Solícitos e impúdicos

Cristian Charlot Molina Bello

 Ser-Vicios

La noche inicia. Desiré se prepara para otro día de trabajo. Su apariencia remilgada y taciturna no armoniza con la transmutación que sufre. Las luces se apagan. Suena la música y, entre escasas ropas de encajes, ella aparece. Trata de acaparar la atención de los espectadores. Movimientos pélvicos en estrecha coordinación con la tonada de fondo. Sus carnes al descubierto aún resisten la gravedad. Implementa sus técnicas de seducción aprendidas a fuerza de repetición, su único afán: manipular la indolencia. La música acaba, las luces se encienden, el show concluye. Desiré se debate entre ser parte del menage a trois que le han propuesto los de la mesa 7 o dar un blowjob al de la 5.

 

Lúdica para adulto

Viernes, día infractor de la semana, a la espera de trocar la rutina tras horas de encierro y letargo laboral. Todo estaba preparado para el encuentro sin prisas, carente de culpas, pero lleno de sensualidad rebosante; cuerpo de nínfula, turgente y nacarado, elegida para el goce nocturnal. La música tenue bajo luz crepitante, refleja el intenso color miel de sus ojos felinos. Muchacha sin nombre y de rostro púber, traducía con destreza el idioma corporal de un sexagenario adicto a la viagra y lascivia verbal. Ella se transfiguraba en completo dominio de su territorio. Voraz, impúdica, solícita, desplegaba sus encantos hasta sosegar la efervescencia del instinto.

 

Lolicon

Lourdes era aún un mozalbete cuando conoció a Raití, con su voluptuosidad de niña-mujer gustaba provocar; sabía contonearse de tal manera que, sus formas las mostraba sin pudor. Para Raíti se había convertido en un juego de seducción y caza, como el gato y el ratón, aunque no sabía en cuál de los dos figuraba. Temía que se dieran cuenta de su atracción, por parecer un «pervertido» de esos que los estudios psicopatológicos tratan de explicar. El fuego interior que le provocaba esta damita era difícil de contener. Uno de los tantos días, su fantasía se hizo realidad.

—Te gusto, ¿verdad? No te preocupés, vos también me gustás. ¿Querés tocarme? No tengás miedo, igual me pasa a mí. ¿Sentís eso? Vos lo provocaste vos.

En la entrepierna de Raití, asombrado y colmado de placer, asomó una mancha incolora.