Búsqueda de lampíridos

Henry A. Petrie


ACTO PRIMERO

¡¿Dónde están las luciérnagas?!
¿Vive aquí alguna que aún sueñe,
delire o pregone la caída del líder?

Un paquetito AFA por una luciérnaga.

A punto de fuerza, el orden.
¿Cuál? La crisis tiene su lógica.

ACTO SEGUNDO

Luciérnagas invaden, asaltan
la calma de los cónyuges atormentados,
que lamen sus egos creyéndose soberanos,
mas perversos mienten y juegan
al si yo veo y creo lo que vos no,
la razón es del más fuerte, y punto.

¡Silencio! ¡Silencio! ¡No jodan!

Y los crímenes siguen,
porque el dictador está débil,
su moral no tiene rostro, pero
soplones, batracios y zombis
se revuelcan en arengas fílmicas,
porque así vive, alabado y cantado,
el señor de la dama neblinosa,
el mismo que en su aposento
teje el desenlace de la historia,
la suya que asegura eternidad
o mortalidad como evento de plaga.

Y la voz de la neblina ordena:
—¡Aplástenlos! ¡Aplástenlos!
Nefastos y luciferinos escarabajos.

ACTO TERCERO Y FINAL

Como lámparas para el despertar,
se tendieron en la oscuridad
los escarabajos de luz, lienzo inspirado.

—¿Vive aquí alguna luciérnaga?
—¿Quién pregunta?
—Quien ve el nuevo tiempo.
—¿Y para qué la quiere?
—Para iluminar y llenar de esperanzas.
—No basta, señor, no basta.
—¿Y qué será suficiente?
—Nada. Nada lo es. Pero
todo debe hacerse, para enterrar
ponzoñas, bacterias de chacales;
para que jamás vuelva la dictadura
ni el crimen, el robo, la falsa ley,
que a los banqueros sedujo.
—Así ha de ser, madre dolida,
para que la carroña no vuelva
y se instale el nuevo tiempo.
—Y sanen las heridas hecha fosas,
en cuya profundidad yacen llantos,
y lágrimas, dolores insondables.
—Así ha de ser, madre dolida.
—Entonces, señor, sí están aquí.
No una, sino muchas, una sabana
extendida a los reservorios de energía
de mi regazo frágil.
—¿Puedo hablar con ellas?
Debo rendir honor y gloria a la luz,
al corazón del vuelo y el sueño,
este amanecer que apenas despierta.
—Pase usted, y comencemos a redimir.