Prólogo a Breves historias de anatomía humana (2009), de Mauricio Rayo

Henry A. Petrie

(Nota editorial: Petrie escribió este prólogo en febrero de 2009, el Portal Web ACIC lo publica once años después, porque considera vigentes sus cuestionamientos acerca de un verdadero estudio de la cuentística nicaragüense).

I

En el año 2001, el académico y poeta nicaragüense Julio Valle-Castillo, afirmó que el cuento nicaragüense sólo «llega a su actual calidad y desarrollo a partir de los narradores surgidos en los años sesenta» del siglo XX. Esta afirmación se produce treinta y dos años después del término de la década que él destaca. A la fecha que escribo este prólogo suman cuarenta. Pero, ¿de qué calidad y desarrollo habla? Porque en su texto no hace valoraciones de ninguna especie acerca de las últimas tres décadas transcurridas, al menos. Por supuesto, ubico al margen sus preferencias estéticas y su inclinación por una determinada generación o grupo de escritores.

¿Qué esfuerzos o aportes ha habido a partir de la referencia de Valle-Castillo, que den luces ciertas de esa cuentística que se manifiesta y desarrolla a partir de lo que, en realidad, para mí, inicia el limbo del estudio crítico del cuento nicaragüense? A lo mejor, habrá que preguntarse también, si han existido verdaderos estudios a este respecto. Como labor antológica seria, de reciente data, reconozco la realizada por Midence y Urbina que incluyen a veintinueve mujeres. Pero considero que no existe un estudio integral, ni ha surgido una antología general del cuento nicaragüense, que brinde una panorámica histórica y del desarrollo de este género literario en Nicaragua, que proyecte sus logros y aportes en el ámbito literario centroamericano e internacional, lejos de imponer cánones.

La literatura nicaragüense necesita de una nueva generación de críticos y antologadores, dedicados al estudio, a la investigación, al rescate y recopilación histórica –o con esta perspectiva–; estudiosos que se arriesguen a la construcción teórica literaria desde nuestros propios aportes y experiencias creativas, aprendiendo y tomando lo mejor que nos brinde la universalidad cultural y literaria.

En Nicaragua se desarrolla un proceso de acumulación en la narrativa, que por distintas razones aún no encuentra espacios suficientes para su divulgación. Existen cuentistas fervorosos, disciplinados y en constante estudio, un grupo de los cuales ya tiene más de dos obras publicadas, dando constancia de sus tendencias y recursos estilísticos, manejo del lenguaje, de sus técnicas y estrategias. Algunos experimentan con la estructura y hasta se avientan al collage. Otro grupo significativo se concentra en el cuento infantil, que encuentra en las artes titiriteras y en la canción fuertes aliadas. No se puede pretextar entonces, falta de trabajo, poco desarrollo, tiempo de maduración, cuando sí existe suficiente material al cual dedicarse, cuando hay cuentistas que están ejerciendo lo que Bosh decía: «el cuentista necesita ejercer sobre sí mismo una vigilancia constante que no se logra sin disciplina mental y emocional».

Si bien, Ernesto Mejía Sánchez (1923-1985) fue el principal impulsor del minicuento en su época, en la actualidad existen varios que practican esta modalidad –algunos estudiosos lo definen como subgénero– con suma destreza, dos antologías específicas se han publicado en esta década. Y por supuesto, en nuestra creciente bibliografía cuentística, encontramos piezas dignas de cualquier antología futura, que además de su riqueza literaria, cumplen con lo que Borges planteaba: «Quien lee un cuento sabe o espera leer algo que lo distraiga de su vida cotidiana…»

El interés de fondo es que nos pongamos al día en el inventario y estudio de la cuentística en nuestro país, comenzar a reducir la anchura del agujero establecido a partir de la primera mitad de la década setenta del siglo pasado, aproximadamente. La producción cuentística está (y seguirá) siendo significativa, porque crece y aún no está en su momento de apogeo. A lo antes expresado, debo agregar que se están gestando importantes rupturas, mixturas de géneros, hibridaciones y nuevas perspectivas del oficio literario.

II

Quien lee justo ahora, debe saber que, desde el punto de vista de los textos oficiales y la crítica nacional –limitada, sesgada, cuasi familiar o grupera–, la panorámica literaria que se nos presenta está incompleta y desfasada. En el caso que nos ocupa, hay nuevos cuentistas, nuevos narradores que nos están mostrando sus mundos y personajes, sus verdades literarias, que nos comparten sus historias, reales o imaginadas, invitándonos a hurgar oscuridades en pos de la luz. Y de ahí, entonces, la afirmación de que el cuento nicaragüense está en crecimiento, tanto en forma como en contenido. No sólo se está escribiendo en la región del pacífico, consta que también se está haciendo en el centro y las regiones caribeñas, con calidades diferentes.

León, en específico, y dado que nos ocupa una obra surgida de este espacio geográfico y cultural, tiene un lugar preponderante en la actual narrativa nacional. Sus exponentes más visibles, de mayor constancia y persistencia, particularmente en el cuento literario, son: Daniel Pulido, Pedro Alfonso Morales, Juan Centeno, Michelle Mimmo y Mauricio Rayo Arosteguí. Los que no tienen libros publicados aún, pero sí han dado a conocer importantes piezas cuentísticas a través de revistas y suplementos culturales, son: Juan Bautista Páiz, Denis Pichardo, Luis Alberto Tercero, Marta Sofía Amaya Delgado y Omar Elvir.

De esa pléyade, extraigo a Mauricio Rayo Arosteguí, que además de escritor, es artista plástico, odontólogo y casi abogado. Nació en 1962 en la comarca Pueblo Viejo del municipio San Ramón, departamento de Matagalpa. Se traslada a Estelí donde permanece hasta cuando tiene que emigrar a la ciudad de León, como muchísimos jóvenes de Nicaragua, con el propósito de realizar estudios universitarios. Ahí se establece y toma participación activa en la vida cultural y literaria de dicha ciudad. De manera que, en Rayo tenemos una mezcla vital septentrional-segoviana-occidental, pero sin duda, su formación literaria se la debe a la cuna de Rubén Darío.

 Mundo de agua (Editorial Universitaria UNAN-León, 2007), fue su primer libro de cuentos publicado, en general contiene piezas breves, escritas en lenguaje sencillo con tramas bien trabajadas, a veces exigen una segunda lectura como para descubrir el cuento que se esconde dentro del que se lee, o unir datos de dos cuentos fractales. En este primer libro, lo fantástico va de la mano de la vida cotidiana, contando en símbolos para transmitir trasfondos más allá del conflicto que manifiestan sus historias. Lo sorprendente, el giro de facto de la historia, surge en determinados desenlaces bien logrados. Lo onírico se manifiesta. La picardía encuentra su asidero en los escenarios y atmósferas populares, es decir, la barriada, el mercado y sus pregones, la comunidad de pescadores, pasajeros de un bus interurbano cuya dinámica se establece entre el fanatismo deportivo, las discusiones volátiles y las intervenciones de vendedores ambulantes.

III

Breves historias de anatomía humana, es el segundo libro de Mauricio Rayo Arosteguí, que contiene 34 cuentos caracterizados por su brevedad y la alusión –directa o indirecta– a los órganos del cuerpo humano, en evidencia a su profesión de médico odontólogo y, en alguna medida, siguiendo los pasos de artistas que se apasionaron por la anatomía (Fidias, Da Vinci, Miguel Ángel).

Rayo profundiza en su vuelo imaginativo y en el manejo del conflicto. Distante de atmósferas folclóricas y regionalistas, asume una postura provocadora al tomar leyendas leonesas como referentes para darles otros significados. Así sucede con El padre sin cabeza, que lejos de ser un cura como refiere el relato original, se trata de un marido-progenitor, cuya esposa elimina su cabeza de una fotografía familiar con una tijera, estableciéndose una evidencia de infidelidad.

La anatomía humana no es más que un pretexto, alrededor de la cual el escritor desarrolla sus cuentos, donde el estómago, el corazón, la cabeza, los ojos, las manos, las piernas, el cuerpo todo, se coluden para construir mundos gobernados por el absurdo, la ironía y lo onírico, en algunos casos creando imágenes surrealistas y fantásticas, siguiendo la línea de su primer libro.

Aunque, Breves historias de anatomía humana no está estructurado en secciones, sí encontraremos tres grandes grupo en cuanto a la extensión de sus piezas. Los minicuentos (14) y los cuentos breves (15) son los grupos mayoritarios y los que determinan la característica fundamental del libro: brevedad e intensidad. Luego tenemos cinco cuentos un tanto más extensos –sin que lleguen a ser largo, desde la definición clásica–.

Sus tipos son variados, pero por su fuerza se identificarán cuentos kafkianos o influidos por un proceso de metamorfosis –involución, degradación– de la especie humana: El sitio y El gritón. Dentro de lo onírico identificaremos tres importantes cuentos: El sueño, El sueño II y Soñaba. Los dos primeros están articulados en una especie de one-two para provocarnos un efecto hasta cierto punto metafísico, como en el caso también del cuento Soñaba, un sueño contenido en otro.

La sugerencia es la protagonista principal, la historia que está más allá del texto, lo que no se cuenta, pero se transpira, dando lugar a que el lector intervenga con su imaginación, completando el proceso creativo, condición esencial de la minificción. La mayoría de los cuentos encierra el conflicto, agente que va más allá de la acción, tanto en las relaciones humanas como en la introversión de sus personajes.

El simbolismo es clave en la cuentística de Rayo. En el análisis de ambos cuentarios, encontraremos un vasto despliegue que fortalece la psicología de sus personajes, el drama humano que constituye otra de sus características, dándoles a sus historias, además del gramaje fantástico, la colmillada irónica y hasta absurda, la intriga y el misterio pincelado. Él usa el símbolo o la imagen para «representar conceptos que no podemos definir o comprender del todo» (Jung).

Mauricio Rayo Arosteguí incorpora una obra más a la cuentística nicaragüense, particularmente leonesa, con sello y voz propia, poniéndonos en escena diversos tópicos de la indagación humana, que no sólo es anatómica sino psicológica, circunstancial y trascendente, como la mano izquierda que a falta de sensibilidad se introduce al interior del cuerpo humano hasta tocar su alma (El manco) o cuando el viajero, que introduciéndose también en el organismo del ser que ama, se entera que tiene vacío el corazón (Caricatura de un viaje).

IV

No tengo reservas al afirmar que Mauricio Rayo Arosteguí es uno de los cuentistas de mayor evolución en León, junto a Daniel Pulido y Pedro Alfonso Morales. Al menos así lo certifican sus obras, cartas de presentación de ineludible consideración. Constante y persistente en el oficio –además de aquellos que le permiten honorarios–, conocedor de la teoría y técnicas del cuento, es sin duda, uno de esos que deben ser tomados en cuenta en cualquier estudio, cuyo fuerte principal es la brevedad-intensidad y lo simbólico. Está en la línea de exprimir el conflicto como condición esencial de un buen cuento, más allá, como dije antes, de la simple acción y la descripción abundante.

Managua, febrero de 2009.