La hazaña de Felipito Oporta

Jarin Lenin Pérez Oporta

Nicaragua es salvaje. Tan salvaje como el jaguar en Indio maíz. Mi patria es aventura, una tierra mágica de leyendas de plata cultivadas por un pueblo valiente, sabio, en el que corre sangre indígena y natural por sus venas. La historia de hoy es una de tantas acerca de valerosas personas que ha parido la tierra bella y pedregosa de Chontales, donde los guayabos crecen poco.

En la selva de aquel entonces, cuando el hacha criminal comenzó desvirgarla, abundaba la fauna y la vegetación era exuberante. Eran los 1970.

Don Cristóbal, poblador de Santa Marta, era un viejo castrador de miel silvestre desde su juventud, de tan experto que lo tomaba como su pasatiempo favorito. Él utilizaba la miel para endulzar el paladar, también le servía de medicina. Se echaba en los ojos para aclarar la vista y preparaba remedios de cuculmeca con miel para quitar la anemia y otras enfermedades. La venta de miel en el pueblo era como vender pan caliente.

Un día, en la casa de don Cricho, faltó el dulce líquido y decidió ir a buscarlo. Buscó la ayuda de Felipito Oporta, muy conocido en la comarca como el más valeroso de todos; se decía de él que tenía el espíritu de Nemrod. Además de cazar animales, cazaba ceguas y micos brujos que asustaban en el pueblo.

Aquel par de aventureros analfabetos se fueron hacia el risco en busca de un jicote para partirlo. Atravesaron un extenso llano de pasto amarillo y llegaron a un río de gran caudal.

—Felipe, buscaremos el jicote a orillas de este estero, en las vegas de los ríos abundan los jicotes –le dijo don Cristóbal.

—Está bien, don Cristóbal, usted solo me dice cuál y el resto me lo deja a mí.

—¿No te da miedo que te piquen las avispas? –preguntó don Cristóbal.

—¡No me joda, don Cricho! Ni que fuera cochón… Esas avispitas ni cosquillas me hacen. Me pueden picar en la niña del ojo y nada me pasa.

Don Cristóbal se reía al escuchar las hipérboles de aquel indio chontaleño. Para no tardar en la búsqueda del dulce líquido decidieron dividirse.

—Felipe, cruzate el rio y buscá en la otra orilla; yo buscaré por este lado.

—Mejor crúcese usted y yo me quedo aquí.

—No, me da miedo cruzarme ese río, va y me sale un lagarto… hasta allí no más llego.

—¡Quéee! ¿Y yo qué? A mí sí que me coma el lagarto… –dijo Felipito con su mirada severa clavada en don Cricho.

—No hijo, era broma. Mejor no vayás –dijo don Cristóbal apenado.

—Cruzaré hacia el otro lado para que mire que soy moridor –y ¡chuplucún! se escuchó el chapoteo del agua. En cuestión de segundos Felipito estaba al otro lado del río, empapado hasta los huesos. Cuando retorcía su ropa para secarla, escuchó un zumbido entre la arboleda, alzó la vista al cielo con las pestañas aun húmedas y apreció un ejército de abejas incontables como las estrellas, de inmediato divisó una colmena enorme que destilaba miel lentamente.

—Oye, don Cristóbal –gritó Felipito–, crúcese el río para que me ayude, encontré un semerendo jicote.

Don Cricho logró ver el jicote desde el otro lado y sin pensar en los lagartos amarillos que poblaban los ríos chontaleños, se cruzó el río al nado con la idea de vender la miel para echarse unos tragos en el estanco del pueblo. Puesto en el sitio, se percataron que el árbol que albergaba el panal era un cortés elevado, que, según sus cálculos a puro ojo, medía más de cincuenta varas, a lo que debía sumarse otras cincuenta varas a partir del despeñadero donde estaba el árbol a orillas del río. Se hacían un total de cien varas sobre el nivel del río, aproximadamente.

Subir a aquel árbol era atentar contra sus vidas, reflexionaron.

—Busquemos otro, Felipito, este está muy alto.

Felipito no respondió de inmediato, porque tenía la vista fija en el árbol. Hasta que finalmente dijo:

—Yo no voy a seguir buscando más miel, con este jicote me quedo, es demasiado grande como para dejarlo –dijo Felipito acercándose al árbol. Tomó un vejuco grande, grueso y fuerte que colgaba de la copa del árbol; con sus herramientas en la espalda trepó el cortés guindando de la liana. En pocos minutos después, Felipe estaba arriba del árbol contemplando la extensión del llano; la cordillera chontaleña estaba majestuosa. Miró hacia abajo y constató que estaba lejos del suelo, su escupitajo tardó en caer. Don Cricho, estupefacto, lo miraba boquiabierto, mostrando la poquedad de dientes que le quedaba.

Una vez arriba, Felipito realizó la tarea. Prendió fuego para ahuyentar y quemar a las avispas, la que volaron alrededor del humo y el valiente, con un hacha pequeña, picaba la rama para que callera junto con las caparachas de miel. La rama cayó y con ella, el gran panal. Desde abajo, don Cricho le gritó desesperado:

—¡Bruto! ¿Para qué botaste la rama sin antes examinar la situación?

Felipito se percató que, junto al brote del árbol, cayó también el bejuco, su único medio para bajarse del árbol. Aquel cortés era tan grueso, que se necesitaba más de tres hombres para abracarlo.

—Y ahora, ¿qué vamos hacer pipito? ¿Cómo te vas a bajar? –preguntó preocupado don Cricho.

Por primera vez, Felipito experimentó el miedo; sintió el viento que lo mecía y miró la altura en que se encontraba con relación al suelo. El terror de estar muerto al siguiente día, lo sobrecogió; cerró los ojos e imaginó la tumba enflorada.

—Esperame aquí, Felipito. No te movás, voy al pueblo a buscar gente para apearte de ahí.

—¿Para dónde me voy a mover? Apurate viejo, no tardés que tengo frío.

Don Cricho se marchó presuroso hasta que llegó a Santa Marta. Relató el suceso a quienes encontró y les solicitó ayuda. Mientras tanto, Felipito, como un mono que esperaba en el árbol, miraba a lo lejos al pueblo, intentando divisar su casa. De vez en cuando una avispa arremetía en su contra, clavándole su aguijón.

Felipito se lamentaba de su suerte, con la tentativa de una muerte segura, teniendo toda una vida por delante y sueños que cumplir, casarse…

Don Cristóbal reunió una multitud de gente para salvarle la vida al infeliz; sus enemigos también se sumaron al tumulto, pero para presenciar su muerte. Andaban ahí el barbero con sus tijeras, el médico con un botiquín de primeros auxilios, el maestro que abandonó su aula de clase y hasta el carpintero, que alistó sus herramientas por si tenía que fabricar el féretro.

La multitud, guiada por don Cristóbal, llevaba mecates, manilas, escaleras, machete y también sábanas, por si había que hacer un trampolín o red, a fin de que Filipito se tirara del árbol sin romperse un hueso.

Poco antes del anochecer, el gentío cruzó el llano. Llegaron al río caudaloso y la escena que vieron fue asombrosa. Felipito Oporta no estaba en el árbol de cortés. Pensando en lo peor, corrieron hacia el sitio. Entre el tumulto se escuchaba: «Felipito no está, seguro se cayó del palo». «Pobrecito, debe estar desquebrajado». «Parece que beberemos café esta noche». «¡Qué muchacho más bruto! ¿Para qué se tiró?». «Que descanse en paz y que Dios lo tenga en su Santo Reino».

La gente lloraba por Felipito porque no estaba en el árbol. Todos estaba desconsolados, se sentían culpables de la desgracia por no haber llegado a tiempo. Pero, el que estaba muy mal era don Cristóbal, decía que la culpa era suya por permitir que se subiera al cortés.

Consternados decidieron regresar a casa.

«¿Para dónde van? –se escuchó–. ¡Qué desconsiderados son! De estar muerto ahí hubieran dejado mi cacaste para que se lo comieran los zopilotes, ¿verdad?». Todos, atónitos, miraron hacia atrás donde, en efecto, se encontraba Filipito. A nadie se le había ocurrido buscar el cuerpo del supuesto muerto. Llovieron las felicitaciones para el joven.

—Ustedes que sí son babosos –dijo Felipito con una sonrisa maliciosa–. Me daban por muerto sin haber buscado mi cadáver. Ayúdenme a llevar la miel y estos sacos llenos de cera blanca para fabricar candelas que alumbren la noche.

—¿Cómo hiciste para bajarte del árbol?

—Fue muy fácil, don Cricho. En primer lugar, yo no iba a esperar hasta que todos ustedes vinieran a bajarme, estaba entre la vida y la muerte. Entonces, medí la distancia que existe entre el árbol y el barranco, del barranco a la poza que está ahí abajo y después de persignarme tres veces, me tiré desde esta altura. Cuando iba en el aire, sentí que las tripas se me revolvían y al caer al agua, apenas supe que estaba helada, sentí que la armazón de los huesos se me hacía pedazos; por un momento, perdí el conocimiento. No sé cómo agarré fuerzas y me salí poco a poco del agua, para descansar y respirar, pues no tenía aliento.

Y sintiéndose seguro y con más vida que un gato, Felipito alistó la miel mientras llegaran por él.

Todos quedaron estupefactos, amigos y enemigos. No podía creer la hazaña de haberse aventado del árbol hacia el barranco y a la poza. Aquellos personajes de la naturaleza fueron bautizados como «El palo de Felipito» y «La poza de Felipito». Y empezaron el regreso al pueblo saboreando la miel que Felipito había bajado.