fuego es dueño de la carne.

¡Deo gratias! Por el fruto ciego de las entrañas.

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Preludio

En la cocina todos comentan sobre el sermón de la mañana, mientras la anciana prepara una rica sopa de albóndigas de gallina de patio, que luego Angélica llevará al padre Damián.

La misa acaba de terminar…

Angélica se mira al espejo. La pintura en sus ojos se ha corrido por el rostro. El fuego hizo estragos el brillo en las pupilas. La hostia se quebró en las manos del silencio

¡Deo gratias! ¡Deo gratias!