Apuntes de antropología cultural desde un balcón español

María Teresa Bravo Bañón

«La antropología cultural, es la rama de la antropología que centra su estudio en el conocimiento del ser humano por medio de su cultura, es decir : costumbres, mitos, creencias costumbres, normas y valores que guían y estandarizan su comportamiento como miembro de un grupo social».

Claude Levi- Strauss

Inauguramos la tercera semana confinados y no sabemos cuántas nos quedan aún. Solo esta vez, cuando hemos descubierto que nuestro propio enclaustramiento colectivo salva vidas, estamos valorándolo, aunque la cifra de  muertos y enfermos nos sobrecoge y cada día esperamos como el parte de guerra de las bajas, nos es un mazazo difícilmente comprensible. Es entonces, cuando nos acogemos a la mínima esperanza, ahora empezamos a ver que por lo menos disminuye el número de ingresos en los hospitales, que aquello de la cima de la curva, parece ser que ya estamos en ella, aunque nos esté costando tanto cómo escalar el Everest sin piernas; pero hemos hecho de esta pandemia una empresa y hazaña colectiva, como aquellas cruzadas o guerras que trazaban fronteras entre el bien y el mal.

Ahora es una lucha global y contra un enemigo invisible; pero que vemos real y que de pronto, ante la incredulidad de todos, se metió en nuestras mismísimas casas.

La vida desde un balcón español

Yo vivo en una casa con balcón. Los balcones españoles son los protagonistas en estos momentos, porque representan la forma de socialización y de una rebeldía común, de arte, de imaginación, además de un sentimiento colectivo de gratitud, de identidad y de la resistencia.

Los balcones de nuestros hermanos italianos nos dieron la clave y el ejemplo. Hoy más que nunca estamos hermanados a ellos, nos hemos mirado como un espejo desde el principio, porque corremos la misma suerte y se nos avanzaron en muertos, confinamientos y desesperaciones; sabemos que cuando empiecen los hermanos italianos a levantar el confinamiento, también a nosotros nos quedará menos.

Se confinaron antes y los vimos salir a cantar a los balcones, cantaban ópera, canciones populares, canciones patrióticas, así era una forma de identidad, de acompañarse, de plantar cara a la soledad, para decir: aquí estamos, mientras exista la música, estaremos vivos.

A nosotros se nos ocurrió empezar a salir a los balcones a aplaudir a una hora determinada, fue algo espontáneo y viral por las redes sociales y salimos a aplaudir a los sanitarios, era nuestro homenaje.

Desde entonces, la hora de las 8 de la tarde la hemos convertido en un símbolo, en un rito de identidad. La esperamos y minutos antes de las 8 ya estamos preparados como esos atletas en nuestros puestos de salida, entonces los balcones son la fiesta, aplaudimos emocionados, conmovidos, llevamos a nuestros niños a ser parte de esta fiesta de la gratitud hacia los que sabemos ahí luchando y defendiendo la vida, nuestras vidas.

Pero no solo aplaudimos a los sanitarios, ahora aplaudimos a todos los que están trabajando. Desde los balcones aplaudimos a las señoras de la limpieza, a los ángeles que trabajan en las residencias, al camión de la basura, a los bomberos, a la policía y al ejército.

Hemos visto imágenes que antes nos hubieran parecido surrealistas: desde los balcones del marginal barrio barcelonés de la Mina, aplaudir a los coches de la policía o al ejército en pueblos de Cataluña, demostrando, una vez más que los pueblos están más a la altura que la de sus gobernantes.

Observándonos imparcialmente, los españoles no parecemos una sociedad en la zozobra, en la incertidumbre del futuro, ni en el dolor de conocer los nombres de los muertos sin funerales, ni que esos muertos no son números, ni anónimos, sino que van tomando nombre y apellidos de personas conocidas, amadas y que ni siquiera tuvieron despedida de funerales; entonces somos un solo grito «Resistiré».

Este pueblo anónimo, sufrido y confinado resucitó una canción del Dúo Dinámico, aparecida en su álbum En forma, de 1988, Resistiré.

Quién se lo iba a decir al Dúo Dinámico, que después de tantos años iba a ser un éxito tan grande su tema; que no hubiera momento del día tras haberse convertido en el himno de la resistencia y lucha de los españoles contra el coronavirus y que incluso, en un gesto de generosidad, han cedido los derechos de la canción a la Comunidad de Madrid.

Es curioso que el pueblo español no tenga ni letra para cantar el himno nacional y que siempre haya pitidos contra el mismo o simbologías patrias por parte de muchos españoles, que no se sienten representados por simbologías, por culpa de partidos que se las apropiaron, por tanto, se confunde con la ideología de un partido; sin embargo, a veces hacemos de viejísimas canciones que nos aglutinan en un movimiento o una protesta. Ya lo vivimos hace 3 años, cuando los graves problemas del procés catalán, cuando el VIVA ESPAÑA de Manolo Escobar se convirtió en un himno contra el secesionismo, cuando también entonces los balcones empezaron a cobrar protagonismo. A una hora determinada sonaban caceroladas independentistas y los no independentistas ponían el «VIVA ESPAÑA» a todo volumen para tapar el ruido de las caceroladas.

En los balcones de entonces, apareció el fenómeno de expresar la identidad ideológica con la guerra de banderas. Si uno ponía la estelada, otro ponía la bandera española, si uno ponía lazos amarillos en señal de apoyo a los presos del procés, otro no ponía ninguno o iban por ahí quitándolos. La guerra de los lazos amarillos ha durado mucho tiempo, unos poniendo, otros quitando, hasta el President de la Generalitat catalana juzgado por haberse negado a quitar pancartas y lazos amarillos en época electoral.

Casi se podía saber qué iba a votar la gente, sin tener que gastarse el dinero a agencias de demoscopia para encargar sondeos electorales: bastaba con darse una vuelta y ver los balcones, el voto es secreto es verdad, incluso un entrevistado en ese trabajo de campo de recogida de datos, podía decir una mentira que luego, en la noche electoral, la realidad fuera otra al informe que hicieran los prestigiosos estudios de demoscopia. ¡Ay, pero los balcones, no, los balcones eran explícitos!

En estas tres semanas hemos visto de todo desde nuestros puestos de vigías. Escenas que nos emocionan, porque en el fondo nos sentimos todos muy vulnerables y al descubrir nuestra vulnerabilidad descubrimos también la de los otros.

En las vidas atolondradas y estresantes que vivimos, marcadas siempre por un reloj, no hay tiempo para nada, es vivir como con unos anteojos que solo nos dejara pocos ángulos de visión insuficiente para desconocer al vecino. De golpe, nuestro cambio de visión ha quedado confinado para otros mundos; pero se ha ampliado lo suficiente como para descubrir al vecino.

Desde ese descubrimiento, la vida confinada empezó a tomar la forma de la colectividad empática y el sentimiento de solidaridad afloró.

Viendo la tragedia que estaba pasando en las residencias de ancianos, muchos empezaron a descubrir que teníamos muchos solitarios en nuestros bloques de pisos, surgieron voluntarios, redes de jóvenes ofreciéndose a ayudar a los más vulnerables: a llevarles la compra, las medicinas de la farmacia, cualquier recado, cualquier necesidad. Estos abuelos solitarios del barrio se convirtieron en los abuelos de todos, quizás en los que los jóvenes no podían ir a visitar por estar en otros barrios o ciudades, dio la sensación que todos fueron adoptados, cuando antes nadie los había visto.

Y vimos muchos gestos que nos emocionaron como ese cumpleaños que le dedicaron sus vecinos a una señora de 90 años, dejándole una tarta en la puerta y cuando se asomó a la ventana le cantaron todos el cumpleaños feliz; quizás no fuera lo mismo años anteriores; pero este año, no, este año fue muy feliz.

Si algo no carece este encierro es de historias hermosas llenas de ternura, como esa de un señor muy mayor enfermo de Alzehimer que su cuidadora cada día asoma a la ventana de la residencia a tocar la armónica y le hace creer que los aplausos de toda la ciudad son para él.

La vida está llena de gente buena, gente sensible que sabe dar ternura a los demás, hasta en las circunstancias más adversas.

Las películas como La vida es bella no solo son ficción, siempre es posible poder regalar un poco de magia a quien más lo necesita.

¡Qué difícil es para los niños estar encerrados tanto tiempo! Pero si es el cumpleaños, la policía aparece con las sirenas hasta la calle y les canta. Patrullas de policías animando con guitarras o bailando a los niños.

Los balcones son un espectáculo de creatividad musical. Los niños también son protagonistas porque no hay balcón en donde viven niños, en donde no haya una pancarta con un arco iris con el lema: «TODO VA A IR BIEN». Los cristales de las ventanas de aquellos que no tienen el privilegio de un balcón, también es muy explícito con dibujos con los mismos lemas; pero también hay gestos muy bellos como esos que lanzan avioncitos de colores con corazones y mensajes de ánimo. ¡No os podéis imaginar qué regalo nos hacen los niños; cuánta lección están dando a sus mayores!

Confinados sin fiestas populares, nosotros, tan mediterráneos, tan dados a las fiestas, que no hay semana que no tengamos una de interés turístico y que son la base de nuestra economía nacional, hemos tenido que renunciar a todas, desde Fallas de Valencia, la Magdalena en Castellón, Semana Santa, Feria de Abril de Sevilla, el Rocío, el Sant Jordi, las Hogueras de San Juan… vemos cómo van desconvocándose una por una todas nuestras fiestas y eventos multitudinarios, con todo el mazazo que eso representa.

También todas las convocatorias deportivas: se acabaron todas.

Pero los músicos, las bandas de música, las dulzainas, las gaitas… los artistas están ahí, en sus balcones para solaz de todos. También los cantantes de karaoke doméstico, todo el mundo ha descubierto que su balcón es un pequeño escenario y su público, el vecindario.

El 19 de marzo todos los músicos de la Comunidad de Valencia quedaron a las 12 para tocar todos a la vez Paquito el Chocolatero y Amparito Roca, son dos de esas piezas que también nos identifican en todas nuestras fiestas.

Y ahora, en plena Semana Santa, aparecen las sentidas saetas desde procesiones invisibles, los himnos de las Cofradías y los nazarenos de balcón.

Hay balcones donde la gente se ha casado o desde donde cada día juegan al bingo. Alguien se dedica a fotocopiar los cartones del bingo, repartir por los buzones y cantar con un megáfono los números del bingo.

Otros juegan a pin pon, hacen gimnasia juntos o montan discotecas y todos socializamos, nos expresamos, nos desahogamos. Es la revolución de los balcones y quizás esa sea la característica que nos defina.

Policía de balcón o los vecinos justicieros

Pero También ha surgido un fenómeno conocido como los policías de balcón.

El hecho de estar en un lugar privilegiado de vigía, conscientes del esfuerzo colectivo que estamos haciendo, pero viendo cómo incívicos rompen la cuarentena y el confinamiento, increpan y abroncan al que se atreva a romper el confinamiento, desde sus lugares de privilegio de la altura. Si uno empieza el graznido, salen todos al balcón recordándole que por su culpa pueden morir otros. Es como una bandada de ocas, grazna una, graznan todas y todos se asoman a unirse al general abucheo.

Es bastante contundente para disipar al más valiente de cruzar la calle o ir por ahí paseando. Algunos también llaman a la policía directamente.

Nuestro confinamiento es de los más estrictos en comparación con los demás países de Europa. Nosotros podemos salir a comprar, pero hay que llevar el ticket de compra y ha de ser compra grande, no 2 caprichos, porque nos lo puede pedir la policía; también salir a hacer gestiones de bancos, correos, gestorías, al médico, farmacias y pasear al perro.

Hoy día tener un perro es un privilegio para poder pasear un rato, un salvaconducto; pero he aquí que también surge la picaresca de gente que alquila al perro, otros que han sacado a pasear un peluche o una gallina.

Hay un alto porcentaje de gente ejemplar; pero también los hay que no entienden muy bien de qué va esto. A los graciosos les puede caer una multa de 600 euros. Hay sanciones de hasta 30.000 y 600.000 euros, si alguno se escapa de un hospital teniendo corona virus, por ejemplo. Antes que intervenga la policía ya le cae la bronca del vecindario.

Pero, ha surgido el problema por el exceso de celo, cuando se ampliaron lo supuestos permisos por motivo de salud, para poder salir un rato con niños autistas, acompañados de un mayor y portando un certificado médico.

Los vigías empezaron a increpar desde los balcones al ver a padres con un niño de la mano. ¡Pobres niños! Encima de no comprender qué pasaba en sus casas, tampoco comprendían porqué desde los balcones, la gente los increpaba e insultaba.

A alguien se le ocurrió que se les pusiera una señalización a los niños autistas, como un brazalete azul. La indignación hacia los que querían marcar a los niños fue unánime.

La policía de balcón se ha convertido como en esos vecinos chivatos de los pueblos que vigilaban a los otros y se sabían todos los chismorreos, dimes y diretes y comidillas de los habitantes del pueblo o la barriada.

Ese papel de chismorreo lo habíamos sustituido por programas de televisión y revistas del papel couché, ahora volvemos a las fuentes más en directo y a veces mucho más delirante y surrealista, como los que se disfrazan de nazarenos, los que salen a la calle con dos katanas o mucho peor, uno que le dio por disparar balas de fogueo a los que aplauden desde el balcón.

También los documentales de fauna salvaje los hemos sustituido, porque tenemos de todo como espectáculo, en vivo y en directo, porque la fauna salvaje se pasea por las calles de ciudades y pueblos, hasta osos por Asturias, cabras montesas, ciervos, pavos reales y jabalíes en plena Diagonal de Barcelona.

Y es que la vida sigue ahí afuera y también detrás de cada ventana, en cada balcón, la primavera avanza y estamos vivos.

Estamos confinados para salvar al máximo posible de vidas, todos juntos y estamos orgullosos de poder hacerlo.